El Día del Impuesto

Organizaciones civiles, referentes republicanos y periodistas opositores organizaron una nueva generación de Fiestas de Té, como la que se hizo en Boston en 1773.
La revolución conservadora intentó copar las calles en Estados Unidos, pero se quedó corta. Aprovechando el Día del Impuesto, como se conoce al último vencimiento para presentar la declaración jurada y pagar los impuestos por las ganancias producidas el año anterior, miles de republicanos y conservadores salieron a protestar contra el plan económico de Barack Obama al estilo de sus antepasados a finales del siglo XVIII. Organizaciones civiles, referentes republicanos y periodistas abiertamente opositores organizaron una nueva generación de Tea Parties (Fiestas de Té), como la que cientos de bostonianos realizaron en 1773, cuando se rebelaron contra la presión fiscal de la metrópolis británica y lanzaron por la borda de los barcos miles de bolsas de té, que debía ser transportado al Viejo Continente, para protestar una suba de impuestos. Pero esta vez no hubo revolución. Ni mucho menos.

Las movilizaciones más numerosas fueron en Washington DC, en la plaza Lafayette, frente a la Casa Blanca, y en Hartford, Connecticut. En esa última ciudad más de tres mil personas se apersonaron frente a la Legislatura estadual y demandaron frenar el crecimiento del gasto público. En la capital norteamericana la convocatoria no fue tan grande, pero el despliegue fue más importante. Un camión trajo un millón de saquitos de té. En principio, la idea era tirarlas en la plaza y, por la noche, en el río Potomac, pero el servicio secreto lo prohibió. Algunos rebeldes lograron rescatar algunos de los saquitos y los arrojaron a través de la rejas al jardín de la Casa Blanca.

Según los organizadores, la convocatoria se extendió a cerca de 800 ciudades en todo el país. Los medios estadounidenses más conservadores, como la cadena de noticias Fox, repetían de forma vertiginosa imágenes de protestas en pequeños pueblos, en los que no más de 40 o 50 personas flameaban pancartas contra el gobierno de Obama o juntaban firmas para pedir a sus autoridades locales que se declararan en rebeldía frente a los mandatos de Washington. "Karl Marx estaría orgulloso", decía el cartel que levantaba con las dos manos una joven sonriente de no más de 35 años en el medio de una plaza en Des Moines, Iowa. A su lado, una mujer un tanto mayor levantaba un gran cartón que rezaba: "¡Capitalista estadounidense orgullosa!".

En casi todas las protestas, los oradores empezaron leyendo la Constitución nacional y cantando el himno. Los manifestantes se autoidentificaban como la "mayoría silenciosa", la misma que inmortalizó Ronald Reagan al ganar la presidencia y asegurar que la mayoría de los estadounidenses no es liberal, como sostuvieron durante décadas los demócratas, sino conservadores, creyentes y desconfiados del Estado.

"No elegimos un rey", gritó una y otra vez un joven en un pequeño barrio de Nueva Jersey, rodeado de vecinos vestidos como el Tío Sam o antiguos señores coloniales. A cientos de kilómetros de allí, en Washington, otro hombre agitaba un cartel que rezaba: "Obama barbanegra, rey de los piratas fiscales". En Michigan, el plomero Joe, el falso plomero que John McCain hizo famoso durante la campaña presidencial, volvió a recobrar sus 15 minutos de fama en Lansing. "Devolvámosle el sentido común a Estados Unidos", dijo ante menos de un centenar de personas.

Mientras los canales de televisión locales navegaban a través de un mar de imágenes caóticas y bizarras –en Justin, Texas, un hombre se vistió como Jesús para luchar contra el autoritarismo del gobierno de Obama–, dentro de la Casa Blanca el presidente daba su versión en una conferencia de prensa. "Hicimos la reducción fiscal más progresista de la historia del país", aseguró Obama.

Detrás suyo, nueve contribuyentes lo respaldaban con sus historias sobre cómo el gobierno federal les había concedido una baja impositiva para poder comprar su primera casa, pagar su hipoteca o simplemente mantenerse a flote como desempleados. "Como lo habíamos prometido, le bajamos los impuestos al 95 por ciento de los trabajadores", remató Obama.

El mandatario norteamericano estaba tranquilo. Esa mañana un sondeo de opinión de Gallup había confirmado que la luna de miel entre el primer presidente negro y la mayoría de la sociedad norteamericana seguía intacta. Un 53 por ciento de los contribuyentes está de acuerdo con el paquete de estímulo económico de 787 mil millones de dólares y el presupuesto de 3,5 billones de dólares, propuestos por Obama.

Aunque los organizadores de las Tea Parties de ayer querían imponer la idea de que se trataba de un nuevo movimiento que trascendía las líneas partidarias, las cifras de Gallup demostraban lo contrario. Según el sondeo, dos tercios de los demócratas apoyan la expansión del gasto público, mientras que el rechazo entre los republicanos es del 86 por ciento.

El lunes, en su columna del New York Times, el Nobel de Economía y férreo crítico de Obama Paul Krugman salió en defensa del oficialismo. "Da vergüenza ver a los republicanos. No parece correcto reírse de la gente que está loca. Quizá sea mejor concentrarse en los debates sobre políticas en serio, que ahora sólo se están dando entre los demócratas", escribió.

Comentá la nota