El inconcebible e inconmensurable e inclemente y sobre todo interminable receso del Poder Judicial de Entre Ríos

Hasta el hartazgo se podría extender el listado de razones por las cuales constituye un despropósito la autoimpuesta cuarentena del Poder Judicial.

Por Antonio Tardelli

Los magistrados y los funcionarios del Poder Judicial de Entre Ríos levantarán sus copas el miércoles 23, brindarán entre ellos, expresarán sus deseos mejores, echarán llave a sus despachos, alistarán las palitas de playa, aprontarán sus baldecitos de plástico y, otro sí digo, empezarán el disfrute de unas vacaciones que, 40 días después, el 2 de febrero, maldito almanaque, habrán llegado a su amargo final.

Frente a ello asoma una pregunta simplota: ¿por qué?

¿Está mal que los jueces y los funcionarios se tomen el día de Nochebuena? No parece, en aras de una afirmada tradición.

¿Corresponde que trabajen en Navidad? Decididamente no.

¿Tendrían que ejercer sus altas magistraturas el viernes 26? Es probable que sí. Sin embargo, no se los debe condenar a ser los únicos que trabajen si, como se presume, el viernes 26 puede llegar a ser no laborable para mucha o toda la gente. Media un día sándwich, qué embromar, y esto es la Argentina.

¿Está mal que la feria judicial se extienda todo un mes? Vaya uno a saber. En algún tiempo habrá estado justificado. Ahora quién sabe, pero, bueno, también es tradición. Es verdad que además cada año trae consigo una feria de invierno, mas debe de haber algún sensato argumento que lo explique, aún cuando permanezca difuso para el grueso de los contribuyentes.

Ahora bien: ¿por qué diablos el Superior Tribunal, en ejercicio de sus atribuciones, y en cumplimiento de la responsabilidad que le cabe en la defensa de los intereses de los ciudadanos entrerrianos, considera conveniente que el Poder Judicial permanezca inactivo durante la semana que se inicia el lunes 29 de diciembre?

¿Por qué?

Quien lo sabe. ¿Habrá razones de peso?

Como fuere, el resultado es conocido: los magistrados y los funcionarios del Poder Judicial de Entre Ríos levantarán sus copas el miércoles 23, brindarán entre ellos, expresarán sus deseos mejores, echarán llave a sus despachos, alistarán las palitas de playa, aprontarán sus baldecitos de plástico y, otro sí digo, empezarán el disfrute de unas vacaciones que, 40 días después, el 2 de febrero, maldito almanaque, habrán llegado a su amargo final.

Infructuosos fueron los intentos (al menos los de este periodista) para obtener de vocal cualquiera del Superior Tribunal de Justicia una declaración en la que, para ampliar el correspondiente parte de prensa, diera a conocer los motivos de la resolución.

Hasta el hartazgo se podría extender el listado de razones por las cuales constituye un despropósito la autoimpuesta cuarentena del Poder Judicial: la creciente sensación de inseguridad, la impunidad de la que gozan quienes transitaron por la función pública para robar y no para gobernar, los casos irresueltos, las demandas insatisfechas, las demoras burocráticas y así hasta el infinito.

Son argumentos consistentes, pero insoportablemente efectistas. Cuesta recorrer ese camino, por más que la sensatez lo legitime.

Se podría hablar, también, de la ineficacia del aparato que administra la justicia o, al menos, de su conocida selectividad.

Pero tal vez se pueda descender a un plano aún más superficial para que el insensato parate golpee como cachetada. Para que la afrenta termine de ser afrenta hay que recurrir al Pequeño Manual Ilustrado de la Señora Tilinga: “Los jueces deben trabajar porque con nuestros impuestos les pagamos los sueldos”.

Es doloroso admitirlo, pero nuestra mujer tiene toda la razón del mundo.

También se puede intentar por otro lado, aunque tal vez se arribe al mismo sitio.

Olvidémonos de las considerables remuneraciones que perciben los jueces.

Olvidémonos de los buenos sueldos que cobran los funcionarios de la Justicia.

Olvidémonos de que el poder político, barco pirata, asalta el Poder Judicial mediante maniobras generalmente exitosas.

Olvidémonos de los sucesivos esquemas de mayorías automáticas que funcionaron (y funcionan) no sólo en los tribunales de la Argentina neoliberal de los Menem y sus delegados locales, sino también en la Argentina progresista de los Kirchner y sus referentes autóctonos.

Olvidémonos de que en el paraíso de la delincuencia estatal uno de los pocos condenados por la Justicia es el principal denunciante de la corrupción entrerriana: el ex fiscal de Investigaciones Administrativas, Oscar Rovira.

