El ilusionista

El ilusionista
INDEPENDIENTE 2 - TIGRE 1: Independiente suma y se entusiasma viendo la punta cada vez más cerca. Pero el juego del equipo aparece y desaparece, y debe más de lo que paga.
Para el pueblo lo que es del pueblo, decía la canción de los 70 y hoy, tantísimos años después, y llevada al fútbol, la popular del Rojo merece gozar con su música de triunfo, con el entusiasmo, con las ganas de pelear donde su historia manda aunque esa misma historia demande una mejor satisfacción desde el juego. Pero la gente grita, se desahoga después de tantas pálidas, y siente que algo -aunque sea la suerte- cambia, porque hacía diez años que Independiente no ganaba el partido siguiente a un clásico, y torció la racha. Y al mismo tiempo mantuvo la que lleva en este torneo, de tres al hilo sin perder. Sin embargo, la euforia no puede tapar lo que se ve, lo que resulta visible a los ojos y, contradiciendo a El Principito, es esencial: un equipo que quiere salir campeón necesita jugar mejor.

Esto no pretende invalidar la reflexión de Gallego post clásico, aquella que hablaba de que "la gente puede ilusionarse", porque cualquier equipo necesita de victorias que agiten el corazón y lo llenen de sueños, pero ninguno chupa clavos y cree que son chocolates. Independiente, que jugó muy bien contra Vélez y tuvo un primer tiempo más que interesantísimo ante Racing, no termina de plantarse. Sin ir más lejos, Tigre, deprimido e híper derrotado, le manejó la pelota y mereció haberle ganado el primer tiempo y en el balance general, al menos, empatar el partido. Y no lo hizo porque todo lo torcido que viene se contrasta en lo derecho que marcha el Rojo. Matheu es un ejemplo: de quedar pagando en el gol de Luna a encontrar su revancha marcando el gol que sirvió para ganar.

Del análisis más puntilloso surge que Tigre construyó buena parte de su dominio desde el doble cinco y una actuación corajuda y eficaz de Luna, mal acompañado por Lazzaro, y que Independiente, más allá de lo táctico (que no pareció el punto más flojo) fracasó desde las expresiones individuales que redundaron en falencias colectivas. Como si piezas clave en el triunfazo en el Cilindro hubiesen jugado recostados en las burbujas de la victoria clásica, y cuando se quisieron poner de pie terminaron mareándose.

Así, como el mago que entrega ilusiones a sus espectadores, el equipo apareció y desapareció; jugó un cuarto de hora inicial prendido y después cedió la iniciativa; pareció un equipo blando que se endureció de a ratos y encontró dos goles. Hay derecho a ilusionarse, claro que sí, por qué privar a los hinchas del Rojo de semejante situación de gozo, si están a tres puntos del primero y ganaron de nuevo con lo que cuesta ganar. Pero también cuesta jugar, y a Independiente le costó mucho más de lo pensado.

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