"Indice Boudou": nada cambia en el reino de estadísticas de ficción

Por: Alcadio Oña

Parece excesivo suponer que si el Gobierno canjea los bonos atados a la inflación por otros, se afloja la presión sobre el INDEC. Eso puede satisfacer a algunos inversores, porque cobrarían rentas más atractivas, pero nada cambia de fondo si las estadísticas siguen igual de increíbles.

Y aun cuando todo el foco esté puesto en las que miden la evolución de los precios, desde hace tiempo la mancha cubre a muchos otros datos clave. La actividad económica, la tasa de desocupación, la pobreza y la indigencia. Nada más y nada menos.

Guillermo Moreno desembarcó en el INDEC a comienzos de 2007, con una orden precisa de Néstor Kirchner: pisar el índice de precios. Fue una decisión a dos puntas. Pretendía desdibujar, o directamente dibujar, el rebrote inflacionario que empezaba a notarse y, a la vez, apaciguar las demandas salariales que se venían. Nada de eso se consiguió, pero la metodología sigue vigente.

"Parar un poco la mano" con el tema de la inflación, pide el ministro de Economía. Y reclama: "No miren sólo la parte vacía del vaso", como si todo fuese cuestión de buena voluntad. ¿De qué parte vacía hablaba, si en el relato oficial los precios casi ni se mueven? Sin quererlo, dejó picando la respuesta: de las cifras del INDEC.

Desde que un decreto de Cristina Kirchner le transfirió el control del Instituto de Estadísticas, se empezó a hablar del "indice Boudou". Y así pueda incomodarlo, todos los meses deberá cargar con esa mochila.

El "indice Boudou" acaba de arrojar 0,8% para agosto. Tal vez haya quienes digan que, porque es mayor al de los últimos catorce meses, está más cerca de la realidad. Sería como mirar la parte llena del vaso del jefe de Economía.

Lo cierto es que ese número está bien distante del 1,3 % o 1,5 % que habían estimado la mayor parte de los consultores privados: casi la mitad en un caso. O sea, no hubo nada nuevo.

Según el INDEC, en lo que va del año la inflación fue del 4,2 %. Más de lo mismo: los cálculos privados dan alrededor de 9 %. Y algunos oficiales ponen la tasa anual en el 15 %.

Nunca las estadísticas conforman a todo el mundo, ni coinciden con la sensación térmica de los consumidores. Pero hubo meses en que el INDEC cantó 30 %, en la hiper de 1985; desocupación del 21,5 % y pobreza del 57,5 %, durante la crisis del 2002. Fueron números que nadie cuestionó.

Días atrás, el ministro publicitó un acuerdo con Carrefour sobre una canasta de alimentos esenciales para una familia tipo que lanzó el supermercado. Tiene un problema: sale 41 % más que la oficial, de acuerdo con un trabajo de SEL Consultores.

Ya es obvio que el Gobierno pincha los precios de la Canasta Básica Total, que mide el costo de alimentos, salud, educación y transporte, para ocultar el avance de la pobreza. Así puede afirmar que no más del 15,3 % de la población es pobre, cuando el resto del mundo estima alrededor del 30 % o arriba de 10 millones de personas.

Algo de esto habrá que corregir, ahora que ha vuelto a empinarse el precio de los alimentos. La cuestión no son las cuentas del Gobierno, sino que el problema social, la marginalidad y todos sus coletazos avanzan peligrosamente. Y añadido: que el poder central deje de hacer creyendo en sus números, en la subestimación de la realidad.

Lo mismo ocurre con la marcha de la economía. Para el estimador mensual del INDEC, no hay una recesión preocupante. Ni siquiera recesión: sostiene que hasta julio la actividad creció 1,1 %. Nada que ver con la caída del 3 o 4 % que advierten los institutos privados.

Y si la economía aún sigue creciendo, así no sea a las llamadas tasas chinas, tampoco habría para inquietarse demasiado por la desocupación. Por más que la Unión Industrial diga que el desempleo está en el 9,3 % o que "en lo que va del año se perdieron 220.000 puestos de trabajo". Otra vez, realidad versus ficción.

El Gobierno puede creer en la información que difunde, o pretender que encubriendo la verdadera se ahorra costos. Pero es una representación que paga por partida doble: el cuadro social estuvo presente en la derrota electoral de junio y la desconfianza en todo lo que el INDEC diga ya es un sello remachado.

Después de rechazarlo durante cuatro años, ahora Kirchner estaría dispuesto a aceptar un monitoreo de rutina del Fondo Monetario sobre las cuentas públicas argentinas. Al menos eso es lo que anda pregonando Boudou.

Como esos alumnos que tienen baja calificación, el ministro aspira a que la mesa examinadora no sea demasiado exigente. Es posible que algo de eso pase, dado que al FMI le interesa reanudar trato con el país: sería el Fondo bueno. Pero difícilmente llegue al extremo de no decir nada sobre el deterioro fiscal, las tarifas, los subsidios y ciertos números del INDEC.

¿Boudou habrá calibrado estos riesgos? Es de todos modos raro que un país que participa del Grupo de los 20, junto a las potencias, y pretende reinsertarse en las finanzas internacionales no admita un chequeo que el FMI hace con todos sus afiliados: desde EE.UU. a China.

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