La impotencia de los Kirchner puso a Moyano en el centro del conflicto

Por: Eduardo van der Kooy

El líder cegetista puso condiciones para intervenir. Hasta ayer había estado distante.

Después de casi 50 días de conflicto irresuelto en la fábrica Kraft, el gobierno de Cristina y Néstor Kirchner se acaba de declarar impotente para hallarle un escape. La impotencia es acompañada por una dosis importante de temor, ya que las manifestaciones sociales en solidaridad con el problema en la empresa alimenticia se reproducen con la fluidez de un reguero.

De aquella impotencia, precisamente, nació la decisión de los Kirchner de echar mano a su aliado estratégico principal. La intervención de Hugo Moyano en el pleito por Kraft surgió luego de varias conversaciones discretas que Kirchner mantuvo con Héctor Recalde. El diputado hizo la tarea de ablande sobre el jefe de la CGT.

¿Por qué razón el ablande? Porque el sindicalismo peronista prefirió convertirse en espectador de un lío que comandan grupos gremiales de la izquierda dura que desconocen la autoridad de su propio sindicato, encabezado por el debilitado Rodolfo Daer. Desde alguna butaca imaginaria Moyano respaldó a los rebeldes e incluso habló de una ideologización del conflicto y de una latente amenaza para la estabilidad de Cristina.

"¿Cómo vuelvo ahora?", interrogó el líder cegetista después de ser convocado por el poder para intentar evitar la expansión del fuego del conflicto. Moyano sabía que existía un solo camino para su retorno; que tuviera participación el gremio de Daer y que los delegados gremiales del conflicto se sumaran al pedido que le hicieron los Kirchner.

Ambas cosas sucedieron. Ramón Bogado, la cara más visible de los delegados obreros en conflicto en Kraft, convalidó la presencia de Daer. La comisión interna despedida también formalizó el pedido de ayuda a Moyano. Esa trama resultó urdida por algunos dirigentes que nada tienen que ver con el conflicto ni con los gremios en pugna.

Moyano, como peronista de ley, no tuvo reparos en archivar cada una de las palabras que había pronunciado antes sobre el pleito en Kraft. Quizás resultó mas llamativa la repentina flexibilidad de los dirigentes gremiales de la izquierda que pilotean el conflicto y que no vacilaron ante la oferta de una mediación de Moyano. ¿Mediación? Habrá que ver. Por ahora los sindicalistas de Kraft evalúan que el acercamiento a la CGT les otorga una consistencia y una fortaleza mayor para llevar adelante las negociaciones con la empresa.

A través de la gestión que realiza el Ministerio de Trabajo, Kraft reincorporó hasta ayer a 50 de los despedidos, aunque a ninguno de los delegados. Quedan afuera todavía otros 72 trabajadores. El peso político que caerá sobre las autoridades de la fábrica de alimentos será, desde la aparición de Moyano, bastante mayor. De hecho el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, exigió anoche que se deje entrar a la planta a los delegados.

El pedido de los Kirchner de intervención a Moyano deberá tener, antes o después, alguna devolución. Es cierto que el final del conflicto es aún una incertidumbre. Pero la prescindencia y los vaivenes iniciales del jefe cegetista ante el problema demostrarían que estaba buscando usufructuar alguna especulación. ¿Cuál? El miedo que fue creciendo en el Gobierno y en los ambientes empresarios por el rumbo del conflicto en Kraft. Y por sus derivaciones. En la calle no están sólo los afectados: pululan los partidos de izquierda, organizaciones sociales y piqueteras y también grupos de estudiantes secundarios y universitarios. Se trata de un paisaje nada tranquilizador para el matrimonio Kirchner.

El conflicto le abrió además varios surcos al oficialismo. El fastidio entre Aníbal Fernández y Daniel Scioli es indisimulado. Envueltos por la tensión, el jefe de Gabinete y el gobernador de Buenos Aires deben coordinar los movimientos policiales ante cada amenaza de bloqueo que sucede en la provincia o en Capital. El menor descuido o cualquier reflejo de mala intención entre ambos podría desatar alguna desgracia.

El tercero en discordia es Tomada. Aníbal Fernández y Scioli se suelen preguntar por qué motivo el pleito en Kraft llegó tan lejos y ayudó a fogonear los ánimos sociales alterados por la realidad.

Ese complejo panorama explicaría, en parte, por qué razón el Gobierno empujó a la primera línea de protagonismo público a Julián Domínguez, el nuevo ministro de Agricultura. Ayer mismo recibió a la Mesa de Enlace y casi prometió el oro y el moro. Los dirigentes del agro terminaron mascando sorpresa y escepticismo.

Domínguez se habría propuesto tener alguna solución a las demandas en 30 o 40 días. Como para no dejar morir la expectativa. Una entre tan pocas.

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