La increíble agonía de la usina Sorrento

Una visita a la central térmica rosarina muestra el grado de abandono por el que sus 49 empleados acusan al dueño, y mantienen la planta tomada en huelga.
La gloria de tiempos lejanos y el ocaso del presente se funden entre los fierros retorcidos, herrumbrados, que desde hace años duermen en ese predio de nueve hectáreas, con vista privilegiada al río, donde desde la década del ‘20 está enclavada, en el corazón de barrio Sarmiento, la central térmica Sorrento.

La parte antigua de la usina, hoy cercada por un espeso yuyal, fue construida por la firma Servicio Eléctrico Rosario, de capitales belgas; después pasó a manos del Estado, y la manejó durante casi medio siglo Agua y Energía, hasta 1993. En esa fecha la adquirió el empresario Sergio Taselli, un comodín que compró durante la época menemista varias firmas estatales, entre ellas Yacimientos Carboníferos de Río Turbio, donde murieron 14 obreros en 2004 en un "accidente laboral", que le valió que el gobierno le retirara la concesión. Desde hace cinco años, en el muelle de Sorrento quedó fondeado un barco que sirve, quizás, para amarrar las historias. Esa nave provenía de Río Turbio y quedó abandonada con dos marineros que hoy utilizan el buque como vivienda.

Vaciamiento. El sindicato de Luz y Fuerza denuncia desde hace tiempo que el empresario no sólo no invirtió un centavo en la usina, sino que ni si siquiera aportó fondos para el mantenimiento mínimo de la central, que ahora sólo puede generar 80 megawatts, la mitad de su potencia.

"La usina se encuentra en un estado total de abandono", aseguró el viernes pasado Alfredo Romero, secretario general del sindicato, tras una asamblea con los 49 operarios que mantienen un paro por tiempo indeterminado. Reclaman que Taselli cumpla con la promesa que hizo en abril pasado, cuando acordó con el gremio abonar un 20 por ciento de aumento salarial para 2009. En el marco de las paritarias, desconoció el acuerdo y ofertó pagar a los empleados 300 pesos (de suma no remunerativa) en concepto de ajuste salarial. Tampoco depositó el sueldo de agosto.

Pero más allá del reclamo sindical, los trabajadores quieren que el Estado se vuelva a hacer cargo del manejo de la central. El planteo es simple; está escrito en la mayoría de las paredes del predio cercano al parque Alem. El apellido Taselli se complementa con innumerables calificativos: "traidor, vaciador, ladrón". Incluso, debajo de un mástil, donde en otros tiempos flamearon banderas, hoy hay tres muñecos blancos, símil momias, que oscilan ahorcadas por una soga. "Esos somos nosotros", indica un empleado. Un técnico enviado por el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, recorrió el predio esta semana para evaluar la potencialidad de la usina. Una posibilidad es que si el Estado le retira la concesión a Taselli, quien tiene contrato hasta 2023, el manejo de Sorrento podría pasar a manos de Enarsa.

La central no sólo está virtualmente tomada por los trabajadores –que hacen una huelga en el lugar de trabajo– sino que fue clausurada esta semana por el Ministerio de Trabajo de la provincia. Los inspectores detectaron 19 irregularidades que representan –según dejaron sentado en un acta– "un riesgo grave e inminente para la salud de los trabajadores".

El colmo de una usina. "En gran parte de la usina Sorrento no hay electricidad", dice un operario, quien ingresó a trabajar a la usina hace 19 años y desde hace 13 está en la sala de comandos, que entre los operarios tomó el nombre de "tablero". Como es difícil de creer lo que afirma, decide demostrarlo. Prende y apaga la llave de una de las paredes de la administración. Y nada. No se enciende ningún tubo fluorescente. "Es difícil de creer, pero es así", dice resignado. En el hall de ingreso a la administración, donde antes había vida, empleados, escritorios y papeles, en dos macetones de losa dos plantas resisten la sequía, que no es por la falta de lluvias, sino porque el servicio de agua corriente está cortado desde hace medio año. "No existe más la administración, porque Taselli se fue desprendiendo de la gente y llevó todo a sus oficinas en Buenos Aires, donde centralizó el manejo de todas sus empresas", señala un referente gremial, que hace de guía en la recorrida que realizó Crítica de Santa Fe por la usina.

El piso del galpón donde se encuentra el único generador que está en funcionamiento en la planta está recubierto por una película blanca de guano de paloma. La pedrada de 2006 rompió los vidrios de ese galpón gigante y nunca fueron reemplazados. Como no hay servicio de limpieza el desperdicio de las palomitas se empezó a acumular junto con las decenas de bolsas de basura que se almacenan en los rincones.

Del techo cuelga un cartelito prolijamente pintado que dice: BabCok Power 1981. Presión de diseño 146,2 kg-cm2. "Esto es tecnología inglesa. Es muy buena máquina, pero como desde hace años no se la mantiene, se vino abajo", explica el guía. "Antes, los mismos empleados fabricaban los repuestos. Pero el taller fue desmantelado", agrega y comenta que Taselli comenzó a tercerizar algunos trabajos de mantenimiento. "Como no hay gente capacitada en la ciudad para el mantenimiento de máquinas de este tipo, la reparación estuvo a cargo muchas veces de gente que arreglaba calefones", comenta con ironía otro compañero. La caldera es una montaña de hierros oxidados. Las chapas que recubren la parte externa comenzaron a desprenderse y empezaron a quedar a la intemperie las capas de amianto, un material muy contaminante que desde hace años está prohibido. Con cada brisa, el amianto se esparce por el parque Alem, barrio Sarmiento y Alberdi.

La parte más antigua de la planta está clausurada desde hace más de diez años. Los edificios antiguos construidos por la compañía belga son reliquias que no se derrumbaron gracias a los materiales nobles con los que fueron edificados. Allí hay dos generadores más chicos, de 33 megawatts, que son chatarra. Taselli ordenó soldar las puertas de esos dos sectores y nadie más pudo entrar. Adentro murieron esas máquinas.

Todos los vidrios están rotos y del techo cuelgan vigas de hierro que caen como telas. "Los ladrillos son de principio de siglo made in Bélgica", recuerda el guía con cierta melancolía, que flota en una escenografía que denota los estertores del Estado entre las máquinas herrumbrosas, cubiertas por helechos silvestres.

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