El increíble estado paralelo que levanta Milagro Sala

Con fondos públicos, la líder piquetera jujeña construye un poder que no reconoce límites
Una garita de seguridad y un cartel anuncian la frontera de sus dominios: "Bienvenidos al cantri de los villeros". Milagro Sala sale desde el fondo de una casa llena de planos. Todo lo que la rodea está concentrado ahí, como el diagrama de una fortaleza: 1800 viviendas para 10.000 habitantes, una fábrica de bloques, caños y adoquines, un taller textil, otro metalúrgico, un hospital, un estadio de fútbol, dos escuelas con un plan de estudios especial y un supermercado propio. Todo tiene el mismo nombre: Tupac Amaru. En un mes, abrirá un parque acuático, con una pileta de 120 metros de largo. Se dedicará después por el siguiente objetivo: un shopping.

Milagro estira su cuerpo diminuto y esmirriado, y se infla de palabras ansiosas por detallar las obras. Cuando termina, sale a la calle y levanta la vista sobre el cerro, donde las casas parecen perderse en el horizonte. Habla como si se confesara: "Este es todo mi poder".

Pero la líder social más influyente de Jujuy sabe que no es cierto. Barrios como el Tupac Amaru se repiten a escala en otra decena de localidades jujeñas. Tiene más de una veintena de propiedades, incluido un museo y varios locales en el centro. Su organización suma 70.000 adherentes: más del 10 por ciento de la población de la provincia depende sólo de ella. Y controla una de las facciones de la barra brava de Gimnasia y Esgrima de Jujuy, bautizada, en su honor, "La banda de la Flaca". La misma que oficia como su custodia y que suele manejar una flota de Fiat Idea que pertenecen a la organización.

Aquí la aman o le temen, y prefieren ni hablar de ella. Algo que empezó a hacerse imposible desde hace diez días, cuando gente de su organización agredió al senador radical Gerardo Morales y el nombre de "Milagrito", como la llaman unos y otros, saltó al primer plano de la política nacional.

Recibe del gobierno nacional 5000 bolsones de comida por mes, que llegan directamente a las sedes de su grupo, sin pasar por dependencias provinciales o municipales. Según las planillas oficiales del Ministerio de Planificación, sólo en lo que va de 2009 ya recibió casi 100 millones de pesos para el funcionamiento de sus cooperativas de viviendas.

Acumuló tanto poder que logró montar una suerte de estado paralelo. Al que se le atribuye, incluso, la capacidad de modificar decisiones oficiales y legislativas. Y que tiene varios integrantes investigados en la justicia penal jujeña por supuestos episodios violentos, tenencia de drogas y uso de armas (ver aparte).

Pero Milagro llega hasta el llanto para desmentir esas denuncias. "¡Cómo voy a tener armas o drogas! ¡Quieren mostrar a Jujuy como Colombia!", se enojó, sentada en un bar, frente a la sede central de Tupac Amaru, en una charla con LA NACION. Después hizo silencio. Se tapó la cara. Empezó a llorar.

Terminó ordenándole a uno de sus hombres que fuera a buscar algo. Seguía llorando: "Te van a traer la única arma que tengo". Al rato, su gente apareció con un viejo pistolón, enmarcado como un cuadro. Dijo que se lo había regalado el sindicalista Germán Abdala, dos años antes de morir. "Es lo único que tengo. Si tuviera el culo sucio no hablaría así. Me están condenando sin conocerme."

También negó tener influencia alguna sobre la policía provincial, como suele denunciar la oposición jujeña. Usó una sola frase, insistentemente: "¡Es mentira!". Sí, aceptó ser la jefa de "La banda de la Flaca", que ostenta poder en la hinchada del Lobo jujeño, y que hasta hace un año mantenía un violento enfrentamiento con "Los Marginados", liderados por Alberto Cardozo, aliado del ex intendente capitalino José Luis Martiarena.

Milagro empezó a usar en la política a sus hombres del fútbol. La oposición jujeña se encarga de revisar archivos en cada aparición pública. En los últimos cuatro años, Tupac Amaru lideró tomas de la Legislatura, encabezó ocupaciones en la Casa de Gobierno (el episodio más conocido fue en 2007, cuando su agrupación quemó parte del Salón de la Bandera) y avanzó sobre municipios y concejos deliberantes del interior. La mayoría de las veces logró imponerse. Suele justificar sus embates en público: "Nunca voy a cagar a mis compañeros. Lo que hago es por la necesidad de ellos".

Algo es cierto: muchos seguidores le tienen devoción. Los contactos con el poder le permiten a Milagro ser efectiva. Da respuesta en cuestión de horas a necesidades que a cualquier gobierno le costaría meses atender.

"Si el Estado fuera eficiente, nosotros no existiríamos", se ufanó. Su estructura de poder funciona como un estricto sistema de relojería, sobre la base de la disciplina y de sometimientos.

Todos sus emprendimientos son cooperativas. Cada integrante cobra entre 900 y 2000 pesos. Con las viviendas, gana plata. El Estado les paga como si las construyeran en seis meses, pero las terminan en cinco. La organización se guarda la diferencia y paga otros gastos. También ahorra en materiales. En el taller metalúrgico, hacen puertas, columnas y ventanas. En el textil, 142 personas por turno fabrican 50.000 delantales por mes para el Gobierno (que financió máquinas con planes Manos a la Obra).

Disciplina férrea

El grupo fue acrecentando su estructura: en el barrio tiene dos ambulancias, sillones odontológicos y laboratorios de análisis clínicos. En la sede central, sumó un tomógrafo. En Jujuy, hay sólo dos. Tupac Amaru tiene ocho militantes estudiando medicina en Cuba. Y aunque en la municipalidad se quejan de que sus edificios no tienen planos aprobados, Milagro usó sus contactos y logró que el Ministerio de Salud habilitara sus consultorios.

La disciplina interna también es implacable. LA NACION lo comprobó en la última marcha de la agrupación, el miércoles. A las 9, decenas de personas corrían al lugar del encuentro. Aunque la marcha estaba programada para las 12, los líderes de Tupac Amaru ya tomaban lista. Los manifestantes sabían que, si no llegaban a tiempo, a fin de mes no les iban a pagar.

A las 11, una mujer sollozaba dentro del grupo. Su hija todavía no había llegado: tenía miedo de que volvieran a amenazarla con quitarle la casa que le habían dado. Mientras tanto, un dirigente indígena también sollozaba, pero por lo contrario: repetía que Milagro le había dado una pensión que el Estado jamás le había podido conseguir.

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