El FMI y el INDEC, los malos de una película que recién empieza

Por: Alcadio Oña

Una cosa es que la Argentina plantee una reforma a las políticas del Fondo Monetario, ya claramente desacreditadas, como hará durante la cumbre del G20 que tendrá lugar a comienzos de abril, en Londres. Otra es el protagonismo que el país puede adquirir en las posiciones de un Grupo donde la voz cantante la llevan las potencias, seguidas de China, Rusia, la India y Brasil: seguramente menor al que aquí se aspira.

Y una más distinta todavía es que en Londres empiece a despejarse el camino para recuperar el financiamiento del FMI. Aun sin acceso al crédito internacional, la Argentina no tiene dificultades para afrontar este año los pagos de la deuda. En 2010 la situación será menos desahogada y más comprometida frente a los fuertes vencimientos de 2011.

Es un Fondo golpeado por sus desaciertos, necesariamente más flexible en esta crisis, el que se ha manifestado dispuesto a retomar el diálogo con el Gobierno, clausurado por completo desde que Néstor Kirchner decidió pagarle de un plumazo casi 10.000 millones de dólares. Pero, de arranque, la Argentina debe aceptar que los técnicos del FMI hagan una revisión del estado de la economía y de las cuentas y que luego el directorio emita observaciones y recomendaciones. Lo que se conoce como el Artículo IV.

Las revisiones por el Artículo IV son, en realidad, usuales para todos los países afiliados al FMI. La Argentina no tiene ninguna relación financiera con el organismo, pero sigue afiliada. El punto es que Kirchner se ha negado redondamente a someterse a ese monitoreo y no hay noticias de que haya cambiado de posición. Cuestión de principios o, si se quiere, de costos políticos, aunque más de un funcionario del Gobierno no vea allí nada demasiado malo: cuestión de necesidad a corto plazo, en un mundo complicado por donde se lo mire.

Claro que en ese simple monitoreo hay un gato encerrado grande como una casa. Será inevitable algún comentario sobre la confiabilidad de las estadísticas argentinas: el índice de precios, el cálculo del PBI, la forma como se miden el desempleo y la pobreza. Sobre todas, en realidad, pues ya no queda una sola sin haber sido contaminada por las manos oficiales.

Y el FMI no podrá soslayar una crítica, así sea cuidadosa; simplemente, porque chequear las estadísticas es parte de su trabajo técnico y porque todo el mundo sabe lo que pasa con esos números. Renglón seguido, si el Gobierno acepta el examen por el Artículo IV deberá digerir esa medicina.

Queda la alternativa de que el Gobierno imponga la obligación de no difundir los resultados del testeo, cosa que se ha hecho en el pasado y admiten las normas del Fondo. Pero si no aparece alguna filtración, al menos se conocerá ese veto.

Es posible, además, que no sean necesarias las molestas e indigestas misiones del FMI. La evaluación puede ser hecha en Washington, valiéndose incluso de informes del representante que todavía mantiene en Buenos Aires: el hombre conserva una oficina con muy poco personal, suele reunirse con economistas privados y, muy en secreto, con algún funcionario argentino.

Eso sí, ni la mayor de todas las reservas podrá evitar un disgusto con las estadísticas del INDEC. Pero si algo distinto pasa con el FMI, fuera de reprocharle con razón sus políticas y los daños que aquí ha sembrado, será después de las elecciones.

De este mundo diferente y dislocado es, también, la cumbre que arrancó ayer con el centenar de embajadores y representantes argentinos. Fue convocada por la Presidenta, pero resultan llamativos el par de comentarios incluidos en un comunicado difundido por la Cancillería. Dice que "la reunión no tiene precedentes en nuestro país" y que "es una práctica habitual en la diplomacia internacional".

Lo que aparece como encomiable contiene, a la vez, el implícito de que algo así de importante no hubiese ocurrido nunca durante estos cinco años y pico de kirchnerismo. Igual que, tal cual también se dice, se los reúna a todos para informarles sobre los lineamientos de la política exterior y para articular una estrategia de promoción de los productos argentinos. Dicho de otra manera, eso que en el mundo es una práctica habitual aquí se convierte en un hecho sin precedentes.

Nunca quedó demasiado clara la política exterior del kirchnerismo: más bien pareció moverse siempre según ramalazos coyunturales. Y articular una estrategia de ventas a fondo pudo ser, también, un dato permanente y no el subproducto de un mundo que se cierra, en recesión y con un denominador común: colocar afuera lo mucho que no tiene lugar en el mercado interno.

Nada que hace tiempo no se sepa, igual que las exportaciones argentinas dependientes de unos pocos bienes. La forma que adquirirá la relación con el FMI es, en cambio, una película con final desconocido.

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