"La historia terminará rescatando las verdades de mi gobierno"

Tras la muerte de Raúl Alfonsín, Menem destacó la figura del líder radical y anticipó que su gestión también será valorada
Luego de la imponente respuesta que la sociedad mostró ante la muerte del ex presidente Raúl Alfonsín y el rescate de los valores que el líder radical encarnó, PUNTAL realizó una entrevista exclusiva con Carlos Menem, quien hizo un balance del primer gobierno de esta etapa democrática y arriesga cómo cree que lo recordará la gente tras la experiencia de la semana pasada.

¿Qué rescata, a 20 años de que Alfonsín le dejara de manera anticipada el gobierno, de la gestión del ex mandatario?

Rescato la estatura política del doctor Alfonsín, su capacidad de atender no sólo la opinión de otros, sino la interpelación de la realidad; destaco su coraje para enfrentar inclusive la opinión de su propia fuerza política cuando se trataba de asumir responsabilidades ante el presente y el futuro del país. Los grandes políticos se miden en las dificultades, cuando es preciso remar contra la corriente. El doctor Alfonsín es justamente ponderado por haber impulsado los juicios a las Juntas del Proceso; pero no es debidamente valorado por el esfuerzo que debió encarar con las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Con ellas él quiso resolver los desequilibrios políticos que se generaron cuando quedó desbordado el programa sobre el tema que él había formulado en la campaña que lo llevó a la presidencia. El había dicho con mucha claridad que debían ser juzgados "quienes dieron las órdenes" y "quienes se excedieron en su cumplimiento". Era un modo de trazar una línea, fijar políticamente responsabilidades y evitar la idea de una sanción generalizada contra las instituciones armadas. Era también un esfuerzo (incompleto, es cierto: por eso debí asumir yo más tarde la responsabilidad de los indultos) para zanjar las divisiones de las décadas anteriores y mirar para adelante. Muchos le cuestionan aún ese gesto de estadista, como en su momento cuestionaron a Frondizi –hoy reivindicado por todo el mundo- su coraje de revisar criterios que había sostenido antes sobre el petróleo cuando comprendió que era otra la política que la Argentina necesitaba.

¿Qué le critica al primer gobierno de esta etapa democrática?

Hay críticas que están en la esfera y los tiempos de la política: esas las hice en su momento. Éramos, al fin de cuentas, adversarios (lo que no impidió que en muchos asuntos fundamentales, acordáramos políticas de Estado). En cualquier caso, creo que no acertó en el terreno económico. El radicalismo estaba aún muy amarrado a ideas anacrónicas y no tenía conciencia del papel reaccionario y disolvente que la inflación juega en la sociedad. Ese flagelo terminó transformándose en el peor enemigo de la comunidad y del propio gobierno del doctor Alfonsín: fue un desafío que lo superó y terminó empujándolo anticipadamente fuera de la presidencia.

El Pacto de Olivos es uno de los principales reproches que se le hizo al ex presidente, ¿qué debería valorar la sociedad de ese acuerdo que firmó con Alfonsín?

Hay una visión sesgada que demonizó la palabra pacto, degradándola al nivel de la maniobra turbia y sospechosa. La política, sin embargo, no se hace con iluminaciones autoritarias, sino con diálogos, acuerdos, pactos. Rechazar los pactos es una negación de la política y una apelación, así sea implícita, a la fuerza (que sólo es justificable en instancias excepcionales). Nuestra Constitución, aprobada en 1853, se basa en "pactos preexistentes". El acuerdo de reforma constitucional al que llegamos con Alfonsín se coronó en una reforma que fue aprobada por todas las fuerzas políticas que participaron en la Convención de 1994. Mucho de esa reforma es el fruto de la iniciativa y la voluntad política de don Raúl. Aunque no hablé con él sobre este tema, estoy convencido de que lo decepcionaron algunas consecuencias de esa reforma. Y a mí también. Pero no me arrepiento de muchos cambios que resisten el examen del tiempo. Y mucho menos de que esa reforma haya sido producto de un acuerdo que no fue sólo de dos, sino de todos los convencionales, que lo votaron casi por unanimidad.

¿Qué lectura hace de la respuesta de la gente tras el fallecimiento de Alfonsín? ¿Se rescató la figura en sí misma o también influyó el contraste con los modos actuales de hacer política?

