Impuestos, exportaciones y actividad económica marcan una nueva realidad

Por: Daniel Fernández Canedo

Quedaron lejos las tasas de crecimiento cercanas al 10%. Hoy las expectativas son otras.

Empiezan a aparecer datos duros sobre cómo la crisis financiera mundial afecta a la economía argentina.

La actividad industrial bajó 11,4% en enero respecto del mismo mes del año anterior, según los datos del sector privado.

Las estimaciones sobre el comercio exterior hablan de una fuerte baja de las exportaciones y de que el superávit comercial caería de los US$ 13 mil millones del año pasado a US$ 8 mil millones este año.

La recaudación impositiva de febrero, por su parte, mostraría un aumento de 11% pero, descontándole la inflación, dejaría al descubierto una baja en términos reales.

Son tres datos de la nueva realidad que enfrenta el país, en el cual las tasas de crecimiento cercanas a 10% quedaron muy atrás.

Además, las malas noticias económicas que vienen desde afuera todos los días aumentan el temor y la necesidad de prudencia.

Nadie sabe cuál es el piso de la crisis mundial. El miedo a la cesación de pagos amenaza a bancos de EE.UU y de toda Europa, y a países que, como Irlanda, se consideraban íconos sobre como superar el subdesarrollo.

Frente a ese panorama, la Argentina tiene chances, por primera vez en 30 años, de navegar una crisis sin quedarse sin dólares. Pero el manejo deberá ser en extremo cuidadoso.

Las expectativas tanto de los empresarios como de los consumidores van para abajo. Así, las estrategias defensivas prevalecen en casi todos los rubros.

Hoy los bancos tienen $ 15 mil millones y US$ 2.000 millones para prestar. Sin embargo, los tomadores de créditos no aparecen.

Curiosamente, y como consecuencia de la experiencia en crisis, el sistema financiero está líquido pero nadie quiere endeudarse.

En parte eso también obedece a lo que ocurre con las tasas de interés y la inflación.

Hace un año atrás la inflación galopaba a un ritmo superior al 20% anual y las empresas grandes conseguían crédito al 13%.

Hoy, los préstamos cuestan 21 o 22% y la inflación, como consecuencia del parate, ronda el 12%. Ese es otro argumento por el que las empresas se apuran a bajar los stocks para conseguir liquidez.

Mientras tanto, en los últimos días, el Gobierno respiró aliviado al comprobar que el Banco Central volvió a comprar dólares.

Si bien en noviembre, diciembre y enero había comprado a razón de 600 millones por mes, en el comienzo de febrero esa tendencia se había quebrado.

En los últimos diez días las compras del Central volvieron al ruedo.

La política que se conoce como "suba de 3 centavos" por mes parece estar dando resultado para tranquilizar los ánimos cambiarios.

Esa regla no escrita, y de la cual se desconoce su lógica, le permite al Gobierno despejar los fantasma en torno al dólar.

Por un lado, porque muestra la intención oficial de evitar que se atrase. Por otro, porque de esa forma se consolida la idea de que la administración no piensa permitir que se produzcan sobresaltos cambiarios.

Un dato alentador lo está dando el precio del dólar futuro que se negocia en EE.UU.

En octubre pasado, cuando se vivían tiempos turbulentos, la apuesta fue que el dólar cotizaría a 6 pesos a fin de 2009, lo que implicaría un salto brutal. En estos días cotiza a diciembre a $ 4,35. Esa baja no sólo implica que quien compró a 6 pesos tendrá una pérdida enorme. También demuestra que es menor la expectativa de una devaluación fuerte en la Argentina.

Hay dos temas económicos que el Gobierno prioriza en estos días: la apuesta a la tranquilidad del dólar y a dejar en claro que pagará la deuda.

En el resto se debate entre reducir el ritmo de desembolso de los gastos de los ministerios y la necesidad de abrir la billetera en el intento de evitar que caiga el consumo y atender las necesidades preelectorales.

Anoche Kirchner dijo que a la Argentina le toca enfrentar el peor año de los últimos cien.

Seguramente el ex presidente jugó esa carta pensando en el rédito electoral de quien se siente piloto de tormentas.

Pero también exhibe un cambio del discurso oficial sobre lo que puede venir. Hasta ahora la Argentina aparecía a salvo.

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