La hora de la verdad

La rotación del viento internacional ocurrida en los últimos meses precipitó desafíos que eran de todos modos inevitables. El Gobierno deberá demostrar que sabe resolver problemas. Y la oposición, que es alternativa.

La confluencia de la crisis económica internacional y de la que desde antes se venía incubando localmente está acelerando los tiempos de la política argentina.

El viento exterior, cuya importancia el Gobierno nunca reconoció, ni cuando –como hasta hace pocos meses- jugaba a favor, ni cuando rotó en la segunda mitad de este año para hacerse francamente adverso a partir de septiembre, complica cada día más el panorama.

Es un escenario propicio para una de las especialidades del oficialismo, adjudicar culpas ajenas y gambetear responsabilidades, pero que puede hacer muy visibles sus carencias de gestión –pasadas y presentes- y sus dificultades para aportar respuestas creativas, que solucionen –o al menos atenúen- los problemas de verdad.

El estrechamiento de los tiempos se refleja en la agenda. Si todo marcha de acuerdo a lo previsto, el próximo jueves el Senado convertirá en ley el proyecto oficial de reestatización del régimen previsional de capitalización, y el oficialismo legislativo también impondrá su mayoría para apoyar la expropiación de Aerolíneas Argentinas y Austral, que durante más de cinco años y medio de gestión kirchnerista los españoles administraron sin mayores observaciones por parte del Estado.

Ya está planteado, además, el pedido oficial para la prórroga del impuesto al cheque (de cuyo producido las provincias argentinas reciben menos del 15 por ciento) y la renovación, a su octavo año, de la ley de emergencia económica, para que la Argentina siga siendo manejada como si fuera una monarquía levemente constitucional.

La virulencia de la crisis mundial, que hasta hace demasiado poco el Gobierno insistía en afirmar que ni nos rozaría –recuérdese la seguridad con la que la presidenta Cristina Fernández presumía que la Argentina estaba "firme en la marejada" y la soberbia con que en Nueva York desestimó la necesidad de un "plan B", señalándoles a los países desarrollados que eran ellos los que lo precisaban- también ha ido estrechando los tiempos de la escuálida oposición.

OTRA ETAPA

La reunión entre Elisa Carrió y sus laderos de la Coalición Cívica con la conducción de la UCR, el alejamiento en cámara lenta de Felipe Solá del kirchnerista Frente para la Victoria, la carta pública de Alfonsín volviendo a llamar al diálogo, pero cuestionando la reunión de Carrió con sus correligionarios, las vacilaciones del socialismo y de los líderes políticos provinciales en general, son todas expresiones del desconcierto que produce el fin de una etapa de posiciones no necesariamente confortables, pero sí conocidas, y la emergencia de otra de definiciones claras, de desbrozamiento de malezas, en la que ni al Gobierno ni a la oposición le estarán permitidos los amagues. Hay que decidir.

En uno u otro sentido, pero decidir.

El gobierno, por caso, pasará a administrar los casi 90.000 millones de pesos acumulados en las cuentas de la (ex) jubilación privada. Hasta ahora, los atisbos sobre qué hará han sido contradictorios y confusos.

De un lado, el director ejecutivo de la ANSES, Amado Boudou, estrella ascendente del kirchnerismo tardío, ha dicho que el principio esencial será la defensa del valor de los fondos jubilatorios.

Del otro, el ex presidente Néstor Kirchner reivindicó que esos fondos deben ser enteramente invertidos en activos nacionales. Si así se hubiera hecho en los últimos años y meses, el valor de esos fondos hubiera caído mucho más vertiginosamente que lo que denunció el oficialismo para justificar la reestatización.

Además, el kirchnerismo ya no podrá jugar con palabras con su ¿ex? aliado europeo, el español José Luis Rodríguez Zapatero. Si se queda con Aerolíneas y Austral sin poner dinero, no habrá discurso ni reunión bilateral que valga. Es hora de hacerlo, o no.

Esa es, tal vez, una de las pocas decisiones en que la oposición puede coincidir con el Gobierno, para de hecho complicarle la vida. Así sucederá. Es de esperar, luego, que Aerolíneas y Austral en manos del estado no sean una reedición de experimentos como Lafsa, la aerolínea estatal que no tiene rutas ni aviones, pero sí gerentes, pilotos y pérdidas millonarias.

RES, NON VERBA

En definitiva, el kirchnerismo deberá gestionar más y discursear menos. El valor agregado, las exportaciones, los superávits fiscal y comercial ya no engordarán solos, al calor de la gestión privada y el reclamo oficial de derechos de autor.

El tironeo de frazadas, aún en pleno verano, será fuente de permanente tensión.

Por eximio que sea el Gobierno en denunciar pérfidas conspiraciones, condenables egoísmos, increíbles apegos a lo propio en desmedro de la generosidad con que el estado oficialista se ofrece a manejar recursos ajenos para bien de todos, no podrá evitar el examen de la realidad.

La capacidad oficial para apuntar simultáneamente a varios frentes no debe desdeñarse. El discurso de Néstor Kirchner en el llamado "foro progresista", este viernes en Chile, fue apenas una muestra. En otra de sus rústicas pero clarísimas piezas dialécticas, el ex presidente cargó contra los medios, las encuestas, los Estados Unidos, las calificadoras de crédito. Si faltan soluciones, al menos no faltarán villanos.

En Washington, partícipe casi accidental de la cumbre del G-20 convocada por George W. Bush (principal responsable político del descalabro financiero internacional), la presidenta también tiene oportunidad de decir lo suyo.

Por esas paradojas del destino, Cristina Fernández de Kirchner tendrá su ocasión internacional más visible –así lo determina la crítica situación económica mundial- en un foro al que la Argentina se incorporó en tiempos de Carlos Menem, cuando el actual matrimonio presidencial apoyaba con un silencio más o menos estentóreo al entonces mandamás de la Argentina.

Pero las luces se apagarán, los discursos pasarán, y las cosas reales –la incipiente suba del desempleo, el aumento de la pobreza, la evaporación del crédito, la irresuelta cuestión de la inflación- estarán ahí, esperando decisiones y soluciones. Una extraordinaria oportunidad para que los Kirchner –o si no ellos, algún emergente liderazgo opositor- demuestren que son de verdad.

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