24 HORAS DE CRISTINISMO

Por: Pablo Ibáñez

Cristina de Kirchner es, hace 24 horas, Cristina Fernández. Entre el martes, cuando cedió ante la UCR y Julio Cobos para salvar un diálogo naufragante y ayer, al prometer normalizar el INDEC, la Presidente transmitió por primera vez indicios de un estilo propio. Cuatro episodios insinúan ese giro: corrigió, sin tabúes, el modo de convocar a la oposición; citó a empresarios y a sindicalistas a la Casa Rosada a más que una foto; motorizó una cumbre con los bloques críticos y ordenó la salida de una funcionaria enturbiada por una polémica.

No ocurrió mientras Néstor Kirchner, primero como presidente y luego como jefe ad hoc, digitó rumbos y criterios. En seis años, desde que el matrimonio se mudó a Olivos, nunca hubo gestos de esa dimensión. La de ayer fue, en un lustro, la primera cumbre oficial con la UCR.

Kirchner, desde antes de ser todopoderoso, se negó al mano a mano con sus rivales, les escapó a las cumbres numerosas, destrató a la minoritaria oposición legislativa y se obstinó en apañar, hasta el extremo, a colaboradores marcados por la sospecha.

En las últimas 24 horas, Cristina ignoró ese manual de estilo. Acaso domó el estigma sobre el que teoriza Alberto Fernández, según el cual, la vulnerabilidad de la mandataria es producto de su íntimo complejo de no poder ser «mejor presidente de lo que fue Néstor».

Con Kirchner, Alexandra Minniceli perduró durante cuatro años y medio como adjunta de la SIGEN a pesar de ser esposa de Julio De Vido. Valeria Loira, ex asesora de Cristina en el Senado, fue inducida a renunciar al mismo cargo por ser la mujer del titular de la ANSES, Diego Bossio.

El martes, luego de una charla con Aníbal Fernández, el jujeño Eduardo Fellner volvió al Congreso con la indicación de discutir con los bloques opositores una agenda legislativa. En paralelo, Florencio Randazzo dejó que la agenda con la UCR exceda la reforma política.

El ministro, en la charla con el Acuerdo Cívico, fue más lejos:

-¿Qué certezas tenemos de que van a cambiar? -lo tanteó, desconfiado, el diputado radical Oscar Aguad.

-Dennos un voto de confianza. Esto va en serio -prometió Randazzo.

Otros sucesos, como el llamado al campo que hicieron la ministra de Producción, Débora Giorgi, y el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray -quedó en stand by, casi cancelada la alternativa de que Iván Budassi reemplace a Carlos Cheppi- operan en igual sintonía.

Anteanoche, Fernández y De Vido hicieron un ejericio inhabitual: dejaron hablar e interactuar a un puñado de empresarios y sindicalistas top. Sugiere un matiz: Kirchner entrevé conspiraciones cuando se entera de un café entre más de dos.

¿Responde a idéntica lógica el guiño a Clarín sobre el triple play? En la Casa Rosada, anoche, se escudaban en un silencio sugerente, pero, en paralelo, deslizaban que están encarpetados otros gestos. Uno es obvio: Gabriel Mariotto empezó a archivar su ley de radiodifusión.

Durante las 24 horas en las que Cristina aplicó formas propias hubo, también, añoranzas de los modos K: la arrinconada de la Casa Rosada sobre el moyanista Omar Viviani por confesar que Cristina transmitió que hará cambios en el INDEC engrosa esa lista.

Así y todo, desde el Gobierno se le transmitió a Hugo Moyano que se promoverá la creación de un ente de estadística que reemplazará al INDEC. En teoría, en esa reforma aparece un artículo escrito con letra invisible referido a la salida de Guillermo Moreno.

No fue el único caso: trepa al podio el tropiezo de manotear el argumento de que se «dan todas las cifras», a diferencia -dijo- de lo que ocurre en EE.UU. como explicación de que la Argentina es el segundo país con mayor cantidad de muertos por la gripe A.

A las 24 horas de cristinismo, que sugiere la admisión de que el 28-J culminó la etapa expansiva, las acecha un enigma: ¿alienta Kirchner el giro?, ¿se replegará o volverá a irrumpir como hizo al atacar a Macri horas después de que el Gobierno llamó al diálogo político?

Esas incógnitas sumergen la foto del cristinismo componedor en la categoría de espejismo. Los atisbos de 24 horas inusuales son poca cosa para suponer que terminó un estilo que, con los mismos protagonistas, reinó durante seis años.

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