Independiente volvió a mostrar la peor de sus caras

Independiente volvió a mostrar la peor de sus caras
El equipo de Santoro venía de ganarle a Boca, pero cayó otra vez en un pozo futbolístico.
Sufre todo Avellaneda cuando pierde Independiente. Los del Infierno por consecuencia natural de la derrota. Los de Racing porque sus vecinos y clásicos rivales parecen empecinados en complicarle la permanencia en la A: sucede que Independiente perdió (y cómodo) contra todos los rivales directos de La Academia en la la brava lucha de los promedios. Cayó en Tucumán (3-0 ante San Martín), en La Plata (2-0 contra Gimnasia) y ayer, en Jujuy, volvió a penar: el otro Lobo lo goleó 4-1.

No era una semana más en Independiente. La antesala de la visita a Jujuy había tenido novedades de las de cal y de las de arena. Le había ganado a Boca, el domingo, en el Ducó, con un Montenegro inspirado. Y parecía que se reformulaban sus objetivos en el Clausura... Enseguida, llegó una decisión que enrareció el clima interno del plantel: el técnico Miguel Angel Santoro despidió a dos de sus colaboradores (el ayudante de campo Gerardo Reinoso y el preparador físico Fabio Escribano).

El partido de ayer, en San Salvador de Jujuy, en consecuencia tenía un carácter añadido: el de marcar el rumbo del equipo. La irregularidad perpetua o la posibilidad de una ilusión.

A juzgar por lo que exhibió en esta sexta fecha, Independiente parece destinado al diván: en cinco días puede vencer con autoridad a Boca y perder con escasa oposición frente a Gimnasia de Jujuy, que llegaba al partido última en la tabla del torneo y en la de los promedios. Como si pudiera cambiar de cara de un día al otro, como si pareciera preso de sus propios vaivenes de rendimiento.

Gimnasia, en cambio, fue una resurrección de 90 minutos. Tras la renuncia de Omar Labruna, el equipo se encontraba en el peor de los escenarios: con sensación de condenado, a doce puntos de la zona de Promoción y sin victorias en el Clausura. Pero de repente llegó un viejo conocido del club, Héctor Arzubialde. Y lo que hizo fue cambiar en dos aspectos: la actitud para afrontar los partidos y la dupla de ataque (optó por Mauricio Ferradas y Juan Arraya).

Ayer, el equipo que parecía deshecho se reconstruyó a sí mismo y se animó: fue a buscarlo a Independiente. Con un Diego Mateo combativo, con las apariciones veloces y eficaces de Walter Busse y con el convencimiento de todos. Fue más que su rival. Y después de merecerlo, se puso en ventaja: a los 35 minutos del primer tiempo, Matías Cahais capturó un rebote entre las mil dudas de la defensa rival y definió de zurda, cruzado.

El gol no llegó por azar. Era la consecuencia del juego: era el gol del que hacía mejor las cosas. Independiente, en cambio, jugaba a contramano de sus pretensiones: impreciso, sin creatividad, sin profundidad, sin garantías defensivas. El único sostén firme parecía su arquero Fabián Assman. A pesar de todo...

Lo que siguió fue incluso peor: ya con el impulso del gol. Gimnasia lo borró a Independiente. Lo dominó, le quitó la pelota, lo anticipó, lo neutralizó, lo doblegó.

A los cinco de la segunda mitad, el equipo local construyó la mejor jugada colectiva del partido: precisión, velocidad en el armado, centro perfecto de Mauricio Ferradas y definición de derecha, impecable, de Busse. No era nada más que otro golpe para Independiente. Se parecía a un nocaut.

Pero había más padecimiento para el equipo de Santoro bajo el cielo de Jujuy: a los 30, Ricardo Gómez apareció por la izquierda, amagó, la defensa entera de Independiente siguió de largo, tiró el centro atrás y Ferradas sentenció el triunfo de Gimnasia.

El último cuarto de hora resultó apenas un agregado para una historia con final resuelto. Apenas hubo espacio para dos cosas: un golazo de tiro libre, a cargo de Daniel Montenegro (un remate fortísimo desde 30 metros que sólo sirvió para un descuento apenas decorativo) y una devolución de gentilezas de su hermano Ariel para el 4-1. Entonces, Independiente ya sabía que su paso por Jujuy no tendría motivos para recordar.

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