India: los rostros ocultos de un terrorismo más letal

Por: Oscar Raúl Cardoso

La masacre producida por un comando armado en Bombay muestra capacidades de fuego y modalidades de ataque que pueden empujar a conflictos armados y daños aún mayores.

Hace doce años -mucho antes que los atentados del 11/S inaugurarán la presente etapa de la "guerra contra el terror", el historiador Walter Laqueur anticipó que "en el futuro los terroristas serán individuos, o personas de un mismo pensamiento, que trabajarán en grupos muy pequeños".

En el mismo ensayo ("Terrorismo Posmoderno", Foreign Affairs, 1996) el autor añadió: "Las ideologías de estos individuos y mini grupos serán aun más aberrantes" que la de las organizaciones más grandes del pasado. Los miembros de las nuevas formaciones serán, escribió también, "más difícil de identificar".

En otras palabras, el juego del terror seguirá siendo el mismo de antes, pero será jugado de modo diferente, una receta para sucesivas tragedias. Las observaciones de Laqueur calzan como la mano en el guante en el horror vivido por Bombay la ciudad india de 18 millones a la que una decena de hombres pudo mantener como rehén durante varios días a partir del 26 de noviembre pasado.

Además del horror y la condena, lo que este episodio está reclamando es una reevaluación de la amenaza terrorista global porque lo de Bombay es algo nuevo en más de una dimensión. Durante el tiempo que los agresores controlaron dos hoteles y una estación ferroviaria establecieron un triángulo de fuego y sangre relativamente reducido, pero se las ingeniaron para dar la sensación de que habían "ocupado" Bombay. El desconcierto policial y militar de las fuerzas indias ayudó a generar esta impresión, falsa pero poderosa.

La pregunta, "¿Qué quieren los terroristas?, está otra vez abierta. Y como sostiene la mayoría de los expertos en esta cuestión, sin una respuesta cierta a ese interrogante no hay posibilidad de diseñar y ejecutar una política eficiente de lucha contra el terrorismo.

Una primera forma de buscar esta respuesta es revisar la situación regional y mundial que dejó este último ataque. Pero aun antes, conviene notar el modo en que los agresores jugaron con la incertidumbre dado que nadie sabe a ciencia cierta aun cuál grupo es responsable del episodio en el que murieron más de 170 personas.

Sí, los indicios apuntan hacia el grupo Lashkar-e-Taiba (LeT), una de varias organizaciones musulmanas extremistas y hacia la complicidad de, por lo menos, algunos niveles jerárquicos del insondable servicio de inteligencia militar paquistaní (ISI).

Por cierto que la sombra de Osama bin Laden se agiganta como suele suceder invariablemente tras estos ataques. A LeT se le atribuyen vínculos con Al Qaeda. Pero hasta la ausencia de una respuesta militar concreta de la India sugiere que las pruebas de estas acusaciones no están aun allí o bien no pueden ser divulgadas todavía.

Apuntados estos rasgos, veamos qué queda a medida que el humo de la pólvora y de los incendios comienza a levantarse. En primer lugar está el recurrente peligro de una nueva guerra entre la India y Pakistán, dos potencias nucleares militares que podrían dejar de lado la confrontación tradicional a favor del empleo de estas armas de destrucción masiva. Cachemira es otra vez, el epicentro de un riesgo bélico.

Esta posibilidad -aun abierta según los observadores- repercute en China, que es un aliado de Pakistán. Beijing mantiene hoy un flujo constante de ayuda, civil y militar, a Islamabad, aun cuando recientemente el gobierno dictatorial de Pervez Musharraf fue reemplazado por una administración civil.

Es que la asociación que fue inicialmente un recurso para contrarrestar el surgimiento de la India, se transformó con el tiempo en un punto crítico en la visión geopolítica china. Beijing cree que Pakistán es un sitio crítico para la preservación de los intereses chinos en el mar Arábigo cuyas aguas -parte del Océano Indico- bañan entre otras ciudades las playas de Mumbai y de Karachi. El abastecimiento de petróleo figura primero en la lista de problemas chinos en el área.

Cuando aun se habla de la posibilidad de nuevos ataques terroristas en India y de una respuesta militar de este país contra Pakistán, la situación es aún más sensible: China y la India tienen reclamos territoriales superpuestos sobre Cachemira y, por ejemplo, el bombardeo de Pakistán, una de las opciones mencionadas, introduciría el despliegue militar de los tres países.

China ya mira con preocupación lo que cree es una tolerancia silenciosa de la India para con los secesionistas del Tíbet y teme para marzo del año que viene una repetición en mayor escala de los alzamientos de marzo pasado en Tíbet. Ese mes se cumplirá el 50º aniversario de la rebelión tibetana de 1959.

Es importante notar que la forma en que los atacantes de Bombay se concentraron en cobrar víctimas estadounidenses, inglesas y judías. Los objetivos del grupo sin duda excedieron la mera reivindicación de temas regionales. El potencial para un conflicto ampliado es abrumador y está visto que con la política de guerra sin plazo contra el terror que impuso George W. Bush no alcanza para la victoria y que la tarea demanda algo más que el unilateralismo al que se ha acostumbrado Washington. Jim Morrison, un humorista gráfico, dibujó hace pocos días a Barack Obama sentado en su escritorio que tenía dos bandejas: la primera con el rótulo crisis económica llena de papeles y la otra con la leyenda Bombay sobre la que caía una bomba. La tira fue una alegoría casi perfecta de la realidad.

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