Ideologías

Por Pablo Alabarces.

Tinelli se derrumba en el rating y Solanas sube en las encuestas. Algo parecido a la felicidad se está oliendo en el aire. Creo que en este diario anticipamos algunos movimientos saludables.

Tinelli se derrumba en el rating y Solanas sube en las encuestas. Algo parecido a la felicidad se está oliendo en el aire.

No voy a repetir mi chiste de hace dos semanas, de mi contratapa anterior: Tinelli no pierde audiencia gracias a mi militancia. Tampoco, claro, Solanas gana adeptos gracias a que Caparrós o yo defendamos nuestro voto. Sin embargo, creo que en este diario anticipamos algunos movimientos saludables: por ejemplo, que Tinelli podía ser discutido, que las genuflexiones frente a su innegable poder mediático y su capacidad de convocatoria no eran la única opción. Tengo que recordar, además, que hace ya varios meses que Osvaldo Bazán inició este movimiento, siempre en Crítica de la Argentina. Pero todo esto se complementa con que varios de los y las columnistas de estas páginas hemos vuelto a discutir política, ética, estética: hemos vuelto a darles valor a las ideas, y no para proclamar que las tenemos, sino para ponerlas en acción. Algo de esto se me ocurría hace pocas horas, caminando por mi Flores, viendo un afiche del socialismo: el eslogan de Roy Cortina es "tiene ideas" y al igual que sus oponentes de la derecha no cita ninguna. Se limitan a enunciar que las tienen. Y si no, que tienen "planes", el latiguillo de De Narváez: a todo esto, se trata de una elección legislativa, y el sujeto de marras ya es diputado, de modo que no puedo entender por qué todavía no presentó en su lugar de trabajo alguno de los planes en cuestión. Posiblemente, porque no va nunca.

La discusión, al menos en las páginas de este diario así ha sido, debe ser sobre ideas. Como insistentemente señala Caparrós, el "honestismo" no es una de ellas: es, nuevamente, su ausencia. La honestidad es un principio irrefutable –y que sin duda colabora en agregar valor a las candidaturas de Solanas o Sabatella, y en restárselo a todas las otras. Pero sólo tiene sentido en combinación con otro elemento, tan vilipendiado y menospreciado: las ideologías. La política argentina ha operado un fenómeno extraño: se ha vuelto marxista sin saberlo. En la primera formulación marxista de una teoría de la ideología se la entendió como falsa conciencia, como visión deformada de lo real que escamoteaba el conocimiento científico de las relaciones de producción. Una reformulación, incluso en la misma tradición marxista, llevó a pensar a las ideologías como concepciones generales del mundo y de la vida: maneras de entender la realidad, el mundo y sus circunstancias, a sabiendas de que ese entendimiento jamás puede ser directo, objetivo. Y bien: los políticos argentinos, que no leen libros porque ya tienen uno, avanzaron en la dirección del primer marxismo y afirmaron, más a diestra que a siniestra, que las ideologías no existían y que sólo era cuestión de mirar la realidad y hacer "lo que la gente quiere" –afirmación que esconde, claramente, otra falacia: ¿de qué gente estaban hablando?

A ese panorama se le sumaron dos agravantes: el primero es el peronismo, un rejunte organizado en torno del caos ideológico y del antiintelectualismo más feroz, lo que le permitió arrojarse en brazos del menemismo sin demasiados problemas. El peronismo podía sacrificar una concepción del mundo orientada hacia la democratización social y económica por otra destinada exactamente a lo contrario, sin hacerse demasiados problemas. Y luego, y ahora, enfrentar ambas concepciones y llamarlas "peronistas" a ambas. El segundo agravante fue la caída del comunismo –que bien caído estaba–, lo que desató el eslogan del "fin de las ideologías": todo lo que quedaba era puro sentido común, un conservadurismo visceralmente reaccionario disfrazado de pragmatismo y ausencia de ideología. La resultante fue este panorama donde palabras como "ideología" –o "intelectual", "cultura", "pueblo", "clase"– fueron descartadas del lenguaje y del pensamiento.

Obviamente, somos varios –¿muchos?– los que no pensamos así. Tenemos ideologías y sostenemos que incluso aquellos que las niegan también las tienen. Que los Michetti y De Narváez tienen una concepción del mundo organizada en torno de la inevitabilidad de la pobreza y del derecho divino de la propiedad y de la riqueza –con una obsecuencia católica que sólo nos puede hacer esperar lo peor. Que las derechas existen, y que Kirchner y Carrió están por ahí, aunque al lado de Macri parezcan socialdemócratas noruegos. Y que las izquierdas también existen: y que son irreverentes y democráticas, y que son emancipatorias y críticas, y que creen en el aborto y en la gestión obrera, y que lo primero que van a proponer –que van a volver a proponer, porque ya lo han hecho– es el ingreso mínimo garantizado por chico/a, para que en el 2010 podamos celebrar una revolución en serio: que no haya hambre en la Argentina.

Esta contratapa ha abusado de la opinión y ha prescindido –aunque no por completo– de la sociología. Pero a una semana de las elecciones, no se podía esperar otra cosa.

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