Se impondrán los liderazgos flexibles para lograr acuerdos

Punto de vista. Por Julio Burdman - Director del Observatorio Electoral Latinoamericano.
En las elecciones de 2009 y 2011, la política requerirá estilos diferentes para encarar los desafíos que vienen. Si hubiera que arriesgar una predicción, diríamos que en la etapa que comienza se deberían imponer los liderazgos que sean flexibles para lograr acuerdos con otros sectores políticos, que demuestren talento para administrar las alianzas y que tengan capacidad para ganar elecciones. No obstante, hay que aclarar que esta predicción está basada en lo que la política necesita para funcionar en los tiempos que vienen, y no en lo que es.

¿Por qué el tipo de liderazgo necesario es tan diferente del que funcionó en la primera década del siglo? Después de 2001, el personalismo era comprensible. En primer lugar, porque tras el fracaso de la presidencia de De la Rúa, había una gran demanda de liderazgo fuerte que reconstruya el Ejecutivo, que Kirchner capitalizó. Y, en segundo lugar, porque tras el derrumbe de los partidos tradicionales estaban naciendo nuevas agrupaciones a partir de un líder fundador.

Finalizando la década, tanto la demanda de un liderazgo fuerte como la creación de nuevos partidos cumplieron un ciclo. La popularidad de los Kirchner sufrió una importante caída, y su estilo centralista es criticado. Y los “nuevos partidos” cometieron errores y no lograron transformar el sistema. Por el contrario, las identidades políticas tradicionales (justicialismo y radicalismo) se están reconstruyendo. Todo apunta en esa dirección: Kirchner vuelve al justicialismo, los radicales dispersos se reúnen, el macrismo abandona su proyecto original y se acerca al peronismo de centroderecha, y la izquierda busca una alternativa más coherente.

La etapa que viene promete ser de reorganización de los partidos y de las coaliciones políticas, antes que de personalismos que se pelean y abandonan (o amenazan abandonar) las viejas estructuras, como fueron los casos de Kirchner, Carrió o López Murphy a principios de la década. El primero de los desafíos que deberán enfrentar los aspirantes a líderes políticos nacionales, es conducir esta reorganización. Y ello requiere un estilo muy diferente del anterior. Los mencionados Kirchner, Carrió o López Murphy se orientaban a la diferenciación; los nuevos líderes deberán unir y asimilar. Porque los problemas de cartel que surgirán (serán muchos) deberán resolverse mediante internas partidarias transparentes, cuya supresión fue uno de los grandes errores políticos de la década. Los nuevos líderes deberán tener la capacidad y disposición de competir internamente y de contener a los perdedores dentro de las estructuras. Ninguna de estas dos condiciones caracterizó a los liderazgos post 2001.

Todo esto requiere, en suma, de un liderazgo más sofisticado y consensual, que respete y haga respetar las reglas de juego e invierta tiempo y dinero en la salud de sus organizaciones. Deberán aprender que los medios de comunicación son el canal, no el escenario de la política real: en todo el mundo, la política está reconociendo la centralidad de los partidos, y abandona el espejismo de una política basada en la televisión y las ONG. Estados Unidos, España y Brasil, los países que Argentina habitualmente observa, están viviendo un reverdecer de la organización partidaria.

Si estos liderazgos no surgen, las coaliciones partidarias -que serán imprescindibles en la década que viene- no funcionarán. ¿Están preparados los políticos para esta transformación? No mucho. La cultura política no cambia de una elección a otra, y el estilo prevaleciente es muy personalista. La mayoría de los dirigentes aún creen en un modelo de liderazgo mediático que reniega de los partidos; paradójicamente, los que se consideran poseedores de la visión más moderna de la política, están atados a un modelo que caducó. Pero la dirigencia argentina tiene capacidad de aprendizaje y todavía es posible que reaccione a las nuevas circunstancias.

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