La ilusión del "borrón y cuenta nueva"

Por: Silvio Santamarina.

Es tiempo de balances apresurados: toda la dinámica política quedó apretujada entre el hito electoral del 28 de junio y la renovación legislativa del 10 de diciembre. La moda es asumir las pérdidas para tocar fondo y rebotar con miras a 2010. Pero la economía no promete un año de buenas noticias, con ley de medios o sin ella, a la medida oficial.

Cuando los legisladores bonaerenses que no optaron por la variante "testimonial" se sienten en sus bancas, el escenario del oficialismo será tormentoso. Por las mesas tácticas del sciolismo circula un papelito con las cifras que dibujan el horizonte 2010. El Frente Justicialista para la Victoria perderá, según reza el borrador, 10 diputados y 13 senadores. El quórum de ambas cámaras provinciales quedará a merced de los bloques opositores que, bien coordinados, podrían paralizar la gestión del Ejecutivo bonaerense, justo en un año donde las cuentas públicas lo obligarán a dar golpes de timón y a hacer piruetas más propias de un miembro del Cirque du Soleil que de un ministro de Economía.

Por eso esta semana Scioli volvió a plantear públicamente su convicción de seguir al frente de la provincia. En su entorno, suena la frase: "Por lo menos ahora Daniel sabe dónde está parado", en referencia al sinceramiento de sus planes políticos y del rojo de sus cuentas. Pero tanta insistencia en afirmarse revela, por contraste psicoanalítico, la angustia por un futuro tan incierto como el pronóstico del tiempo para el año próximo.

Como Scioli, todos hacen cuentas, y tratan de pasar en limpio sus pérdidas, para convencerse de que ya han tocado un piso del que –con suerte y viento a favor– no caerán. La ilusión de moda en la dirigencia argentina, política y empresarial, es que si se aprovecha este año para asumir los costos de la crisis y se toca fondo, en el próximo sólo queda rebotar hacia la superficie.

No sólo la provincia de Buenos Aires está buscando su piso. Más de la mitad de las provincias argentinas presenta un panorama político turbulento para 2010, y un estado financiero que ya hace temblar la tierra de cada distrito. No es casual que en varias provincias, de distintos colores partidarios, estallen conflictos donde lo público y lo privado se tocan hasta sacarse chispas: ahí están los tironeos conyugales entre Capitanich y su futura ex esposa; los tomatazos en la familia gobernante mendocina; y la muerte violenta y demasiado oportuna del empresario periodístico cercano al gobernador correntino, a pocas horas del ballottage. Si a esos casos de política obscena local le sumamos la treintena de focos gremiales desbordados en todo el país, es claro que el resurgimiento kirchnerista luego de la derrota electoral no le garantiza al oficialismo un clima de gobernabilidad sustentable. Como un pelotazo al cielo en medio de un partido difícil, el respiro dura apenas lo que tarda el balón en caer al césped.

En el circuito sindical nadie está muy preocupado por las irrupciones de grupos gremiales con ideas y estilos más extremos que los del establishment cegetista. Los viejos zorros del sindicalismo creen que se trata de la consecuencia lógica de la inflexibilidad multilateral típica de los tiempos de retracción económica. Las empresas se anticipan a un aterrizaje doloroso de sus márgenes de rentabilidad, pujando por trasladar el estrés financiero al Gobierno, de quien esperan subsidios a cambio de puestos de trabajo preservados. Las autoridades laborales esperan que las empresas absorban la crisis con los ahorros del pasado ciclo de abundancia. Y los gremios dominantes se ven desbordados por agrupaciones a las que acusan de oportunistas, porque aprovechan la coyuntura incendiaria para ganar protagonismo, pero en el largo plazo no tienen estructura para contener al trabajador como lo hacen los grandes sindicatos con sus obreros-afiliados. Así como la crisis financiera de los equipos de fútbol fue la oportunidad de Kirchner para arrebatarle el negocio de los partidos televisados al Grupo Clarín, la crisis judicial derivada los desmanejos en las grandes obras sociales puede ser una excusa para poner en duda el control de los Gordos del gremialismo de las cajas laborales. Los gremialistas menos apocalípticos diagnostican que la proliferación de choques sindicales responde a un factor estacional: las pujas salariales de 2009 estaban frenadas por la vigilia electoral, pero luego del 28 de junio, tanto los grandes números de la economía nacional como la pelea microeconómica rubro por rubro se empezó a sincerar a presión.

La batalla de la ley de medios también quedó comprimida por el adelantamiento electoral: no podía llegar a tratarse antes de los comicios del 28 de junio, y no puede esperar –para los objetivos K– a que el Congreso nacional tome la forma del hastío del 70% de los argentinos con la era pingüina.

Y los números de la economía real sólo le dejan al oficialismo una herramienta de supervivencia para 2010: en la lógica kirchnerista, el control del escenario mediático le permite operar en la opinión pública para tener chances de soñar en un 2011 feliz. En una democracia viciada por partidos sin afiliados y financistas sin nombre, tal vez sería sano que los políticos pudieran verificar su tesis de que con los medios se puede manejar todo. Si yerran, ya no tendrán más excusas

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