Con inevitable final de cuento chino

Por: Ignacio Zuleta

A menos que ocurra algún milagro -algo raro en política y en otros terrenos-, habrá que anotar el llamado del Gobierno al diálogo con el resto del país como otro cuento chino. Y en la fe asiática, los milagros son más infrecuentes aún. Visto en perspectiva, ese minué de ahora en fotos y gacetillas describe cómo funcionarios, empresarios, dirigentes opositores y sindicalistas se reúnen en público como si no se conociesen para repetir lo que se dicen desde hace años por los diarios. Se saludan, se presentan y se muestran las agendas: el Gobierno les responde con el recitado de su programa y con las viejas críticas de antes de las elecciones, y se despiden después de mandar todo a una comisión.

Con lo que se ha visto hasta ahora, lo único que ha hecho el diálogo es saciar la necesidad informativa de los medios audiovisuales de asuntos e historias que cubran el erial noticioso en que sumió al país la depresión poselectoral, la angustia por las pestes y el aburrimiento de las vacaciones de invierno.

Aporte escaso

Nadie puede decir que en los encuentros que se sucedieron desde al martes (cena de la Presidente con empresarios en la Casa de Gobierno) hasta ayer (cita de los ganadores de las elecciones en la provincia de Buenos Aires con el ministro del Interior) haya aparecido algo nuevo en materia de diagnóstico o de soluciones a problemas que siguen sin resolverse. Apenas aportó algo Daniel Scioli ayer, cuando les prometió a los dirigentes del campo de su provincia que abogará ante Cristina de Kirchner para que se bajen las retenciones a las exportaciones. Otro gesto testimonial del gobernador, interesado en desmarcar de la compañía de los Kirchner, pero que sabe como nadie que es imposible lograr eso charlando en torno a una mesa.

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Si el Gobierno controla este trámite y sigue adormeciendo incautos, puede lograr su objetivo último: que la oposición asuma el costo y la responsabilidad de ajustes y medidas antipáticas, como aquel Antonio Cafiero en 1988, cuando se entrevistaba con el declinante Raúl Alfonsín en Olivos y salía anunciando más ajustes y suba de impuestos. Tras la celosía se regocijaban los radicales por cómo la oposición era mensajera de las malas noticias que producían ellos.

Algo parecido logró Carlos Menem de la Alianza UCR-Frepaso en 1999, cuando sus voceros convencieron de que el presupuesto del año 2000, que debía votar la última legislatura menemista, era un problema del nuevo Gobierno. José Luis Machinea terminó persuadiendo de eso a Fernando de la Rúa, que fue a negociar ajustes del nuevo programa económico al Congreso cuando todavía no había asumido la presidencia. Le costó un neumotórax, enfermedad que superó antes de su jura, el 10 de diciembre, gracias al tratamiento que le dio en el Sanatorio Otamendi -una curiosidad histórica- la terapeuta Sandra Mendoza de Capitanich, hoy diputada nacional electa por el Chaco. A escondidas, los menemistas reían más que Tinelli por cómo De la Rúa había hecho suya la crisis que había motivado el Gobierno de ellos.

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Alguien que sabe del negocio de la política como Elisa Carrió ha preferido ver todo esto a la distancia, desde DisneyWorld más precisamente. La corporación política necesitada de legitimidad -algo que ella cree le sobra; más aún, entiende que es ella quien concede legitimidad a temas y personas- la asiló como la enemiga del pueblo en los mismos términos del drama de Ibsen: la acusan de ver algo que nadie ve, la convocatoria como una trampa.

