Hugo Moyano o el mito sindical.

Por Alvaro Abos.

Si Augusto Vandor, Andrés Framini o José Rucci se levantaran de la tumba y se enteraran de que un chofer de camiones comanda la CGT, volverían a morirse.

Es que aquella elite sindical que instaló durante décadas al movimiento obrero como actor protagónico de la escena política argentina, provenía de la industria. Los camioneros no tenían ningún pergamino proletario. En el trabajo de manejar inmensas moles mecánicas en las rutas prevalece la fuerza pura asociada a un individualismo excesivo, aun para los obreros industriales y sus dirigentes, que no fueron ni son precisamente monjas de clausura. El modelo mundial del "sindicalista camionero" fue durante mucho tiempo el norteamericano Jimmy Hoffa, aquel líder que con métodos mafiosos se adueñó de su Union (sindicato en EE.UU.) y al que hizo popular, en los setenta, la novela F.I.S.T., luego convertida en una película que protagonizó Silvester Stallone.

Es raro que Hugo Moyano sea un actor relevante del teatro político argentino cuando el movimiento obrero que preside hace ya tiempo que está en decadencia. Hace 35 años, cuando el país tenía 26 millones de habitantes y había pleno empleo, el 80% de los trabajadores estaba sindicalizado. La Unión Obrera Metalúrgica representaba a 500 mil obreros encuadrados y aportantes: un porcentaje de todo aumento que se conseguía en cada convenio colectivo pasaba automáticamente, por ley, a las arcas del sindicato. Hoy, en un país de 40 millones de habitantes, los metalúrgicos no pasan de 50 mil.

En estas condiciones, los cien mil camioneros cotizantes que aduce representar Hugo Moyano explican su preeminencia. En la Argentina, cualquier estadística o conteo es sospechoso, pero aunque esa cifra deba rebajarse, igual supone una fuerza considerable y le basta al secretario general de los camioneros para subsistir como figura de primera línea.

Mucha agua pasó bajo el puente de la historia desde que, en 1878, se fundó la Unión Tipográfica Argentina, el primer gremio. Complejas razones, como la tecnificación y la degradación de las normas protectoras durante el auge del neoliberalismo, llevaron a la actual desindicalización. En 2009, más de la mitad de los trabajadores de la Argentina son informales y los sindicatos de empleados públicos, del comercio y servicios, entre ellos los del transporte, prevalecen sobre los sindicatos industriales. La afiliación ha caído en picada, a pesar de que en la Argentina buena parte del sistema de seguridad social es gestionado por los gremios. Como ejemplo, una rama que emplea pocas personas pero es crucial por la intensa visibilidad de su tarea y el efecto crucial de sus reclamos en la trama urbana: el personal de los subterráneos de Buenos Aires. Sólo el 7% de los trabajadores del metro porteño pertenece al sindicato con personería gremial, la UTA. En el subterráneo, una generación de trabajadores, sobre todo jóvenes y mujeres, elige con autonomía a sus delegados y gestiona sus reclamos –a menudo usando el extorsivo método de la interrupción del servicio–, al margen del sindicato oficial.

La CGT de Hugo Moyano es un dinosaurio... Ni renovación generacional ni de métodos. La representación sindical está en crisis, hace ya mucho, en todo el mundo. Los trabajadores se convierten en monounidades sin vínculos solidarios. Se busca en el mundo nuevas formas de lenguaje y de cohesión colectivas. Y sin embargo...

Esta CGT old fashion, viejo gigante desdentado, columna vertebral reducida hoy a un flaco espinazo, aún asusta con sus aullidos. Las elites sindicales, miradas con permanente sospecha por las clases medias y sus representantes políticos, de Raúl Alfonsín a Patricia Bullrich, dos políticos que, en distintas épocas denunciaron de manera flamígera la corrupción sindical, desprestigiadas y a veces demonizadas, no han hallado reemplazo.

El kirchnerismo, si pudiera, lo empujaría a Hugo Moyano y sus huestes al abismo. Pero a Kirchner le interesa más durar en el poder que modernizar el país y no abrirá nuevos frentes. La CGT es un pasajero indeseable pero necesario para que el barco oficialista no se hunda. A todo esto, lentamente pero sin pausa, la CTA de Víctor de Gennaro persiste en pedir su reconocimiento legal como entidad de tercer grado, algo que pondría en cuestión toda la estructura sindical del país. La Corte ya avisó, con un reciente fallo sobre la elección de delegados, que ese debate no puede demorarse.

Pero, ¿quién le pondrá el cascabel al gato sindical?

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