Huir hacia adelante

Por Mariano Grondona

Ante los tropiezos que experimenta nuestra vida política, el ministro de la Suprema Corte Eugenio Zaffaroni acaba de proponer que la Argentina abandone el régimen presidencialista para ensayar un régimen parlamentario.

Que el gobierno de los Kirchner atraviesa una situación delicada, no ofrece dudas. Llevado por su desesperación ante el curso negativo de las encuestas, Néstor Kirchner está ensayando una seguidilla de medidas a veces ilegales y a veces simplemente grotescas como su reciente propuesta de lanzar "candidaturas testimoniales" mediante la presentación de gobernadores e intendentes como candidatos para bancas legislativas que no van a ocupar.

Estamos entonces una deformación política tan grave que justifica la preocupación de Zaffaroni. Lo que hay que preguntarse es si la causa de esta deformación es el régimen presidencialista como tal. La Argentina creció como ningún país bajo grandes presidentes. ¿Ha llegado la hora de abandonar ese presidencialismo que nos rindió tantos frutos?

Habría que preguntarse por lo pronto si la crisis actual de los Kirchner deriva de nuestro régimen presidencial. El declinante poder del "ex presidente en ejercicio", ¿proviene en tal sentido del régimen presidencial o de su burda alteración en dirección de una concentración absoluta del poder también llamada "hiperpresidencialismo"? Cuando Alberdi diseñó la Constitución que todavía nos rige, pensó en un régimen de fuerte autoridad presidencial al que limitarían sin embargo el control estricto del Congreso y de los jueces, así como la prohibición de las reelecciones consecutivas. Ninguna de estas vallas existe ahora. Lo que habría que abandonar por consiguiente, ¿es el presidencialismo o el hiperpresidencialismo?

Hubo tímidos ensayos de parlamentarismo en la reforma constitucional de 1994, como la creación de la jefatura de gabinete, pero nuestra cultura presidencialista es tan fuerte que los jefes de gabinete que hemos tenido hasta ahora no han sido más que secretarios privados con un pomposo título.

Quizá la raíz de nuestros males consiste en que no hemos logrado consolidar un régimen bipartidario. Los Estados Unidos son presidencialistas y bipartidarios. El Reino Unido es parlamentarista y bipartidario. Nuestra meta, ¿no debería ser por ello reimplantar un bipartidismo cuyos miembros naturales serían el radicalismo que ahora renace y el peronismo "disidente", de vocación republicana? El mal político argentino, por supuesto, existe. Pero abandonar el presidencialismo en la mitad del río, ¿no sería huir hacia adelante?

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