El hombre y el hambre

Por M. Grinberg.

A mediados de este mes, en Singapur, la mitad de la humanidad fue condenada a una paulatina agonía, como consecuencia de una vasta gama de trastornos climáticos reales, concretos y diarios, incrementados por una plaga creciente y arrolladora: el hambre.

A mediados de este mes, en Singapur, la mitad de la humanidad –más de 3.000 millones de individuos– fue condenada a una paulatina agonía, como consecuencia de una vasta gama de trastornos climáticos reales, concretos y diarios, cuyo origen y perspectivas es debatido infecundamente desde 1972, año de la primera cumbre de Naciones Unidas sobre el ambiente humano, en Estocolmo. Incrementados por una plaga creciente y arrolladora: el hambre.

Singapur es una isla-Estado situada al sur de la península malaya, al norte del archipiélago indonesio. Tiene unos cuatro millones y medio de habitantes. Y un problema central: carece de agua potable. Resuelve sus necesidades mediante tres tuberías que bombean el líquido desde un país vecino, Malasia. Y ha hecho sólidas inversiones para desalinizar el agua del mar, de donde hoy obtiene el 10 por ciento de su agua de consumo. Étnicamente, es una serena república de mayoría china, con gran influencia hindú.

Allí, los líderes de las 21 naciones que componen el APEC (Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico), encabezados por Barack Obama, de Estados Unidos, y Hu Jintao, de China, debatieron durante cuatro días la política a asumir durante el venidero cónclave de la ONU en Copenhague sobre cambios climáticos, junto a sus pares de Australia –el mayor exportador de carbón del globo–, Brunei, Canadá, Chile, Hong Kong, Indonesia, Japón, Corea, Malasia, México, Nueva Zelanda, Papúa Nueva Guinea, Perú, Filipinas, Rusia, Singapur, Taipei chino, Tailandia y Vietnam. Dadas las agudas divergencias reinantes entre las 192 naciones que se reunirán en la capital de Dinamarca, los asambleístas resolvieron no abocarse a un acuerdo de partes y postergaron las definiciones pertinentes para una reunión futura en 2010, tal vez en México.

Tres días después, otra importante reunión mundial celebrada en Roma por la FAO (Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura) para requerir fondos urgentes a los países ricos, y así poder cumplir hacia 2015 las llamadas Metas del Milenio aprobadas en 2000 a fin de reducir a la mitad el número global de famélicos, se topó con una realidad desoladora: no asistieron los líderes de los países ricos del Grupo de los Ocho. Sólo se hizo presente el jefe de Estado anfitrión, el primer ministro italiano Silvio Berlusconi. El director de la FAO, Jacques Diouf, declaró con pesadumbre: "Esperábamos que las naciones opulentas incrementaran la ayuda alimentaria anual, de 7.900 millones de dólares a 44.000 millones, pero no sucedió. No se fijaron objetivos, ni plazos, ni montos; apenas se reciclaron antiguas promesas".

Ban Ki-Moon, secretario general de la ONU, fue más patético: "Hay mil millones de personas que hoy no tienen nada para comer. Cada cinco segundos, muere de hambre un niño. Son 17.000 por día, seis millones por año. Esto es inaceptable. Tenemos que actuar". La declaración final de la conferencia no incluyó ningún compromiso al respecto.

En su libro El holocausto del hambre, el pedagogo Ezequiel Ander-Egg destaca: "Al principio, el hambre se hace sentir constantemente, ya sea cuando se trabaja, se descansa o se duerme. Incluso en los sueños se hace presente... El vientre parece que grita, luego se hincha. El cabello se vuelve gris. La piel se agrieta. El sujeto siente como si le estuvieran devorando los órganos... Pero llega un momento en que se pierde el hambre; el dolor ya no es agudo, se hace sordo. Un día, el hambriento ya no se levanta. Todo su pensamiento se eclipsa en un chisporroteo de centellas dolorosas. Pausas definidas y separadas en el ritmo respiratorio. La cabeza se inclina hacia atrás, la mandíbula queda colgante. Los ojos se apagan; la pesadilla se convierte en frío estupor. Y ese hambriento muere, sin ruido, acurrucado; ni siquiera puede protestar o rebelarse...". Este autor resalta que Europa gasta 500 millones de dólares por año en alimento para mascotas.

Ahora llega el turno de conversar en Copenhague. Contrariamente a lo sostienen con frecuencia ciertos titulares referidos a los denominados "cambios climáticos" en cuanto a que nuestro planeta "está en peligro", tal lectura apocalíptica es errónea. Los que estamos en peligro de extinción somos nosotros: la especie Homo Sapiens Sapiens.

El Sol comenzó a brillar hace unos 5.000 millones de años. Geólogos y geofísicos contemporáneos afirman que la edad de la Tierra es de unos 4.500 millones de años. La vida terrestre surgió hace unos 3.500 millones de años. Unos 25.000 años atrás se apagó el hombre de Neandertal, y pasamos a ser la única especie humana sobre este globo, identificándonos sencillamente como "el hombre".

El hambre es un grito agónico que nadie quiere escuchar.

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