Historias de un Fino y un niño bien

Por A. Fernández.

Es penoso ver que en tan poco tiempo las acciones de un oscuro policía hayan deglutido a un gobernante elegido en democracia y que hoy se agita ahogado en su soberbia de no haber oído a quienes le advirtieron lo que ocurriría

Mauricio Macri ha cumplido su sueño: tener un cuerpo policial que le responda. Ha logrado instituir la Policía Metropolitana, una peculiar fuerza que no opera como auxiliar de la Justicia y que no tiene aptitud legal para brindar seguridad en la ciudad de Buenos Aires.

Aunque nadie entiende claramente qué es lo que hace esa policía, Macri la ha dotado de autos, motos y hasta de armamento. Tan encantado está con su fuerza que ha dejado trascender la creación de una suerte de "equipo de elite" que aunque aspira convertirse en el SWAT porteño carece de toda competencia normativa para serlo. Nada de eso importa en una gestión signada por la estética y en la que, al fin y al cabo, las cosas no son como son sino como se exhiben.

Pese a tanto desconcierto, esa rara policía ya contabiliza más de 800 efectivos. Se desconocen cuáles serán sus funciones mientras la Policía Federal siga teniendo competencia sobre la ciudad. Todo eso es secundario en la lógica de quien piensa que sólo se trata de mostrar y no de hacer.

Macri encomendó a Jorge Palacios, el Fino para sus amigos, la tarea de ponerla en marcha. Palacios es un ex comisario de aquella Policía Federal definitivamente cuestionado por diversos sectores de la sociedad civil. El jefe de Gobierno supo de esas impugnaciones desde el mismo momento en que lo propuso para conducir su fuerza, pero hizo oídos sordos a todas las objeciones que escuchó.

Poco tiempo después de nombrarlo, Macri tuvo que echar a su querido Fino cuando supo que la Justicia, tal como muchos le habían anticipado, acababa de procesarlo en una causa en la que se investigaba su actuación como policía en la dilucidación del atentado contra la AMIA. Al despedirlo, se lamentó por hacerlo y lo colmó de elogios.

Para entonces, Palacios ya había seleccionado a cada uno de los miembros de la ampulosa Policía Metropolitana. Entre ellos, se destacaba un agente de inteligencia llamado Ciro James, hoy apresado por haber realizado escuchas telefónicas ilegales al presidente de la asociación que reúne a los familiares de las víctimas del atentado perpetrado contra la AMIA. El espiado era, precisamente, uno de los más severos fiscales del Fino Palacios. ¿A algún otro que no fuera el acusado podría interesarle saber qué es lo que dicen sus acusadores?

El otro espiado por James es un cuñado de Macri. ¿Quién podría estar interesado en la información que surge de esas escuchas telefónicas ilegalmente obtenidas?

Al abandonar la jefatura de la Policía Metropolitana, Palacios puso un sucesor en el mismo cargo que dejaba vacante: el comisario Osvaldo Chamorro, un hombre al que ahora le endilgan haber hecho seguimientos de diversas personalidades, entre ellas, dirigentes opositores al gobierno al que servía. ¿A qué fuerza política podía interesarle lo que hacen los rivales del PRO?

A esta altura de los acontecimientos, sabemos que en la ciudad de Buenos Aires se ha puesto en marcha una policía que muy poco puede hacer en favor de la seguridad ciudadana, pero que se ha mostrado muy activa para desplegar acciones de inteligencia interior en desmedro de las libertades individuales.

Por las cosas que Macri aún repite con cierto desparpajo, esa fuerza policial que lo enorgullece está dotada de toda transparencia. Lamentablemente, no parece tener razón. Aunque tiene muy pocos meses de vida, los jefes que hasta aquí tuvo están siendo investigados por la Justicia y uno de sus agentes está preso por haber vulnerado la intimidad de personas a quienes escuchaba en sus contactos telefónicos. Como si ello no bastara, el responsable de la administración de la fuerza acaba de renunciar tras ser procesado por el presunto pago de sobreprecios en contrataciones que realizó.

