Hubo un campeón de dos minutos

Se juega con una radio en el bolsillo. La Spika es elemental para un escenario que se asoma cambiante. Porque en esta definición a cuatro canchas también es necesario pensar en el otro, al margen de eso propio que es fundamental para confirmar presencia en esa lista de invitados a lo que, finalmente, será un casamiento de tres.
Los pronósticos son reservados y no tanto. Las especulaciones tienen mil historias por contar. La pelota empieza a rodar en Lanús, en ese que está anotado en espera, y al que solamente le sirve un triunfo y que los otros tres no consigan ganar. Dos minutos más tarde se suelta el suspiro multitudinario en Victoria. Juega Tigre, juega su convicción. Al rato, llega el turno para San Lorenzo, luego de un minuto de silencio. Va Boca, son los denominados grandes los que mueven a la misma hora por distinto canal. El asunto pasa, más que nunca, por saber quién será capaz de romper el hielo. El gol de Gonzalo Bergessio es el único grito de la tarde en el que uno de los candidatos es campeón, al menos, durante dos minutos. San Lorenzo se pone la ropa, 120 segundos de estrella aunque todavía se trate de la introducción del cuento. Porque ese silencio de Bombonera se corta con el primer festejo de Luciano Figueroa. Entonces, a esta altura, el equipo de Carlos Ischia se cruzará con el de Miguel Russo en un desempate. Situación que se mantiene durante 28 minutos, hasta el desahogo de Martín Morel para Tigre. Desde entonces, se empieza a jugar el triangular. Ese que se insinuaba en la semana, ese que no se da desde hace 40 años.

Los goles en montones que llegan desde La Boca -uno de Riquelme, otro más de Figueroa- trasladan un grado de tensión a La Paternal y al estadio de Tigre. Porque los de Ischia, con un 3 a 0, se ponen la corbata para ir al salón, ¿definitivamente? Al menos, obligan a que cada balón que caiga en el área chica de Agustín Orion o Daniel Islas generen el murmullo lógico de los hinchas de Boca, esos que se sienten más cerca con el trámite resuelto. Aunque ese gol de Nicolás Torres en el primer tiempo abre la puerta de la adrenalina. Mientras tanto, en Lanús, San Martín de Tucumán sigue firme en su ambición con el empate sin goles. Igual, las cuentan ya no cierran como antes.

A las 18.47, cuando Colón escribe un guión de tono dramático con ese 2-3, los partidos se miran pero no se ven. Un gol de los extras en cualquier escenario -salvo el de Lanús, que llega como para el reconocimiento a un equipo que juega con identidad futbolera- cambia la ecuación. Sin embargo, aparecen figuras que lo impiden -como la de Islas, primero a Cristian García, luego a Sebastián Fernández en el final- y los tiempos se acortan. Son las 19.17 cuando el equipo de Diego Cagna se asegura el boleto con el pitazo final. Lo festeja, porque este plantel sin cartel ni luces alcanza el primer puesto del Apertura convencido de que no es el azar el que lo llama a un desenlace semejante. Un minuto más tarde, es San Lorenzo el que sabe que irá al desempate. Este grupo de jugadores en dólares que supo ser inquilino del título y que luego tuvo que abandonar su departamento, vuelve a alquilar ilusiones en tiempo suplementario. Ahora, quedan minutos en Boca para saber si confirma su presencia en la fiesta. Colón lo intenta, pero los de Ischia tienen el control de la situación. O eso parece. Se llega, así, a este triángulo amoroso en el que todos, desde su juego y seducción, intentarán la conquista.

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