El hombre que siempre apostó por el diálogo

Por Eduardo Duhalde

El año 1983 es emblemático en la historia de nuestro país y tiene, sin dudas, un rostro: el del doctor Raúl Alfonsín. Toda la fuerza simbólica del fin de la larga noche de la dictadura y el retorno a la democracia se condensó, para siempre, en el rostro de ese hombre de elocuencia campechana y modales sencillos.

Desde su Chascomús natal comprendió los cambios profundos que la Argentina y el mundo estaban atravesando e instaló una nueva forma de hacer política. Así, con un discurso fuertemente democrático, encendió los corazones de millones de hombres y mujeres que vieron en él al líder adecuado para conducir al país en la transición que, inevitablemente, debíamos atravesar.

El mismo año en el que el doctor Alfonsín asumió la presidencia de la Nación, yo fui elegido intendente de Lomas de Zamora. La escasa diferencia de votos a favor con la que resulté ganador habla a las claras de la potencia arrasadora del fenómeno electoral alfonsinista, capaz de equilibrar las fuerzas en la región más tradicionalmente peronista del país: el conurbano bonaerense.

Por supuesto, la justicia de la victoria del alfonsinismo no fue leída por todos los peronistas en su sentido más cabal: la necesidad de una renovación profunda del movimiento, sus propuestas y sus metodologías. Por el contrario, algunos sectores del movimiento -minoritarios, hay que decirlo- se unieron a la resaca del proceso militar, dispuesta a todo con tal de resistir la revisión del pasado que impulsó el gobierno radical con el juicio a las Juntas.

Así, comenzó a consolidarse una corriente golpista en contra del presidente que, en su delirio anacrónico, intentó sumarnos -a mí y a otros intendentes- en sus delirios conspirativos. En mi caso, ese intento se concretó a través de un coronel que me solicitó una entrevista y, sin demasiados preámbulos, me enumeró las sinrazones de siempre de los golpistas.

Mientras él hablaba, desfilaban frente a mí los rostros desesperados de los familiares de los ciento ochenta desaparecidos registrados en Lomas de Zamora, a quienes, junto con el Movimiento Social de Abogados, del que yo formaba parte, asistíamos en su incesante búsqueda de respuestas que diera cuenta del destino de sus seres queridos. De modo que, cuando llegó el previsible momento en que el personaje me invitó a sumarme a sus actividades, mi respuesta fue inmediata: le tomé los datos, le dije que iba a informar de su actitud al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas -el presidente de la República- y di por terminada la entrevista.

En cuanto quedé a solas, pedí una audiencia en la Secretaría Privada de la Presidencia, diciendo que los motivos sólo podía conocerlos el propio presidente. Al otro día entré, por primera vez en mi vida, en el despacho presidencial. El doctor Alfonsín me escuchó en silencio, recorriendo con pasos lentos la enorme oficina. Cuando finalicé, se sentó en la cabecera de la mesa y me dijo:

"-Le agradezco su actitud, doctor. Es inconcebible lo que me cuenta.

-No me agradezca, señor presidente -le respondí-. Vengo a formular una denuncia y quiero hacerlo formalmente, por escrito, ante el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Y, además, quiero que sea público porque los sediciosos tienen que escarmentar."

Inmediatamente pidió comunicarse con su ministro de Defensa, al que no encontró. Al día siguiente, me llamó para decirme que había iniciado una investigación y asegurarme que los sediciosos serían castigados.

Mirando ese encuentro desde hoy, creo que esa misma actitud de respeto y atención al interlocutor han sido las constantes de mi relación con ese hombre sencillo y amable, al que siempre consideré la reserva moral de la política nacional.

Los avatares de la política argentina de los años posteriores nos reunieron en las más diversas circunstancias. La más importante, por dramática, fue cuando intentamos convencer al presidente De la Rúa, junto con amplios sectores del espectro político, de que su inacción frente al fracaso del modelo económico nos encaminaba directamente al desastre y que era necesario un programa de concertación que sirviera de respaldo al gobierno. Allí estuvo, en el naciente Diálogo Argentino, el doctor Alfonsín, aportando sus argumentos de sensatez y experiencia en favor de la construcción de un consenso que sacara al país del tobogán de decadencia por el que inevitablemente nos deslizábamos. Con actitud generosa y humilde, no retaceó esfuerzos en la búsqueda de una salida menos traumática para los argentinos.

Hoy, creo que el mejor homenaje a este grande de la Patria es destacar su inconmovible convicción democrática, su certeza de que gobernar es consensuar, su apasionada defensa de las instituciones y su capacidad de dialogar sabiendo que, en política como en todos los órdenes de la vida, dialogar quiere decir, esencialmente, escuchar.

El autor fue presidente de la Nación

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