Con la IDEA fija

Los empresarios reunidos en Mar del Plata se resignan a esperar que pase la era pingüina. Temen más “salvatajes” K. Les preocupa que no exista un recambio para dirigir el poskirchnerismo. El discurso de Cobos los decepcionó.
Clima destituyente. Así calificaría un intelectual kirchnerista el cariñoso aplauso de los 500 empresarios del Coloquio IDEA a dos invitados de honor de la cena de apertura en el Sheraton de Mar del Plata: el vicepresidente Julio Cobos y el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti. La emocionada bienvenida que les dieron el miércoles por la noche era también un reconocimiento tácito a la responsabilidad de ambos como integrantes de la línea de sucesión constitucional en caso de una crisis de gobernabilidad. Más que clima “destituyente”, lo que marcó el foro empresarial de este año fue la preocupación reconstituyente, es decir, cómo sigue la Argentina, su economía y sus instituciones, luego de que los K terminen de hacer lo que quieran o puedan con el país durante uno de los cracks más sonoros en la historia del capitalismo mundial.

La sensación generalizada en el lobby del hotel Sheraton y del Costa Galana, donde se alojaron los presidentes y directores de las empresas líderes en la Argentina, es que ya no hay mucho que hacer para entrar en razones con el Ejecutivo nacional: sólo queda esperar con la mayor calma y picardía de supervivencia posible a que pase la era pingüina. Los rumores de pasillo –en estricto off the record, lejos de la diplomacia que se oyó en el escenario de IDEA– ilustraban la desconfianza que los hombres de negocios tienen hoy en el timón económico que gira enloquecido en la Quinta de Olivos. Alertaban sobre que el Gobierno tendría en carpeta más “salvatajes” en caso de que no le alcance el dinero que está por manotear de las AFJP: hablan de intervención a bancos y a obras sociales, en busca de fondos frescos y fluidos, para un 2009 electoral y económicamente deprimido. También alertaban entre ellos sobre la urgencia de sacar sus ahorros de las cuentas bancarias en pesos y hacerse con los dólares en mano, desendeudarse rápido en dólares y tomar obligaciones –a largo plazo– sólo en pesos, moneda en la que creían menos a medida que avanzaba la semana. Esto no es fruto de una evaluación financiera de alta complejidad; simplemente es el reflejo típico ante la falta de confianza política. Tampoco es golpismo, como le gusta caracterizarlo al oficialismo, aunque es cierto que el pasilleo marplatense incluyó el pronóstico de que los Kirchner no aguantarían en pie otra derrota parlamentaria como la de la guerra gaucha, en el caso de que la votación por la estatización de los fondos de jubilación privados se complique en el Congreso y alrededores. Este vaticinio no se decía con euforia sino con pesimismo y algo de miedo. “Todavía faltan figuras consolidadas de recambio que garanticen la transición poskirchnerista”, explicaban.

En este sentido, desilusionó a muchos el discurso de medianoche de Julio Cobos: mientras los empresarios digerían el gigot de cordero (no patagónico), el vice intentaba captar la atención, pero en las mesas crecían los murmullos y bostezos desencantados. En cambio, fue una grata sorpresa para los asistentes al Coloquio la intervención de Lorenzetti, que llegó a entusiasmar tanto a un inversor como para comentar en voz alta a la salida: “¡Acá habría un candidato presidencial a la altura de las circunstancias!”.

Balada para un loco. Mientras tanto, en un departamento porteño de la avenida Santa Fe, Elisa Carrió despliega su escalada armamentista contra el matrimonio presidencial. Hace unos días lanzó la primera bomba de estruendo: “Kirchner se robó la Argentina entera”, declaró. Su frase evoca una cita célebre de Karl Marx, el gran teórico de la fisura capitalista: “Bonaparte quisiera robar a Francia entera para regalársela a Francia o, mejor dicho, para comprar de nuevo a Francia con dinero francés, pues como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre tiene necesariamente que comprar lo que quiere que le pertenezca. Y en institución del soborno se convierten todas las instituciones del Estado (…) Pero lo más importante de este proceso en que se toma a Francia para entregársela a ella misma, son los tanto por ciento que durante la operación de cambio se embolsan el jefe y los individuos de la Sociedad del 10 de Diciembre.”

El análisis marxista de la gestión de Luis Bonaparte que se lee en El dieciocho brumario suena demasiado afinado –para ser del siglo XIX– con la música de la Argentina del siglo XXI. Sigue Marx: “Acosado por las exigencias contradictorias de su situación y al mismo tiempo obligado como un prestidigitador a atraer hacia sí, mediante sorpresas constantes, las miradas del público, como hacía el sustituto de Napoleón, y por tanto a ejecutar todos los días un golpe de Estado en miniatura, Bonaparte lleva al caos a toda la economía burguesa…”

Nada que ver con Néstor, claro, aunque la cita histórica ayuda a pensar dónde estamos parados. Si Menem agitó en los 90 el fantasma neoliberal para afirmarse como el gran emperador de la privatización total de la sociedad, ahora Kirchner amaga con la estatización permanente para convertirse en el padre fundador (¿otro más?) de la Argentina solidaria. Ni Menem lo hizo, ni Kirchner lo hará; pero en el péndulo de los planes revolucionarios de gobierno, el país sigue mirando hipnotizado cómo unos pocos se siguen pasando la pelota. Y el gol nunca llega.

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