Indecisos y polarizados.

Por: Silvio Santamarina.

Alrededor de dos tercios de los consultados en casi todas las encuestas aseguran que no les gusta Kirchner. Cuando esa tendencia se plasme en el escrutinio del 28 de junio, el resto del peronismo plantará bandera en los espacios de poder que considere claves para llegar bien parado a 2011.

En uno de los sindicatos más poderosos de la Argentina, con amigos a ambos lados de la frontera que hoy parte electoralmente al peronismo, analizan encuestas y cuentan porotos para saber cómo sentarse a la mesa del lunes 29 de junio. Allí se discutirá el reparto futuro del poder, al calor de los resultados electorales recientes, pero también al calor de la economía real que se mostrará con toda crudeza apenas se corra el maquillaje proselitista que pinta todo de rosa sin fijarse en costos.

El escenario más manejable para el peronismo agazapado es que Kirchner gane, pero por poco: "Treinta y cinco por ciento Néstor, treinta y pico el Colorado y veinte Stolbizer", dibujan en el aire los operadores gremiales. No les interesa mucho el piso electoral –bueno o malo– que el Gobierno pueda obtener en las urnas; lo que les importa como herramienta de negociación es el techo que los sondeos le auguran al ex presidente en ejercicio del mando. Alrededor de dos tercios de los consultados en casi todas las encuestas aseguran que no les gusta Kirchner. Cuando esa tendencia se plasme en el escrutinio del 28 de junio, el resto del peronismo plantará bandera en los espacios de poder que considere claves para llegar bien parado a 2011. Lo que en los últimos meses fue una sangría de lealtades para el oficialismo, a partir del mes de julio se irá transformando en un territorio político balcanizado, con cada feudo controlado por los nuevos y viejos barones del peronismo. Muchos de ellos acarician aspiraciones presidenciales.

Uno de los primeros bastiones que entrarán en disputa será la provincia de Buenos Aires, la madre golpeada de todas las batallas. Con respecto al debate sobre si Daniel Scioli asumirá o no su banca, los gordos del sindicalismo apuestan a que sí lo hará, porque creen que el desgaste del ex motonauta le impedirá hacer pie en la provincia luego del 28-J. El primer factor que señalan es la insoportable exposición ética a la que el actual gobernador se ve sometido como "candidato testimonial" cada vez que dialoga con el periodismo, incluso el oficialista. El otro factor –el que más lo excita cuando lo mencionan– es el "efecto Balestrini". Argumentan que el ajustado triunfo de Kirchner en la provincia no se sustentará en los distritos donde tradicionalmente el nombre Scioli generaba simpatía, sino precisamente en los nudos electorales del conurbano donde el sello de Alberto Balestrini manda. Por eso vaticinan que el vicegobernador sucederá a Scioli en La Plata, desde donde habrá que comandar la tormenta financiera poselectoral. Los que apuestan a la gobernabilidad vía Balestrini dicen estar alarmados por el rojo de las cuentas provinciales, que según estiman se verá acentuado por "el festival de reparto de guita que se está haciendo para la campaña". Más allá del tono conspirativo con el que se hacen estos comentarios, es cierto que el Ministerio de Economía bonaerense acaba de lanzarse al mercado financiero para cubrir un déficit de tres mil millones de pesos, y que José "Pepe" Scioli, el secretario general de la gobernación, viene quejándose desde hace un año de la emergencia de las cuentas provinciales. Precisamente el hermano del gobernador fue quien intentó una vez más despegar a la familia Scioli de lo peor del estilo K, cuando declaró que la (in)oportuna citación del juez Faggionatto a De Narváez "embarra los comicios". Daniel salió a aclarar que su hermano no es su vocero. Es correcto: Pepe no es vocero del gobernador, sino del inconsciente freudiano de Scioli. Y lo que Pepe no se calla es precisamente aquello que el sciolismo tendrá que exhibir a partir del 29 de junio si quiere tener chances para encabezar el poskirchnerismo.

La mayoría de los estrategas que pululan en la Quinta de Olivos aconsejaron una delicada alquimia electoral: polarizar el debate por el modelo en la opinión pública, pero al mismo tiempo evitar la polarización en las urnas con el candidato del peronismo disidente. Y a su manera, Kirchner siguió sus consejos. Para la tribuna televisiva, caricaturizó su pulseada con "los grupos económicos" encarnando al enemigo en Clarín, primero, y luego en Techint. Para el consumo más gourmet de los lectores de la prensa politiqueril, alentó la lluvia de carpetazos contra Francisco de Narváez. Y, de paso, le marcó la cancha a la nostalgia alfonsinista, recordando que al último presidente de la Nación salido de la UCR se lo tuvieron que llevar de la Rosada en helicóptero. Todo muy gracioso.

Pero a esta altura parece que al cóctel discursivo K le falló algún ingrediente, y ahora el PROperonismo bonaerense, a pesar de sus explosivas internas, ya muestra encuestas que vaticinan un final cabeza a cabeza en el escrutinio de la provincia de Buenos Aires. La virulencia con que la prensa progresista K salió a desprestigiar la última medición de la consultora Poliarquía pone en evidencia que la bala mediática le entró al triunfalismo oficialista. Y los peronistas "prescindentes" (ni K ni PRO) se frotan las manos: en lugar de alentar a De Narváez, señalan con ironía cuánto le está costando al actual jefe del PJ y dueño en comodato del aparato estatal ganarle el conurbano a un empresario colombiano, citado por la Justicia, y con un fraseo personal muy poco justicialista. ¿Será que Néstor ya no califica como capo di tutti capi del peronismo del Bicentenario? Pero no todo es peronismo en el amargo escenario político nacional. O mejor dicho, el peronismo de hoy es menos una realidad compacta y dominante que el fantasma de una clase dirigente multicolor que no sabe cómo recrear un sueño colectivo de nación. El espectro de Perón es ahora una excusa posgorila para no asumir el desafío de la latinoamericanización drástica de la Argentina: muy pobres por un lado, muy ricos por otro, y en el medio una clase media enojada y en fuga permanente.

Lo único que se le ocurrió al panradicalismo para hacerse un lugar en las legislativas fue denunciar que el PJ estaba celebrando sus internas a cielo abierto, en las urnas de todos los argentinos, pero la denuncia se convirtió en una profecía autorrealizada. En lugar de polarizar la elección entre peronismo y antiperonismo, el Acuerdo Cívico le cedió el protagonismo a la pulseada sucia entre justicialistas. Y mientras tanto se distrajo de su propia implosión, la que está estallando entre las distintas capas geológicas de la UCR reciclada. Julio Cobos, como siempre, vuelve a quedar estigmatizado como el "traidor" (ahora, del espacio opositor panradical), porque no se entiende que, por alguna razón cósmica que marca el destino del mendocino, el vicepresidente en rebeldía siempre funcione como una especie de catalizador de las inconsistencias del sistema de partidos en la Argentina. Como él mismo definió mejor que nadie: su rol no es bueno ni malo. Es no positivo.

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