Un hombre al que nadie puede decirle que no.

Por Joaquin Morales Solá.

Nadie quiere decirle que no. Nadie tiene coraje para acercarle los datos verdaderos de la Argentina real. Néstor Kirchner, el hombre fuerte del país, desconoce la recesión económica, cree que la culpa de la inseguridad es de los jueces y prefiere que no se hable de la epidemia del dengue.

Que no se hable. Ese es el objetivo político del ex presidente. No le importan mucho las malas noticias, pero sí le importa que se conozcan. Desde el Senado hasta los dirigentes empresarios, pasando por los auditores de la administración o los funcionarios del Gobierno, todos deben acatar y callar.

Daniel Scioli podría haberle dicho que no, pero no lo hizo. No a su candidatura o, en el peor de los casos, no a una candidatura compartida con Kirchner. El gobernador no le contagiará su popularidad al ex presidente; será éste, en todo caso, quien arrastrará a Scioli en su decadencia política. Kirchner aceptó de hecho que perdió las elecciones bonaerenses cuando urgió a Scioli y a los intendentes para que lo sostengan.

Operadores del gobernador y del propio kircherismo, aunque éstos están siempre escondidos, buscan ahora la fórmula para decirle a Kirchner que es mejor que él no esté si está Scioli. ¿Quién se lo dice? Ese es el problema. Algo lo paraliza a Scioli, ultrajado y ninguneado en sus tiempos de vicepresidente, cuando es Kirchner quien se sienta al frente. Scioli quiere expresar algún no, pero no sabe cómo hacerlo.

Tiene argumentos. ¿Cómo hablarle ahora a la sociedad bonaerense de candidaturas "testimoniales" cuando la persigue el azar de un tiroteo, la fatalidad de un mosquito o la tragedia familiar del desempleo? ¿Cómo, cuando la sociedad encuentra canales inorgánicos, como los funerales de Raúl Alfonsín o la muerte violenta de Daniel Capristo, para expresar su mal humor a gobernantes distraídos? Un funcionario dijo que no. Fue Santiago Montoya, jefe de la recaudación impositiva bonaerense. Su vida política duró pocas horas. El precedente de esa rebeldía no podía instalarse.

Ni siquiera la Presidenta puede decirle que no a Néstor Kirchner. ¿Qué quedó de aquella senadora volcánica, muchas veces equivocada, capaz de rebelarse contra Menem, Duhalde y su propio esposo? Las peleas en el matrimonio eran antológicas cuando ella era senadora y él era presidente , recuerda un funcionario de aquellos tiempos. Pero Cristina se rindió y rindió su gobierno ante Néstor poco después de asumir la presidencia.

Ya sea por dependencia psicológica o por inseguridad política, lo cierto es que le dejó el poder a él y ella se dedicó a la representación del poder, que no es lo mismo que el ejercicio del poder. No hay funcionarios ni políticos ni empresarios ni sindicalistas que no se refieran al ex presidente como la instancia final del poder en la Argentina. Cristina Kirchner es la más grande decepción de mi vida política , suele decir un senador que convivió con ella en sus tiempos de senadora.

Graciela Ocaña sintió en el cuerpo esa complicada duplicidad del gobierno argentino. Ministra de Cristina, Néstor Kirchner no tuvo ningún reparo en ordenarle al bloque oficialista del Senado que tumbara una reunión para declarar la emergencia sanitaria por la epidemia del dengue. La ministra de Salud fue la primera víctima de esa desautorización política. Ella había negociado el proyecto de emergencia con senadores oficialistas y opositores. Todos estaban de acuerdo. Sin embargo, funcionarios oficiales le soplaron al oído del ex presidente que esa declaración ahuyentaría el turismo del país. Néstor Kirchner habló directamente con Miguel Angel Pichetto, jefe del bloque kirchnerista, y le ordenó pulverizar el proyecto que la Cámara se proponía aprobar. Así se hizo. Pichetto tampoco pudo decirle que no. Es cierto que el escaso turismo de estos tiempos no viaja a países con epidemias sanitarias. Pero el problema existe y ya se conoce en el mundo. ¿Para qué ocultarlo?

