La Iglesia de Brasil acepta a sacerdotes gays, si son célibes

La Iglesia Católica de Brasil afirmó ayer que los sacerdotes pueden ser homosexuales siempre y cuando respeten el celibato.
"Lo que se exige a un heterosexual para ser cura se exige también a un homosexual", dijo el obispo Luis Soares Vieira, vicepresidente de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB).

"Si ellos entran para el celibato tienen que vivir en castidad", añadió.

La CNBB discutió durante diez días en Indaiatuba, una localidad del interior del estado de San Pablo, en su cuadragésima séptima Asamblea General, la disciplina doctrinaria. Y como conclusión determinó reforzar el celibato.

El tema de la homosexualidad fue debatido entre los 330 obispos, pero las referencia explícitas hacia los gays fue excluido en el contenido final del documento, que será elevado al Vaticano y entregado al Papa Benedicto XVI.

"El celibato no es una ley divina sino una ley disciplinaria. Hay en la Iglesia Católica ritos de curas que se casan".

"Hay personas que no fueron hechas para la vida del celibato, eso es un don de Dios", afirmó Vieira, según publicó la versión digital del diario Folha de San Pablo.

Los obispos también abordaron otros temas. Por ejemplo, cuestionaron el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), del gobierno de Lula Da Silva, porque hay 48 obras que, según dijeron, afectan directamente tierras indígenas.

El obispo Erwin de Xingu (Pará) y presidente del CIMI (Consejo de las Misiones Indígenas) dijo que el PAC es "autoritario y arrogante" y afecta a poblaciones locales.

Se trata de proyectos de "transformación de los lechos del río en hidrovías, de construcción de represas hidroeléctricas, de utilización de tierras indígenas para el paso de gasoductos, mineroductos y líneas de alta tensión".

Erwin es un obispo que está protegido por policías ya que ha recibido amenazas de muerte, dijo Folha.

Otro punto tocado por los obispos fue el tráfico de personas.

La CNBB lanzará una campaña para combatirla, se anunció. La Iglesia estima que por lo menos 300 mil personas por año sufren de ese flagelo.

Fue la primera vez que el tema fue discutido por la asamblea de obispos. Su intención es hacer que curas, comunidades eclesiásticas de base y pastores intensifiquen las denuncias de tráfico de personas en sus regiones de actuación.

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