Improvisación y miedos en la dura batalla por frenar al dólar

Por: Alcadio Oña

Quizás más que en cualquier otra actividad, manejar las expectativas económicas es una ciencia compleja, y muchísimo más en tiempos de crisis o cuando uno mismo crea condiciones adversas. Es lo que se ve afuera, con un terremoto al que cuesta encontrarle un piso.

Y aquí, claramente, en las maniobras del Banco Central con el precio del dólar y los efectos colaterales de la trepada.

Resulta sencillo mantener el tipo de cambio bajo control cuando se tiene una montaña de reservas y el clima es calmo o más o menos calmo: eso que se decía y aún se dice, de que el BCRA cuenta con tanto poder de fuego que puede ponerlo donde quiera. El punto es que, entre lo que viene de afuera y todo lo que se agregó acá, esa certeza ha entrado en zona de duda.

Desde hace días, se ha desatado una fuerte presión sobre el dólar. Fuga de capitales de grandes, medianos y chicos; ahora de muchos chicos: plata que emigra del sistema rumbo al exterior o a cualquier otra forma de atesoramiento. El problema es que se trata de una dolarización continua y que, justamente, ya acumula unos cuantos días. Más el agregado de que hoy el Banco Central es el único oferente de divisas del mercado.

El último informe del BCRA reveló que entre marzo y septiembre salieron unos 14.000 millones de dólares. Y aun cuando tuvo adentro el conflicto con el campo, ese parece un período relativamente calmo comparado con el actual.

Ruido propio fue el anuncio de la estatización del sistema previsional, la oportunidad en que se lo hizo, las imprevisiones sobre los efectos y la precariedad misma del proyecto. Es ya obvio que detrás del plan anida la intención de hacer caja fiscal. Y también que en la turbulencia del mercado hay apuestas a torcer la decisión. Pero nada disuelve lo que está a la vista: que se hizo una fuerte contribución al desmanejo de las expectativas y que quedó la sensación de que se podía ir por más.

Todo explica el apuro oficial por aprobar la ley sin mayor debate. Que se admitan algunas concesiones a bloques de la oposición, para intentar sacarla pronto de escena, ponerle fin al zafarrancho que armó y evitar una zozobra tan prolongada como la batalla por la resolución 125. Modos, al fin, de escaparle al efecto desestabilización que significaría la caída del proyecto, pero sin tocar el corazón de la movida: el traspaso de los fondos privados y de los títulos públicos de las AFJP al Estado; plata para el Gobierno.

También meten barullo las cocinas de palacio. Que con Sergio Massa, el jefe de Gabinete, apenas hubo un sondeo a la pasada. Que se le ordenó al titular de la ANSeS, Amado Boudou, que fuera adelante con el proyecto sin contárselo a Massa. Que la idea no pasó por Julio De Vido, el hombre con mejores contactos en el sector empresarial, ni por el ministro de Economía y el presidente del Central. Todo de este mundo, al fin, del mundo kirchnerista.

Con la plata que dejará la reforma, las reservas del Central y los depósitos públicos en el Banco Nación, el Gobierno supone tener aliviados buena parte de los vencimientos de la deuda de 2009. Acaba de sumarle un aumento de las tarifas de luz y probablemente habrá otros en el gas, o sea, recortes en los subsidios para apuntalar el superávit fiscal. De un lado y del otro, para pechar contra las dudas sobre la capacidad de pago del país.

Sin embargo, ahora pesa el entretanto. "Preservar la estabilidad financiera y la confianza", es un eslogan de banquero central que hoy levantan en cercanías de Martín Redrado. Traducido, significa lisa y llanamente evitar que el temblor pegue en los plazo fijos.

Aquí hay una explicación para el frenazo abrupto que el BCRA le pegó el miércoles a la disparada del dólar, la percepción de que si lo soltaba volaría. La jugada consiste en maniobrar en el entorno de los 3,40 pesos, sin pasar a la del salto grande y luego sujetarlo allí. Un minué complicado entre lo que se quiere y se puede.

Tal vez ayuden a esta estrategia los US$ 30.000 millones que la Reserva Federal de EE.UU. le acaba de prestar a Brasil. Porque eso refuerza la política de revalorización del real, que ahora, en el tipo comercial, está a 2,13 por dólar achicando la devaluación de semanas atrás. Y presumiblemente podría aflojar la presión por un ajuste mayor del peso argentino.

Otro aporte externo sería que el precio de la soja estuviese más cerca de los 350 dólares que de los 300. Y uno interno, que las señales del BCRA en el sentido de que no habrá una devaluación mayor apuren la liquidación de divisas de los exportadores.

Algo parecido a un realineamiento de los astros, que acaso sirva para contener la fiebre cambiaria y enderezar las expectativas por un rumbo distinto al que van: "Tendremos un testeo de cuando menos diez días", dice un ex Banco Central.

Pero pesa el modo de hacer política económica del comando central: política de hecho, espasmódica e improvisada. Que sin escalas salta de la reapertura del canje y el pago cash al Club de París a la estatización del sistema previsional privado. Impredecible, vertical en extremo, obra de una sola persona.

Comentá la nota