La hora de la verdad

Por Tomás Eloy Martínez

Cuando Barack asuma como 44º presidente de los Estados Unidos, el martes 20, necesitará de toda su imaginación y todo su talento para remontar la peor herencia que haya recibido un gobernante en su país, desde que el inepto Herbert C. Hoover fue desalojado de la Casa Blanca por Franklin D. Roosevelt, en 1933. No debe extrañar, entonces, que Obama estudie con atención los primeros movimientos de Roosevelt, quien se rodeó de asesores brillantes y logró revertir los desastres de la era conservadora. La miseria quedó mucho tiempo flotando en el aire, pero hasta las más castigadas víctimas de la Gran Depresión afrontaron los malos tiempos con esperanza.

Los consejeros del nuevo gobierno sugirieron a Obama que, como Roosevelt, se ponga en contacto directo con el pueblo norteamericano para que la enorme expectativa que despertó su campaña no se apague cuando quede claro que su carisma es insuficiente para doblegar la realidad. Sin ese fuego, las cenizas que ha dejado la administración anterior podrían asfixiarlo.

Cuando George W. Bush asumió, el presupuesto nacional mostraba un considerable superávit. El sucesor de Bill Clinton gastó 3 billones de dólares en una guerra basada sobre mentiras. Las más altas voces del gobierno justificaron la tortura y la invasión de la privacidad para proteger al país de enemigos inalcanzables. Bush hizo aportes tan irreversibles como brutales al calentamiento global y a la dependencia del petróleo. Al marcharse, deja 46 millones de personas sin seguro de salud. Y una crisis financiera que, según declaró alegremente el vicepresidente Dick Cheney, "nadie vio venir" y cuyas consecuencias afectarán al mundo entero quién sabe por cuánto tiempo.

Revitalizar la economía, el primer punto de la agenda de Obama, se ha convertido en un asunto tan excluyente que hasta le ha permitido postergar su opinión sobre lo que sucede en Gaza. Por ahora, a los norteamericanos sólo los apremia saber cómo fue posible que, en sólo dos meses - octubre y noviembre-, se evaporara casi un millón de puestos de trabajo. Quieren saber, sobre todo, qué hará el nuevo presidente para que cese el incesante drenaje laboral, el más pronunciado desde la Segunda Guerra.

Mi hija menor, que se gradúa dentro de cuatro meses en una universidad del estado de Nueva York, me ha contado que esta vez no habrá, como solía suceder cada fin de ciclo, una feria de empresas interesadas en atraer a los jóvenes profesionales. El 7,2 por ciento de desempleo es una cifra que los norteamericanos no imaginaban hace dos años, cuando era del 4,4 por ciento. Más de 11 millones de personas están en la calle y si a ellos se sumaran los derrotados que ya se han cansado de golpear puertas y los 3,4 millones que aceptaron un trabajo de medio tiempo aunque necesitan uno de tiempo completo, el porcentaje de desocupación llegaría al 13,5.

La industria manufacturera, la más afectada, canceló 800.000 empleos el año pasado; la siguió la construcción, con 630,000 despidos. "Conozco a dos editores que han perdido sus puestos en los últimos días y hay sellos que reducirán su personal a lo imprescindible", me comentó un agente literario. Sólo en noviembre y diciembre, 67.000 vendedores quedaron en la calle por las drásticas reducciones del consumo, incluso durante las Fiestas. "Cortamos costos y revaluamos nuestros presupuestos en todas las áreas", apunta Donna Finley, una agente de viajes de 57 años con dos hijos en la universidad.

"Comenzamos este año nuevo en medio de una crisis económica como nunca vimos en nuestra vida", dijo Obama en una de sus intervenciones en busca del apoyo popular. Tuvo entonces la franqueza de advertir que será difícil evitar, pese a todo, que el desempleo roce los dos dígitos a fines de 2009. Antes de asumir comenzó a trabajar con su equipo económico y representantes de ambos partidos "en un Plan de Recuperación y Reinversión, que decidirá grandes capitalizaciones para revivir la economía y sentar bases sólidas para el crecimiento".

