Ideas sueltas en busca de ministro

Por Néstor O. Scibona

La negación presidencial de la derrota electoral, así como de la posibilidad de cambios en el manejo de la economía, no sólo deben ser analizadas desde un punto de vista político o psicológico. Un enfoque económico indica que Cristina Kirchner perdió el lunes pasado, con su desconcertante conferencia de prensa, la oportunidad menos costosa en muchos meses para torcer las expectativas a favor de su gobierno.

Puede ser que aquella enorme brecha entre sus palabras y la realidad haya develado el estado de shock en que quedó el kirchnerismo en la larga noche del domingo 28, o bien la inexistencia de un plan B para hacer frente a un escenario político adverso, que claramente no figuraba en sus cálculos. Pero, con sus infortunadas definiciones, la Presidenta eludió una respuesta al problema más serio que debilita a la economía: la fenomenal salida de capitales provocada por la desconfianza en los futuros pasos del Gobierno. Si no se frena esa hemorragia (pues en lo que va de 2009 restó del circuito económico otros 10.000 millones de dólares), habrá más complicaciones. Una módica autocrítica, una promesa de corregir errores, una convocatoria a buscar acuerdos para salir de la recesión habrían bastado ese lunes para mejorar el clima que ya se había reflejado en los mercados y ganar tiempo para diseñar medidas que amplíen el reducidísimo horizonte económico. Sin embargo, aquellas palabras siguieron sin aparecer en el vocabulario kirchnerista.

La reacción presidencial se torna más incomprensible si se tiene en cuenta que, antes de las elecciones, algunos funcionarios de alto nivel habían acercado a Olivos un conjunto de ideas sensatas para retomar cuanto antes la iniciativa y bajar la fiebre de la incertidumbre económica. Chocaron, entonces, como de costumbre, con la resistencia del ala fundamentalista del kirchnerismo, proclive a apostar a más de lo mismo aunque ello signifique morir con las botas puestas.

Ahora, tras la derrota en las urnas, aquellas ideas sueltas siguen en pie, pero deben superar tres escollos: que el oficialismo elabore el duelo poselectoral; que asuma que significan costos, y que encuentre, probablemente entre sus filas, un ministro de Economía creíble y de mayor perfil propio para ponerlas en práctica. Lo que aún nadie puede contestar es si el matrimonio Kirchner les subirá o bajará el pulgar.

Según fuentes oficiales confiables, esos borradores apuntan a dos flancos: uno, mejorar el cuadro fiscal, además de intentar reabrir el financiamiento voluntario para el sector público; otro, reanimar la producción exportable, sin reavivar la inflación.

En el primer caso, la idea es que el Gobierno ponga en práctica una regla fiscal en la que el gasto público dejaría de crecer, como hizo hasta ahora, a un ritmo que más que duplica al que lo hacen los ingresos. Nadie lo denominará "ajuste" porque el gasto resultará más alto que el de 2008; pero implicaría una desaceleración en el ritmo de ejecución de obras públicas, reducción de subsidios a la energía y reprogramación de inversiones. Esta regla evitaría que se evapore el superávit primario (como ocurrió en los últimos dos meses de fuerte gasto preelectoral) y despejaría la expectativa de que una mayor devaluación será otra vez la receta para licuar el gasto y aumentar los ingresos por retenciones, a costa de un deterioro salarial. Para ilustrar este punto con números puede ser útil una proyección realizada por el Estudio Broda: si el gasto primario, que creció el 28,5% en el primer semestre se desacelera al 20% en el segundo, el superávit primario de 2009 (antes del pago de deuda pública) se ubicará en el 0,9% del PBI, contra el 3,2% en 2008. Aun así, se pasaría de un superávit financiero del 1,4% el año pasado a un déficit del 1,3% este año (y del 2,7%, incluidas las provincias).

A mayor déficit, habrá más necesidades de financiamiento, que se cubren principalmente con recursos de la Anses y otras cajas estatales, al mantenerse cerrada la posibilidad de colocar o refinanciar deuda. Aquí, la idea sería definir un programa financiero para los próximos 18 meses y buscar alivio con la reapertura del crédito externo. Para ello, se trataría, en primera instancia, de refinanciar a largo plazo la deuda en default con el Club de París (con un pago cash de 200 millones de dólares) y formular una nueva propuesta de canje a los holdouts , sin desembolsos. Mientras tanto, sería necesario normalizar el Indec por si, al final y no al principio del camino, fuera necesario recurrir al FMI para suavizar la exigencia fiscal. Este es el talón de Aquiles.

En el flanco productivo, las propuestas pasarían básicamente por dos anzuelos para mejorar el tipo de cambio por vía fiscal: una rebaja considerable de las retenciones al maíz y un programa de reintegro impositivo automático del 5% extra a las exportaciones industriales que excedan el volumen del año pasado. También se buscaría reflotar el diálogo a través del Consejo Económico y Social, para encauzar la política salarial y de empleo.

El escollo morenista

Aunque el debilitamiento político del kirchnerismo torna ahora más complicado aprobar algunas de estas decisiones, otro problema mayor es con quién ponerlas en marcha si el objetivo es recuperar confianza, aceptando que las restricciones (fiscales, cambiarias y salariales) no dejan mucho margen de maniobra. También, que se avecinan presiones para repartir de otra manera la caja con las provincias. Néstor Kirchner es ya un superministro en las sombras, devaluado. Si bien aceptó el alejamiento de Ricardo Jaime para anticiparse a un embate político y judicial en contra del ex hombre fuerte de Transporte, se resiste por ahora a hacer lo propio con Guillermo Moreno para no aparecer, dentro de su lógica, cediendo a presiones dentro y fuera del Gobierno. Carlos Fernández está por pagar el precio a su mutismo y bajísimo perfil político y mediático; su objetivo fue no llamar nunca la atención.

Sin embargo, la permanencia de Moreno es un escollo para conseguir, aun dentro de las filas oficiales, un ministro de Economía con margen de juego propio dentro de los límites que impone Kirchner. Puede dar fe Julio De Vido: por lo menos dos ministeriables de buena imagen le hicieron saber que no están dispuestos a instalarse en el Palacio de Hacienda si deben lidiar con el omnipresente secretario de Comercio y defender los inverosímiles números del Indec. Fue, además, una forma elegante de marcar que Moreno actúa por cuenta y orden del matrimonio Kirchner, y que su continuidad significa reducir al mínimo la posibilidad de cambios en el manejo discrecional de la economía, un manejo que hace que todos quienes pueden se refugien, por las dudas, en la compra de dólares.

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