El problema no es, en todo caso, el conocimiento público del problema. El conflicto consiste en que no hay un sistema sanitario eficiente en el país ni lo hubo durante los último seis años, producto de omisiones y olvidos de los gobernantes. Unos 1400 niños murieron en 2007 (Kirchner era aún presidente) de bronqueolitis. Había una epidemia de fiebre amarilla cuando el ex presidente entregó un gobierno que no tenía ni vacunas para enfrentar una peste vieja y erradicada desde hacía muchos años. Esos son los datos que murmuraron tres fuentes sanitarias del país. Las estadísticas han desaparecido. Que no se sepa.

¿Cómo se denuncia lo que se recibió cuando el Gobierno es, al fin y al cabo, el mismo? , preguntó, angustiada, una alta fuente oficial. Más de un lustro se llevó el debate sobre si el delito debía ser reprimido con leyes duras o con el llamado garantismo. Está ganando el peor remedio: la justicia por mano propia. Ahora, con el agua cerca de la boca, Néstor Kirchner les echó la culpa a los jueces por la tragedia de un crimen fuera de control. Los jueces tienen alguna culpa, cómo no, pero el mayor grado de responsabilidad recae en el propio gobierno. ¿Qué quiere hacer? Esa es la pregunta sin respuesta. Mientras tanto, las armas y los tiros, los muertos y los mutilados son demasiado frecuentes. No hay estadísticas.

Héctor Méndez, presidente de la Unión Industrial, recibió presiones para que se callara. Estaba denunciando que la actividad industrial se paró y que el Gobierno hace poco y nada. La dirigencia empresaria del interior había reclamado duramente en Buenos Aires por el silencio de sus líderes. Cayó el 50 por ciento la producción de chapas de acero en el mes de marzo, comparado con el mismo mes del año anterior. Es la mejor medición de la economía que se viene, porque las chapas les sirven a casi todas las ramas de la industria.

¿Es cierto eso o hay una conspiración en marcha? Por las dudas, Néstor Kirchner presionó para poner un delegado suyo en el directorio de Siderar, la principal empresa de acería del país. Quería nombrar ahí a tres dirigentes de la Unión Obrera Metalúrgica o a hombres de José María Díaz Bancalari, ex caudillo de San Nicolás, que propuso hace poco la estatización de esa empresa de la multinacional Techint. La empresa zanjó proponiendo el nombre de Aldo Ferrer, un economista respetado por la empresa y el Gobierno, para ocupar un lugar en el directorio. La presión a Siderar se hizo en nombre de acciones que estaban en manos de las AFJP y ahora están en poder de la Anses. El Gobierno había asegurado, cuando sucedió la estatización de los fondos de pensión, que no pediría lugares en los directorios de las empresas que habían hecho acuerdos con las AFJP. Palabras que la acción desmintió luego, como siempre.

La Secretaría del Tesoro norteamericana tiene razón en el fondo: la crisis económica internacional se profundizó aquí por la inestabilidad en las reglas del juego, que espantó la confianza en la economía local. Cristina Kirchner, insistente en convertir el pasado en el discurso del futuro, le respondió a Washington desde su tribuna en Puerto España: la crisis no comenzó, dijo, en los países periféricos, sino en los Estados Unidos. También ella tiene razón, salvo en el caso argentino. Aquí, la crisis ya existía antes de la crisis internacional.

Por algo, la Argentina debe de ser el único país del mundo que hoy está uniendo recesión con inflación. Los Estados Unidos y Europa están en recesión, pero reconocen una fuerte deflación de los precios. La Argentina, no. Miles de empleos se pierden todas las semanas en el país, pero no hay estadísticas que reflejen verazmente ese drama. Que no se sepa.

La oposición es la única que puede decirle que no a Kirchner en la aciaga noche de un domingo de elecciones. ¿Lo hará? ¿O ella tampoco podrá, encerrada en pobres disputas por un futuro que no ha llegado aún?

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