Medio millón de trabajos para energía renovable. Cuatrocientos mil para reparar la tercera parte de las grandes rutas, que están en malas condiciones. Cientos de miles para digitalizar los registros médicos y otros tantos para reequipar las escuelas públicas. Un crédito sobre impuestos de mil dólares para el 95 por ciento de las familias trabajadoras. Lo más novedoso de la propuesta de Obama, sin embargo, es menos visible y constituye la materia misma en la que está tramado su plan.

En primer lugar está la idea de que el gobierno tiene un papel social para cumplir. Desde Ronald Reagan, para quien el gobierno era el problema, esa idea había sido borrada del imaginario norteamericano. Otra meta igualmente importante es la búsqueda de coincidencias con la oposición, porque el país es uno solo, algo en lo que Obama insiste desde su discurso ante la Convención Demócrata de 2004, que proclamó la fórmula John Kerry-John Edwards. "No existe un país liberal por un lado y un país conservador por otro: existen los Estados Unidos de América", dijo aquella vez.

También en ese punto, el New Deal de Franklin Roosevelt es el modelo que inspira a Obama. En 1933, cuando clamaba por la unidad de los dos grandes partidos tras la caída en masa de los bancos, Roosevelt dijo que sólo la división interna llevaría el país a la derrota. La división es una amenaza que desvela a los norteamericanos desde los tiempos de Abraham Lincoln. El 12 de enero, ocho días antes de asumir, Obama le pidió a Bush que gestionara en el Congreso la segunda parte del plan de rescate -350.000 millones- del sistema financiero. Nadie lo esperaba, pero Bush accedió.

Los guiños de Obama a los republicanos son amplios. Ha incluido en su gabinete a dos funcionarios de Bush -el secretario de Defensa, Robert Gates, y el asesor de Seguridad Nacional, James L. Jones- y ha invitado como orador, en la asunción del próximo martes, al pastor Rick Warren, quien se opone a la unión entre homosexuales. Obama es un político pragmático. "Esto no es un ejercicio intelectual", dijo sobre el plan de estímulo. "Si los miembros del Congreso tienen buenas ideas, voy a aceptarlas."

Por rápido que el Congreso vote, no habrá milagros. "Nos llevará unos diez años salir de este desastre", cree Donna, la agente de viajes. "Quizá tengamos que aprender a vivir en depresión económica, con ricos muy ricos y pobres muy pobres a los que se irá acercando la clase media." Según los especialistas, nada evitará que los desatinos de Wall Street sigan influyendo durante los primeros seis meses del año. Con suerte, Obama logrará crear cuatro millones de puestos de trabajo para compensar la pérdida de otros tantos.

Eso ya es mucho. No sólo significa que cuatro millones de familias no sufrirán lo que sufrirían sin esa intervención del Estado, sino que revela que el gobierno tiene mucho trabajo por hacer, contra lo que sostuvo la visión conservadora desde 1980, con la que también Clinton estuvo de acuerdo, a su manera. "La era de los gobiernos grandes ha terminado", dijo el ex presidente, mientras hoy su correligionario asume convencido de que "sólo la intervención del gobierno puede romper los ciclos viciosos que están paralizando nuestra economía".

Y aunque una gestión no puede crear empleo o crecimiento a largo plazo, puede cambiar otras cosas. "Mientras los codiciosos continúen operando sin control, mientras nadie se haga responsable por sus acciones, mientras se siga recompensando a los que nos llevaron a esta situación, nada va a cambiar y seguiremos en una espiral descendente", cree Neil Yost, que se graduó en la universidad hace un año y lleva ya seis meses sin trabajo.

Obama no cuenta con mucho tiempo para probar que el Estado puede mejorar la vida de los ciudadanos. Estados Unidos llega sin aliento al 20 de enero, con tantas amarguras acumuladas que las esperanzas ofrecidas pueden caer en tierra infértil y transformarse demasiado rápido en desilusión.

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