La ilusión del cambio se diluye

Por Martín Kanenguiser

Mientras consultores y bonistas ensanchan sus sonrisas porque los datos de la inflación oficial se acercan a las mediciones privadas, las perspectivas de una mejora en la calidad de las estadísticas y de un plan para frenar la incipiente suba de precios resultan más sombrías.

Varios analistas destacaron cómo los datos del Indec se acercaron a sus propios cálculos, como un presunto reflejo de sinceramiento luego de casi tres años de manipulación.

A esta hipótesis se suma la alegría de los tenedores de bonos, que festejan el avance en la "hoja de ruta" que lleva adelante el ministro de Economía, Amado Boudou, para volver a los mercados voluntarios.

Pero esa hoja de ruta parece tener diferentes niveles de tinta: una bastante nítida en términos de los planes para la refinanciación de la deuda, y una mucho más borrosa respecto de los cambios en el organismo que procesa discrecionalmente los datos de inflación, pobreza, crecimiento e industria, entre otros.

El rally de los títulos argentinos no debería ocultar la falta de avances en la reforma del Indec, comprometida en el decreto presidencial de fines de julio, que dio origen a un comité académico integrado por las universidades y a otro de observación, con empresarios y sindicalistas.

La actividad del consejo con los representantes universitarios se encuentra virtualmente estancada por el intercambio de informes irrelevantes preparados por el director técnico del Indec, Norberto Itzcovich, símbolo de la morenización del organismo.

La resistencia presentada por profesores de la UBA ante el diagnóstico de los directivos del Indec parece haber convencido al Gobierno de que el mejor camino es congelar ese ámbito de debate, que había comenzado con un gran empuje.

El segundo consejo ni siquiera comenzó a reunirse, ya que los invitados eludieron el convite y el Gobierno no definió sus objetivos.

Más grave, junto con la alegría por la reciente recuperación económica, reapareció en varios despachos oficiales la preocupación por el repunte inflacionario, pero sin ningún plan a la vista para frenarlo.

Algunos funcionarios admiten que si la economía vuelve a crecer por encima del 2%, podría desatarse una fuerte puja de precios que no encontrará un ancla sólida ni en el frente fiscal ni en la defensa de la competencia en el sector privado.

El desafío podría resumirse de la siguiente manera: el Gobierno está haciendo cierto esfuerzo para maquillar sus puntos débiles, por lo que por ahora pudo frenar la fuga de capitales iniciada en 2007 y sueña con reducir la deuda en default.

Y aunque en 2010 el PBI crezca el doble que el 2,5% proyectado en el presupuesto, la maldita inflación, que nadie sabe a cuánto asciende, seguirá astillando el "modelo" que el Gobierno defiende con tantas palabras y tan pocos hechos.

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