El hombre que marca las fronteras del Gobierno

Por Joaquín Morales Solá

"Nadie ha lastimado tanto a Cristina." La frase la suelta, entre balbuceos casi inaudibles, un ministro que trabajó para los dos Kirchner. La acusación implícita cae sobre el ex presidente y actual esposo presidencial. En efecto, Néstor Kirchner suele usar los frecuentes viajes internacionales de la Presidenta para volver a las tribunas encendidas del Gran Buenos Aires, donde dice discursos que acotan considerablemente los márgenes de acción de la jefa del Estado.

Anoche, con su esposa en Brasil y diciendo otro discurso inclemente y tórrido, redobló la apuesta contra el vicepresidente Julio Cobos, colocando ya la situación política al borde de una crisis institucional. También despotricó, no con una opinión distinta sino con la calumnia, contra Elisa Carrió y el ex ministro de Economía, José Luis Machinea. En rigor, fue Kirchner quien modificó la tablita del impuesto a las ganancias y la agravó notablemente.

Algunos días antes, en el acto en el que se dio el lujo de celebrar un año de gobierno de su esposa, cuando la Presidenta estaba en Rusia y no en la Argentina, empleó varias veces un mismo recurso retórico: "La Presidenta piensa que?". ¿La Presidenta no tiene palabra o, en cambio, Néstor Kirchner cree que sólo él expresa bien las ideas del matrimonio presidencial? Como Cristina Kirchner habla casi todos los días (y, en rigor, habla mejor que su esposo), debe colegirse entonces que el ex presidente confía sólo en él mismo para descifrar los enigmas del pensamiento conyugal.

"Hay que pensar que lo hace para preservarla", desliza otro funcionario de ambos Kirchner. Es cierto: hay que pensar eso. Sucede que a veces las intenciones son opuestas a los resultados. La imagen que se ha instalado en el imaginario colectivo es la de una presidenta que no gobierna y la de un ex presidente que controla la suma del poder dentro del Gobierno.

De hecho, muchos funcionarios recurren primero al ex presidente con las novedades, sobre todo cuando éstas no son buenas, y sólo después ven a la Presidenta. En algunos casos Néstor Kirchner instruyó a los funcionarios para que no trasladaran información a su esposa, porque no había, dijo, que aturdirla con malas noticias. Está bien como gesto humano, pero resulta que su esposa es la jefa del gabinete ejecutivo que gobierna el país. ¿Se puede gobernar sin la información necesaria, sea ésta buena, mala o regular? Desde ya que no.

Anteayer, cuando Cristina volaba a Brasil, Néstor Kirchner se subió a otro atril bonaerense y la emprendió contra Mauricio Macri y, por primera vez, contra Julio Cobos. Ya no hubo humanidad perceptible en esas embestidas. Cristina Kirchner acababa de mantener una civilizada y protocolar reunión con Macri en el Rosedal, como no se daba desde hacía mucho tiempo. Néstor Kirchner cuestionó duramente la conducción de Pro en la Legislatura porteña, donde dos legisladores votaron en lugar de otros tantos. Macri es el jefe político de Pro y, por lo tanto, las admoniciones del ex presidente lo castigaron también a él.

Los límites fueron establecidos por Néstor Kirchner. La relación del gobierno nacional con el porteño nunca deberá pasar de esos vaivenes protocolares. Por más que su esposa pondere el diálogo con palabras homologables por todo el mundo (aunque no lo practique), el ex presidente ratificó que su visión de la política nunca cesará de ser fragmentaria y provocadora.

Es una lástima que Néstor Kirchner no se haya acordado de los suyos en ese arrebato de respeto a las formas que pareció embriagarlo. Días antes, en la Cámara de Diputados, el kirchnerismo había reabierto dos veces la votación por el artículo que permite el blanqueo de capitales de cualquier calaña. Toda votación parlamentaria se termina con la primera ronda.

Las alusiones de Néstor Kirchner a Cobos fueron ciertamente más graves. En primer lugar, porque se trata del vicepresidente, al que agravió con el mote de "máquina de impedir". Anoche, directamente lo increpó a la distancia. Kirchner cree que los vicepresidentes están para lavar los platos. Tuvo problemas con los dos con los que debió convivir. A Daniel Scioli le enseñó el reglamento no bien asumió. Con Cobos le está resultando más difícil, pero Cobos es el vicepresidente de su esposa y no el de él.

Otra vez le marcó férreas fronteras a su esposa. Cristina Kirchner asumió el compromiso de participar el próximo lunes, en la Basílica de Luján, de una misa concelebrada que oficiará el cardenal Jorge Bergoglio con una treintena de obispos argentinos. El oficio religioso se realizará en conmemoración de los 30 años de la mediación papal que puso fin a los aprestos bélicos con Chile por un diferendo fronterizo. Cobos también se comprometió a asistir a esa misa y, por lo tanto, estará con la Presidenta por primera vez en público en mucho tiempo. Las palabras del ex presidente han destruido cualquier clima previo para un buen reencuentro.

Manejo directo del Gobierno por parte del ex presidente. Retaceo de información a la Presidenta y a ministros. Demarcación pública de los límites políticos de su esposa. La impronta del ex presidente explica, incluso, por qué las medidas más importantes del Gobierno en los últimos tiempos se tomaron sin la intervención ni el conocimiento de los ministros directamente afectados por ellas.

Hay que disimular y esconder el sistema de toma de decisiones. Dicen que Sergio Massa, jefe de Gabinete, ya está cansado de ir y venir entre los integrantes del matrimonio presidencial y que pronto podría trasladarse a la provincia de Buenos Aires con el pretexto de una candidatura a diputado. Florencio Randazzo podría reemplazarlo y Amado Boudou podría ocupar en marzo el sillón de Carlos Fernández. ¿Qué sillón? Con el desguace que le hicieron Julio De Vido y Débora Giorgi, la poltrona de los ministros de Economía se encogió hasta transformarse en un taburete.

Con la excepción de De Vido, a Randazzo, a Georgi y a Boudou los aguarda el mismo destino que a los otros. Néstor Kirchner es el que lleva las riendas de la economía y la política. Los extraños no tienen un lugar en ese estrecho mundo.

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