La incomodidad de justificar al amigo venezolano

Por Fernando Gonzalez

Los tiempos de la política son siempre así. Cuando los vientos son favorables, a los dirigentes todo les es permitido. En sus primeros años en el poder, Néstor Kirchner podía lucir como un atributo su carácter irascible y había quienes consideraban pintoresca la relación amistosa que el ahora ex presidente tenía con el venezolano Hugo Chávez.

Pero los tiempos cambiaron. La imagen de Kirchner no es aquella de sus primeros años. El precio del petróleo ya no da para fiestas. Y las humoradas de Chávez ya no causan gracia. Sino que los digan los Kirchner, quienes deben explicar ahora cómo es que el amigo venezolano estatiza empresas argentinas un par de días después de relajarse en la comodidad patagónica de El Calafate.

Demasiado para este tiempo de elecciones y desconfianza creciente. Kirchner debe convencer a buena parte de la sociedad de varias cosas. Que no sabía lo que Chávez se disponía a hacer con las empresas argentinas; que las gestiones del Gobierno para defender los intereses nacionales van a tener algún efecto sobre el venezolano y que, después del 28 de junio, no se van a tentar con llevar adelante algún desatino parecido.

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