Hasta aquí, la experiencia de la policía de Macri es desastrosa. Nada aportó a la tranquilidad de la gente. Sólo demostró cierta vocación por espiar, pero una envidiable ineficacia en hacerlo.

El más desprevenido de los porteños diría que la causa determinante de semejante cuadro ha sido la designación de Jorge "Fino" Palacios al frente de la policía de Macri. Por él llegó Ciro James. Por él quedó Chamorro como jefe de la organización cuando debió abandonarla de urgencia perseguido por la Justicia.

¿Por qué Jorge "Fino" Palacios llegó hasta allí? Por exclusiva responsabilidad de Mauricio Macri, para quien el comisario siempre fue una suerte de modelo a seguir.

Esa conclusión es inevitable. Todos la comparten. Sólo Mauricio Macri parece creer que lo ocurrido es el resultado de una confabulación desestabilizadora.

En un tiempo en el que parece que muchos se interesan por saber qué hacen en privado sus opositores, lo sucedido en la Policía Metropolitana reviste una gravedad singular. No sólo por lo miserable de la conducta de quien espía, sino también porque esa conducta fue llevada a cabo por quienes estaban amparados en la inmunidad que ofrece el ser parte de una estructura dedicada a preservar la seguridad interna del Estado.

Como es evidente lo público y notorio de cuanto hasta aquí se ha dicho, es muy difícil pensar que todo ello tenga el propósito desestabilizador que Macri propone. Tan difícil como admitir que lo ocurrido guarda alguna semejanza con el Watergate que puso fin a la presidencia de Nixon. Tan ridículo como asimilar a Richard Nixon con el pequeño Macri.

Pero todo es posible en este escenario político que ofrece la Argentina, tan colmado de sujetos vociferantes y tan vacío de sentido común. Un escenario donde los errores de quienes gobiernan generan consecuencias inquietantes que al ser denunciadas pretenden ser acalladas imputándoles cierta vocación desestabilizadora.

En la Argentina hay desestabilizadores. Son muy pocos. Marginales de la sociedad política que carecen de aptitud moral suficiente como para predisponer al conjunto social en igual sentido de quienes quieren hacer tambalear las instituciones.

Pero en la misma Argentina hay mucha gente que observa con asombro cómo se suceden errores en las decisiones que toman quienes tienen la misión de administrar la cosa pública. El asombro rápidamente se convierte en indignación y es esa indignación la que deviene en queja y denuncia. No en desestabilización.

Cuando la queja se expande en la sociedad, no se vuelve golpista por ello. Sigue siendo queja, aunque algunos –pocos y marginales– quieran llevarla al ámbito de la desestabilización para que la institucionalidad sufra.

Ha quedado visto que cuando la queja lo acorrala, el poder se defiende encasillando a los críticos bajo el rótulo de "desestabilizadores". A esta altura de los acontecimientos, ése es un modo de operar de todos los que gobiernan. Con ello, es mucho más lo que demacran que lo que fortalecen a la calidad democrática.

Hubiera sido más digno que Macri admitiera la gran equivocación que significó la insolencia de imponer a Palacios como jefe policial cuando todos le advertían del riesgo al que se exponía. Nada le hubiera costado hacerlo, máxime si se tiene en cuenta que el suyo es un gobierno que se mueve bajo la lógica de "la prueba y el error".

Pero no pudo. Prefirió cargar las consecuencias de su falta en las espaldas de los "desestabilizadores" que la contaban al público su inadmisible decisión. La misma práctica de todo gobierno impotente. La misma gestualidad de esa política vetusta que Macri, entre otros, venía a combatir.

Es penoso ver que en tan poco tiempo las acciones de un oscuro policía hayan deglutido a un gobernante elegido en democracia y que hoy se agita ahogado en su soberbia de no haber oído a quienes le advirtieron lo que ocurriría.

Pero así es Macri. Tal vez sea, como dice el tango, "pretencioso y engrupido". Como todo "niño bien".

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