Y tomemos nota, a la vez, de que ninguno de estos oprobios se corrigen con dos días más de trabajo. No es eso lo que está en discusión.

Juguemos a olvidarnos de todo eso, que se puede leer en los diarios, y vayamos en búsqueda de nuestra tilinga amiga. Voz de pito, pose altiva, sentencia pretendidamente sabia, ella nos dirá (y nosotros nos rendiremos ante la evidencia): “Tienen que trabajar porque con nuestros impuestos les pagan el sueldo”.

La incalificable cuarentena judicial se destroza a sí misma desde lo más elemental: nada revolucionario, nada de justicia popular, nada de escandaloso. Es puro sentido común de raíz liberal.

Avanzando un poquito más (pero sólo un poquito más) se potencia el carácter irrespetuoso de la medida que por 40 días aleja de sus escritorios a magistrados y funcionarios judiciales.

Es el hecho de que en la Argentina haya pobres, tan sencillo como eso, lo que convierte a la cuarentena en burlona e irreverente.

Ni el INDEC, prominente nariz de mentiroso, se atreve a sostener que no hay menesterosos.

Ni el INDEC, organismo ametrallado, se atreve a sostener que no hay desocupados.

Ni el INDEC, notable fabulador, se atreve a sostener que ha sido erradicado el trabajo en negro.

Ni el INDEC, embuste institucionalizado, se atreve a sostener que todo argentino dispone de su correspondiente seguro de salud.

Ni el INDEC, fullero viejo, se atreve a sostener que todo argentino está o estará en condiciones de jubilarse.

Ni el INDEC, registro único de la mentira, se atreve a sostener que todo argentino puede disponer como mejor quiera de sus vacaciones pagas.

La tilinga reaccionaria, nuestra amiga, no lo piensa en esos términos. Pero en el fondo resulta que tiene razón. No hay Dios que la pueda desmentir.

Cuando al regreso del piquete compra en el almacén su bolsa de fideos, el trabajador desocupado beneficiario de la escuálida asistencia social paga el tributo con que se solventan los haberes de los jueces y de los funcionarios del Poder Judicial. No trabajar, y sobre todo no trabajar en el importante cargo público para el que se ha sido designado, y no trabajar además siendo que el sector público está desembolsando una buena paga, es un lujo que sólo puede permitirse alguien absolutamente indiferente a lo que sucede más allá de su aparato de aire acondicionado.

Adviértase qué argumento tan modesto, tan primitivo. Nótese qué ligero, qué poco emparentado con la idea de justicia universal, qué alejado del paraíso con que soñaron los próceres del Derecho.

Adviértase con qué poco se concluye que es una tomadura de pelo, un monumento a la desigualdad, el hecho de que los tribunales de Entre Ríos permanezcan poco menos que cerrados para que sus habituales ocupantes (no se habla aquí de los trabajadores; sí de sus superiores, que desempeñan un rol de innegable responsabilidad política) gocen de 40 privilegiados días de vacaciones.

Cerrado por descanso, feria o receso, el edificio de tribunales se incontamina de realidad. ¿Será eso la independencia? Parece aislamiento. Ignorancia. Desconexión.

El interminable receso es una desconsideración resuelta por jerarquizados servidores públicos. Es producto de una medida que adoptaron los burócratas mejor remunerados.

¿Podría un integrante del Superior Tribunal de Justicia mirar a los ojos a un desocupado, a un excluido, a un precarizado, a alguien que carece de vacaciones porque carece de trabajo, a alguien que carece de sueldo porque carece de trabajo, a alguien que carece de jubilación porque carece de trabajo, a alguien que carece de obra social porque carece de trabajo, a alguien que carece de aguinaldo porque carece de trabajo, y decirle sin sonrojarse: “Espéreme acá. Vuelvo en 40 días?”.

Sería el curioso diálogo entre un ciudadano y un superior. Sería el curioso diálogo entre un ciudadano y un tribunal. Sería el curioso diálogo entre un ciudadano y la justicia.

Pero es cosa juzgada.

Los magistrados y los funcionarios del Poder Judicial de Entre Ríos levantarán sus copas el miércoles 23, brindarán entre ellos, expresarán sus deseos mejores, echarán llave a sus despachos, alistarán las palitas de playa, aprontarán sus baldecitos de plástico y, otro sí digo, empezarán el disfrute de unas vacaciones que, 40 días después, el 2 de febrero, maldito almanaque, habrán llegado a su amargo final

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