Las incongruencias sobre la historia de la Independencia.

Por Daniel Balmaceda.

Autor de Historias Inesperadas de la Historia Argentina

Poco de real, pero mucho de simbólico tuvo la frase: ‘El sol del 25 viene asomando’. Porque aquel nublado viernes de mayo de 1810 -y con precipitaciones-había sido el comienzo, el amanecer de la Patria. Sin embargo, a mediados de 1816 se venía la noche.

Fernando VII volvía a reinar en España y preparaba una flota inmensa que vendría a ocuparse de los sediciosos de la América hispana. Como si esto fuera poco, el ejército patriota tenía la moral por el piso: en noviembre de 1815 había sido vencido en Sipe Sipe, en su tercera tentativa de barrer a los realistas del Alto Perú (el primer intento culminó con el Desastre de Huaqui; el segundo, con Vilcapugio y Ayohuma). Pero además, las Provincias Unidas, desconociendo el significado de su denominación, se desmembraban: el litoral estaba con José Gervasio de Artigas, quien confrontaba con Buenos Aires. En 1816 a la Revolución se le venía la noche.

Fue en ese contexto que veintinueve diputados declararon que no dependíamos de nadie más que de nosotros mismos. José de San Martín había empujado la declaración. Era necesaria para cruzar a Chile, no con un rejunte de insurrectos, sino con un Ejército de una nación soberana.

Con el permiso de Felipe, usufructuaremos la palabra mitos para revisar algunas incongruencias que hemos aprendido sobre esta fecha histórica. Comencemos por el arribo de los diputados. Suele decirse que los representantes llegaron en galeras, carretas, a caballo, en mula o en otro tipo de carruajes. Sin embargo, no hay registro ni memoria ni tradición oral que respalde ese mito. En la ciudad de Tucumán, en 1816, no había ni un solo carruaje. En San Salvador de Jujuy había uno solo. Cuando Manuel Belgrano entró en Tucumán -el 10 de julio sería nombrado jefe del Ejército del Norte reemplazando a José Rondeau, el derrotado de Sipe Sipe-, lo que más llamó la atención fue su carruaje. No se había visto semejante lujo en esa zona. Tampoco hubo mucho tiempo para contemplarlo. En cuanto depositó al general en la ciudad de la Independencia, pegó la vuelta a Buenos Aires.

El otro gran mito tiene que ver con la histórica casa donde se reunieron los representantes de las provincias. Estaba ubicada en la calle de la Matriz (era la misma que pasaba por la puerta de Iglesia Matriz, es decir, la Catedral). Hacía bastante tiempo que el gobierno tucumano había alquilado parte de la casa -pagaba 25 pesos mensuales- y allí funcionaba, hasta que fue cedida a los congresales el 24 de marzo de 1816, una oficina de la aduana. Los ambientes que daban al frente de la casona, instalada en un terreno de 2.100 metros cuadrados, se empleaban como comercio. Si los argentinos del siglo XXI viajáramos en el tiempo y nos plantáramos ante la casa de la calle Matriz, diríamos que es lo más parecido a un maxikiosco.

Esa propiedad fue parte de la dote que recibió Miguel Laguna cuando se casó con Francisca Bazán. Para 1816, Francisca era una mujer mayor y viuda. Sus hijos se encargaban de la renta de sus propiedades. ¿Por qué no utilizaron el edificio del Cabildo tucumano? Porque en esa época estaban refaccionándolo.

En este caso también fue necesario convocar a los obreros para acondicionar el salón donde deliberarían nuestros patriotas. Al unir dos cuartos tirando una pared abajo, se logró un ambiente de quince metros por cinco, es decir, 75 metros cuadrados. ¿Estaba en el frente? No. Como ya dijimos, adelante estaba el maxikiosco. Al salón de sesiones se llegaba atravesando un patio interno. Por lo tanto, las clásicas imágenes de vecinos eufóricos junto a las ventanas de la calle no se corresponden con la realidad.

Al día siguiente de la Declaración, el 10 de julio, se organizó una gran fiesta en la mismísima casa de histórica. Los preparativos obligaron a trasladar al congreso que en esa jornada sesionó en la casa del gobernador Bernabé Aráoz. Por la noche los festejos contaron con abundantes manjares, música a cargo de la banda militar, brindis -costumbre que copiamos de los ingleses en 1806- y la entonación de nuestro Himno que en su versión original duraba unos veinte minutos.

Poco después el Congreso comisionó al oficial Cayetano Grimau y Gálvez, de 21 años, para que transportara varios papeles desde Tucumán a Buenos Aires. Entre ellos, el acta de la Independencia con la firma de los 29 diputados. Tal vez no se le dio la importancia que merecían esos documentos. De hecho, Grimau viajó sin custodia y al sable que portaba le faltaba parte de la hoja. Cuando ya circulaba por el sur de Córdoba, ocurrió un gran percance. El chasqui de la Patria se hallaba en los yuyales de un campo resolviendo necesidades fisiológicas. Le pusieron un trabuco en la espalda y lo obligaron a entregar los papeles que transportaba. El robo ocurrió el 2 de agosto de 1816, por la mañana.

En cuanto Grimau llegó a Buenos Aires, denunció el robo. El acta de Independencia nuncamás apareció: las que hoy vemos son copias, pero el original manuscrito parece haberse perdido para siempre.

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