La necesidad de ganar algún aura de gobernabilidad en la oposición explica que hagan cola los contrincantes por entrar a la Casa de Gobierno. El público les dio un voto que se entiende más como rechazo al oficialismo que como adhesión a sus consignas. Sentarse ante los funcionarios del Gobierno les permite mostrar proyectos, carpetas, reiterar las impugnaciones a Moreno, el INDEC, las retenciones, el aislamiento internacional, las reformas electorales. ¿Cómo no va a ser bueno dialogar si eso permite poner a la oposición en un retrato del cual está ausente desde 2003? Ni qué decir para el Gobierno, que un mero llamado le permite simular que domina la agenda pública y los enfila a todos en esta serie de tertulias. Una manera de transmitir el mensaje de que el cambio recién empieza (el lema triunfador), como si no gobernase el país desde 2003 y llenar además de palabras este odioso lapso que va hasta el 10 de diciembre. Le es más útil todavía que los protagonistas muestren el juego en lo que es un ensayo de gobernabilidad. Cuando el minué haya dado su último paso, el primero que dirá que fracasó será el Gobierno, señalando que nadie trajo otra cosa que la intención de derrumbar «el modelo», algo que nadie tiene derecho a exigirle.

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Este llamado al diálogo se parece mucho a aquellos profesores de gimnasia de antaño que para disciplinar el aula interrumpían el picadito con la orden: ahora hagamos flexiones. Los disciplinados aceptaban el mandato, convencidos de que había una autoridad que convenía acatar. Los díscolos simulaban una lesión y se escondían para fumar detrás de una columna. Unos pocos se resistían más y dejaban la clase mascullando: yo vine a jugar al fútbol, no a hacer gimnasia. Es lo que ha hecho Carrió, que señala la simulación y amenaza: los espero en el Congreso. El gesto, que hoy critican todos como otra frivolidad personalista de la musa del ARI, le sirve para desencadenar un tópico poselectoral: la fractura con sus aliados. Lo hizo en 2007, cuando convirtió en diputados a un lote que dirigentes que aprovecharon el primer incidente para despedirse del bloque arista, con Eduardo Macaluse a la cabeza. Ahora hace lo mismo Margarita Stolbizer, convencida de que su crecimiento político pasa por estas visitas ociosas a la Casa de Gobierno.

Cuando le preguntan a Carrió por esta fatalidad de las rupturas, ella las explica con naturalidad: ya sé que me usan para obtener bancas y después se van, pero a mí me conviene porque los uso obteniendo votos. Con eso Carrió fue la segunda fuerza en las elecciones presidenciales de 2007, fabricando diputados que después se le fueron. Con el mismo método, ella sigue festejando que junto a la UCR obtuvo 80 bancas -la segunda minoría del futuro congreso- y le sigue discutiendo a Néstor Kirchner que su alianza superó al kirchnerismo en votos totales a nivel país y espera se conozca el escrutinio definitivo en todos los distritos para retomar ese debate. Según admiten en el Gobierno, una vez que se establezca en la provincia de Buenos Aires, los números de la oposición mejorarán hasta una diferencia de 4 puntos sobre el kirchnerismo.

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Cuando escucha los reproches de sus colegas por este método de construcción, Carrió pide que le muestren uno mejor y les tapa la boca. Quienes miran la trayectoria de esta mujer no terminan de entender cuál es su relación con la política. Ella es un fenómeno cultural de poder desde el predicamento en los medios. Su programa no es partidario ni electoral: mueve millones de voluntades con lo que dice en algo más cerca del teleevangelismo que del liderazgo político. La minucia del poder político no le importa y lo prueba cuando renuncia a jerarquías en el partido, cuando dice que no quiere ser diputada o que se está cansando de la política.

Ese desprendimiento no le quita votos -los que perdió en Capital Federal el 28 de junio se debieron a que quiso ir tercera en la lista- ni la hace desentenderse del compromiso con la predicación. Si se entiende esto, criticarla por no ir al diálogo o por irse de viaje, o por romper con sus aliados de ocasión, es una trivialidad.

Lo que espera es el momento en que todos se rasguen las vestiduras por el fracaso del diálogo, algo que sólo puede dañar a la oposición que peregrinó a la Casa Rosada; para el Gobierno será otra mancha en el tigre, y no la más costosa. Yo se los dije, reirá.

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