Las historias ocultas de diciembre de 2001

Por Nicolás Wiñazki.

Cinco presidentes. Duhalde pidió que Chiche decidiera. Coti Nosiglia encargó champagne. Una jueza amenazó con encarcelar a Camaño. Scioli se ofreció ante Rodríguez Saá. Anécdotas de los días de furia.

A Campo de Mayo. El 19 de diciembre de 2001, con el país hecho una furia, Fernando de la Rúa regresó a dormir a la Quinta de Olivos después de haber decretado el estado de sitio, tras haber evaluado durante todo el día la posibilidad de intervenir la provincia de Buenos Aires, ya que acusaba al gobernador, Carlos Ruckauf, de haber iniciado los saqueos en el conurbano bonaerense que dieron inicio al fin de la gestión de la Alianza. El presidente aún no sabía que lo peor no había pasado. No bien hubo llegado a Olivos, encontró al jefe de la custodia desesperado: la policía bonaerense había “levantado” su custodia de la residencia oficial, por lo que estaba en riesgo la seguridad de la familia presidencial. “Si se mete la gente, ¿qué hago? ¿Tiramos? No tenemos capacidad de represión”, preguntó un custodio. El oficial propuso entonces una salida insólita en tiempos de la democracia: le dijo a De la Rúa que debía irse a dormir a las instalaciones militares de Campo de Mayo. El radical se negó. Los nervios eran cada vez más intensos, ya que comenzaron a correr los rumores de que varios manifestantes intentaban saltar la pared de la casa de los presidentes. Antonio de la Rúa encontró la solución: se comunicó con el secretario de Seguridad, Enrique Mathov, quien envió de inmediato a una cuadrilla de efectivos de la Policía Federal para resguardar los muros de Olivos.

Pastilla y champagne. La noche anterior a su renuncia, De la Rúa era un fantasma. Después de pasar momentos de incertidumbre sobre su propia seguridad y la de su familia, se fue a dormir. El gobierno se caía a pedazos y sólo algunos pocos intentaban sostenerlo. Uno de ellos era el máximo operador de la UCR, Enrique Nosiglia, quien había pasado la tarde y la noche reunido con los jefes del peronismo tratando de llegar a algún tipo de tregua. Nosiglia terminó esas reuniones y fue de inmediato a Olivos. “Despertá al viejo. Tengo que contarles las novedades”, le pidió a Antonio de la Rúa. El hijo presidencial se sumergió en la habitación del presidente y después de un tiempo volvió sin respuesta: “Es imposible. No se despierta. Se debe haber tomado alguna pastilla”. Nosiglia soltó un suspiro antes de lanzar una sentencia entre irónica y triste: “Entonces abrí un champagne. El gobierno se terminó”.

El doble comando de Duhalde. Desde la mañana del 20 de diciembre la clase política sabía que Fernando de la Rúa iba a renunciar ese día. Los máximos jefes del peronismo empezaron entonces sus rondas de encuentros para negociar quién de ellos iba a asumir en reemplazo del radical. La mayoría de las reuniones se hicieron en los despachos de los senadores del PJ. Pasaron varias cosas hasta que Adolfo Rodríguez Saá fue elegido como el nuevo presidente. Una de ellas fue que se había negado a asumir Eduardo Duhalde. El dirigente bonaerense lo expresó a su modo en una reunión que se hizo en el despacho del senador Jorge Yoma. “Eduardo, tenés que asumir la Presidencia”, le dijo Carlos Ruckauf a Duhalde. El bonaerense estaba muy nervioso y se puso peor cuando escuchó esa frase. Fue entonces cuando se tomó los codos con las manos, y mientras se movía de un lado para el otro repetía: “No puedo, no puedo, no puedo, le tengo que preguntar a Chiche”. Al poco tiempo confirmó lo que sus aliados temían: después de hablar con su esposa, dijo que no.

Nace una estrella. El 20 de diciembre, en un salón del Senado, los jefes del peronismo decidieron que Adolfo Rodríguez Saá iba a asumir en lugar de De la Rúa, tras un breve ínterin de Ramón Puerta al frente del Ejecutivo. Adolfo salió triunfal del despacho del Congreso, donde fue “designado” presidente. De inmediato se topó con un dirigente muy entusiasta. Era Daniel Scioli: “Adolfo, ¿qué tal? Soy Daniel Scioli, quería decirte que podés contar conmigo para lo que necesites”, lo saludó el ex motonauta, que nunca había desempeñado un cargo ejecutivo. Rodríguez Saá estaba exultante: “¿En serio puedo contar con vos? ¿Y qué te gustaría hacer?”. Scioli no dudó: “Siempre me interesaron el turismo y el deporte”. El flamante presidente encontró la excusa perfecta para hacer su primer nombramiento en el Gabinete, a pesar de que se encontraba en un pasillo del Senado: “Listo, entonces, quedás formalmente nombrado nuevo secretario de Turismo y Deportes”. Scioli no lo podía creer. Tras la renuncia de Saá, continuó en esa secretaría, con la que recorrió todo el país durante la gestión de Duhalde, y desde la cual saltó a ser candidato a vicepresidente de Néstor Kirchner.

Camaño preso. El 30 de diciembre, Adolfo Rodríguez Saá anunció su renuncia a la Presidencia dando un discurso por tevé desde San Luis. El vacío de poder era total. Renunciado el puntano, y también el presidente provisional del Senado, Ramón Puerta, quien debía asumir en el Ejecutivo era el titular del Congreso, Eduardo Camaño. Pero Rodríguez Saá tardó varias horas en enviar su renuncia a la Asamblea Legislativa, por lo que Camaño se negaba a asumir sin que eso ocurriera. Durante varias horas, entonces, la Argentina no tuvo presidente. Mientras Camaño esperaba en su despacho del Congreso que Saá enviara su renuncia por escrito, recibió un llamado de la jueza electoral, María Servini de Cubría, que le dijo que tenía que asumir la Presidencia lo antes posible. Camaño le explicó a la magistrada que no podía hacerlo hasta que no se cumplieran todos los pasos legales, y entonces Servini se exaltó: “¡Si no asume voy a tener que meterlo preso!”, le avisó. Camaño logró calmarla diciéndole que él iba a hacer todo lo que indicaba la Constitución. Un par de horas después, y tras varias gestiones iniciadas por el escribano general de la Nación, Natalio Echegaray, Rodríguez Saá envió su renuncia por fax. Así asumió Camaño su mandato de un día.

La caja vacía. Eduardo Duhalde asumió la Presidencia en una de las peores crisis económicas de la historia. El Estado estaba quebrado, literalmente. Duhalde contó varias veces frente a sus íntimos que a poco de asumir llamó a su flamante secretario de Hacienda, Carlos Mosse, para que le hiciera un análisis de la situación de las arcas públicas. El bonaerense estaba preocupado porque debía afrontar el pago de las jubilaciones en pocos días. Pero Mosse estaba más desolado que él: “No hay nada, ni un peso, Eduardo. No tenemos un solo mango”, le explicó durante una reunión en la Casa Rosada. Duhalde no lo podía creer. Su gestión iba a ser dura.

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