Las incertidumbres y desafíos en el futuro político

Por Manuel Mora y Araujo

Analista político. Director de Ipsos-Mora y Araujo

Lo que ocurra en 2011 dependerá de la capacidad de unos y otros de generar ofertas electorales atractivas y convocantes. El electorado posiblemente buscará señales relativas a un camino cierto para el país, antes que personalismos dominantes

Nuestro futuro político es incierto. El Gobierno está débil; su mayoría parlamentaria es precaria e inestable, y lo será aun más después del 10 de diciembre. La oposición está fragmentada, carece de liderazgos y no logra consensos básicos. Los canales participativos que pueden conectar a la ciudadanía con la dirigencia han desaparecido o están obstruidos. Es ese contexto, es difícil imaginar qué ocurrirá en los próximos dos años; menos aun, qué puede esperarse para después de 2011.

El gobierno nacional todavía dispone de la iniciativa en muchos frentes. Aun así, ni siquiera bajo un escenario favorable, con la economía recuperándose, acordando con el FMI y con un principio de acceso a los mercados de capitales -todo lo cual redundaría en un alivio de la situación social- le sería fácil detener la tendencia a la pérdida de apoyo en la sociedad.

La situación de la oposición no luce mucho mejor. Fragmentación y debilidad de los liderazgos políticos, dispersión de la oferta electoral, proyectos políticos desdibujados- excepto los puramente personalistas-, eso es lo que hoy tenemos.

Los principales espacios políticos están ocupados por grupos políticos desorganizados o debilitados, aunque en algunos de ellos las tendencias se van definiendo. El oficialismo está replegado a su núcleo duro, lo que lo aísla a un más del resto de la sociedad. Es cierto que el kirchnerismo ha demostrado que mantiene la capacidad de restaurar las muchas fisuras que se van produciendo dentro de él; pero no ha conseguido detener la sangría de cuadros y de aliados. Sus posibilidades en una segunda vuelta en la elección presidencial son por eso limitadas, porque aun de llegar a esa instancia no se ve cómo podría formar una coalición ganadora. Su apuesta parece reducida a que los espacios opositores continúen fragmentados, siendo uno más entre múltiples pequeños grupos, mantiene la ventaja relativa de disponer de más recursos de poder.

El peronismo no kirchnerista está dividido y carece de liderazgo. El senador Reutemann, el hombre que parecía llamado a conducir la unificación de ese mosaico peronista, tan pronto asomó en la escena ha exhibido una capacidad extraordinaria para generar divisiones. Lo que tenía de organicidad el peronismo lo disolvió Duhalde, al impedir la interna en 2003. La principal argamasa que lo mantenía unido es el control del gobierno nacional, pero desde que el kirchnerismo ha desplegado al máximo su potencialidad dispersiva y ha contribuido más que nadie a alimentar un espacio peronista opositor, no se ve por qué camino podría llegar esa unificación. Las posibilidades de que una oferta electoral surgida del espacio peronista no kirchnerista pueda ganar en la segunda vuelta son completamente inciertas.

En el espacio de la oposición no peronista moderada se advierte una tendencia más definida hacia la organización. No así en la izquierda, un fenómeno que siempre brota electoralmente en la Argentina y nunca dura demasiado. Confinada a la Ciudad de Buenos Aires, y propensa en alto grado a la fragmentación interna, la izquierda difícilmente tendrá un papel relevante en la definición electoral de 2011. En cambio, la convergencia de los distintos sectores de la UCR con los radicales K que hoy siguen al vicepresidente Cobos, parte del socialismo y de la Coalición Cívica, parece encaminada a generar una oferta más sólida. La imagen de Cobos hasta ahora es suficientemente fuerte; la estructura partidaria de la UCR, más allá de la debacle electoral de los últimos años, constituye un activo importante para encarar una confrontación electoral; los aliados no radicales suman marginalmente votos que pueden ser decisivos. Si se supone, como hipótesis inicial, que los tres principales espacios políticos actuales tienen una potencialidad electoral similar, del orden del 30% cada uno, ese espacio no peronista moderado es el que presenta las mejores perspectivas de triunfar en una segunda vuelta -con la incógnita de la magnitud del daño que pueda producir Carrió si no se aviniese a integrarlo.

El desafío para todos es despejar el campo de candidaturas sostenidas en fantasías mediáticas o excesiva confianza en el marketing político, especulando con un escenario parecido al 2003, cuando la dispersión y el desorden hacían posible imaginar a muchos que se podía alcanzar el gobierno con pocos votos y mucha suerte. La ciudadanía va a demandar definiciones, sin fundamentalismos y sin grandes pasiones programáticas. Quien las ofrezca y las respalde con posibilidades ganadoras llevará una ventaja sustancial.

Lo que ocurra en 2011 dependerá de la capacidad de unos y otros de generar ofertas electorales atractivas y convocantes. El electorado posiblemente buscará señales relativas a un camino cierto para el país, antes que personalismos dominantes; es posible que ni siquiera esté tan predispuesto a votar a favor o en contra del gobierno independientemente de cualquier otra cosa, como ocurrió en las legislativas de junio pasado. El mayor desafío político es poder generar ofertas en esa dirección.

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