Tuvo entreveradas las dos significaciones. De un lado, el adiós a un hombre que encarnó un momento excepcional para millones de personas. Simultáneamente, y por contraste, como usted señala, había una crítica no siempre implícita al estilo de los que hoy gobiernan, que constituyen la contrafigura del espíritu de diálogo, concordia y acuerdos políticos que don Raúl representaba. El, justamente, en vísperas del final, dictó un mensaje en el que censuró el adelantamiento "sin consenso" de las elecciones y llamó a un "urgente acuerdo entre las distintas fuerzas políticas y sociales en defensa de la república y de la gobernabilidad", lo que constituye un diagnóstico y un pronóstico. El rescate de la figura de Alfonsín fue también el rescate de ese mensaje.

¿La historia debería rescatar la versión negativa de Alfonsín de 1989 o la que se vio esta semana?

Aquella salida anticipada no resta méritos a tanto buen trabajo que el doctor Alfonsín se empeñó en realizar en esos años convulsionados. No se eligen las circunstancias cuando se acepta el compromiso de gobernar. A él le tocaron momentos graves. Y las que me tocaron a mí tampoco fueron, por cierto, un lecho de rosas. Tanto aquellas reacciones intensas que lo dejaron impotente en 1989 como la enorme emoción que vivimos ante su muerte se desvanecen con el paso del tiempo. Queda lo fundamental: el doctor Alfonsín será para siempre el primer presidente de la democracia recuperada y seguirá simbolizando la enorme esperanza con que toda la Argentina emprendió esa recuperación.

¿Cómo cree que la sociedad lo recordará a usted, que fue quien sucedió en 1989 al líder radical?

Como le decía, la historia transforma la mayoría de las pasiones del presente, especialmente las malsanas, en pequeñas notas al pie. Queda lo importante. Vale la pena recordar que hasta la década del ‘90 ciertos procedimientos que eran y son normales en otras latitudes no lo eran en nuestro país. Ejemplos: conocer con precisión los precios de todos los productos, que éstos sólo aumentaran en circunstancias verdaderamente excepcionales; contar con el funcionamiento regular de las heladeras en verano y las estufas en invierno; adquirir una o varias líneas telefónicas (y, caso de estar previamente beneficiado con una, poder comunicarse); conectarse a través de teléfonos celulares, conseguir con sencillez un crédito para acceder a la vivienda propia o para comprar autos o bienes hogareños; viajar o transportar mercancías a través de caminos, rutas y autopistas en buen estado; estar conectado al mundo a través de Internet gracias a una vastísima red de fibra óptica; exportar a través de puertos modernos y eficientes; vivir en un clima de paz, sin cargar con los odios y resentimientos del pasado; transitar libremente por las calles sin ningún temor; gozar de una absoluta libertad de expresión … Además de salir de la hiperinflación y garantizar una década de estabilidad de la moneda, hay que computar que las escuelas secundarias incrementaran explosivamente su población estudiantil, que la oferta universitaria se ampliara, diversificara y descentralizara, que la Argentina tuviera una presencia activa y respetada en la región y en el mundo, que resolviera armoniosamente los conflictos limítrofes con Chile, que asumiera sus responsabilidades en el nuevo orden mundial, que nuestros militares participaran destacadamente en las misiones de paz de las Naciones Unidas, que sostuviéramos un desarrollo nuclear y misilístico independiente y pacífico, integrado a los organismos internacionales de control, constituían otras tantas novedades que en modo alguno se deducían automáticamente del pasado anterior. Que la Argentina buscara y encontrara un lugar en una situación internacional nueva, signada por la caída del muro de Berlín y la autodisolución de la Unión Soviética, no fue poca cosa.

Una vez realizados los cambios, todo el mundo se siente con licencia para criticar y, por supuesto, todo el mundo tiene ese derecho. Pero en los ataques a mis dos períodos como presidente noto a veces que algunos se inventan unos años ‘90 deformados para facilitarse la crítica. A veces se atribuyen a los ‘90 rasgos sociales que corresponden a la década siguiente, en particular al gobierno de la Alianza y a la brutal devaluación monetaria que lo sucedió: a la brecha social bárbaramente ensanchada después de diciembre de 1999. Fue en la etapa abierta en el 2000, con el "cambio de modelo", cuando esa brecha llegó a cuadruplicarse por comparación con los '90. Creo que a la corta o a la larga, la historia recogerá esas verdades.

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