La historia, según Luis Juez.

Finalmente, Luis Juez decidió no acordar con la UCR. Lo hizo a través de una carta, a la usanza de Honoré de Balzac, desdeñando el correo electrónico o el telefonazo: las decisiones trascendentes deben quedar por escrito.
El argumento del líder del Partido Nuevo para la ruptura está cargado de mesianismo y egolatría. Tras recordar que a inicios de febrero tanto él como sus seguidores generaron "un gesto sin precedentes en la política cordobesa" al invitar al radicalismo a un acuerdo electoral, se lamenta que las "internas partidarias parecieran ser el tema de desvelo de algunos irresponsables" y no el acuerdo con Juez quien -como se vanagloria- representa "la honestidad, la transparencia y los valores más virtuosos".

Semejantes conductas son incomprensibles para un dirigente acostumbrado a hacer lo que se le antoja dentro su partido, organización que funciona como una especie de coartada institucional de sus ambiciones personales.

"La historia no espera a quienes le queda grande", apostrofa Juez en su misiva. El mensaje es un cross a la centenaria mandíbula: él es la historia tamaño "XL" (extra large) y los radicales apenas una historieta "S" (small)", un cómic para políticos anoréxicos. A modo de paráfrasis inversa a la de Carlos Menem, si no lo siguen, entonces los defraudará, disfrutando él solito las mieles de la victoria en las próximas elecciones, mientras los muchachos de Negri hacen pucheritos.

Es muy interesante advertir que el líder del "fin del choreo" no se anda con chiquitas. Cuando algo le sale mal, es víctima de una confabulación universal, en donde conspiran presidentes de mesa, gobernadores, jueces y fiscales para robarle elecciones o sus "sueños", figura onírica largamente frecuentada en su epistolario. Pero cuando las cosas parecen ir bien, el hombre es la encarnación de la Historia; casi un objeto hegeliano. Es la encarnación de una fuerza sobrenatural a la que los demás deben temer o sojuzgarse. "Lamentamos que su partido y su dirigencia no hayan sabido valorar esta cita con la historia", amonesta Juez a Mario Negri al final de su carta. Le faltarán aliados, pero le sobra megalomanía.

Si no conociéramos el endeble andamiaje conceptual del personaje, podría decirse que piensa más como un Mesías autoritario antes que como un referente democrático. De lo contrario, no puede explicarse que enrostre por escrito a la UCR que muchos de sus dirigentes se sientan "más cómodos en los mullidos sillones de los despachos de Caserio, Parrilli, Randazzo o los jardines de Olivos que en una discusión (… ) cara a cara con la sociedad"… ¿No es, acaso, propio de una discusión transparente e institucional el dirimir cuestiones tan importantes como un acuerdo electoral en una compulsa interna? ¿Qué cree Juez que es hablar con la sociedad? ¿Hacer declaraciones públicas y pactar alegremente con él, a despecho de lo que piensen los demás? Todo parece indicar que Juez sindica como un disvalor lo que la Constitución Nacional consagra como principio fundamental del sistema democrático. Preocupante conducta para alguien que pretende ser gobernador de la Provincia:

No se piense que exageramos al sostener esto. La sentencia con la que remata su amarga despedida del radicalismo -"es evidente que los tiempos de la República no son los tiempos del Comité"- es una confesión de su falta de fe en el pluralismo. Juez considera que la velocidad es republicana, mientras que el debate es decadente. La celeridad hace la historia; la reflexión es un agente de la reacción, del pasado. En el fondo, Juez nos enseña que la República es la TV y no las instituciones, y que todo es reducible a un reportaje. Lo que no cabe en este espacio es antihistórico.

El cinismo del argumento es sorprendente. Sólo una mente desequilibrada puede creer que la República se salvará por las decisiones intempestivas y personales, cuando aquélla supone -por el contrario- el debate de las ideas y la existencia de reglas para tomar decisiones cuando no exista la unanimidad. Por eso hay gente que vota para dirimir asuntos importantes. Quizá el mundo perfecto de Juez no sea el de la Constitución, con sus molestas reglas y división de poderes, sino el de un bondadoso bonapartismo, con él en la cúspide repartiendo favores a sus amigos del fútbol y jugando al populismo berreta.

Menospreciar al comité para justificar a la República es ignorar que en la Argentina estos cuerpos tienen un respaldo constitucional a través de los partidos organizados democráticamente. Si Juez preside una fuerza en donde sus órganos son piadosos conglomerados de obsecuentes, no debería deducir que el resto de las agrupaciones deberían adoptar tan opinable organización. En esto, el ejemplo debería ser la UCR, no el Partido Nuevo. Es una lástima que pocos lo digamos.

Morales no lo entiende

Pero no todos parecen entender esto, inclusive algunos radicales. Ayer se conoció que el presidente del radicalismo nacional, el senador Gerardo Morales, abogó intensamente ante las autoridades partidarias para que cerraran el acuerdo con Juez, con el argumento que ya es un "dirigente de gran peso en el país". Incluso fue más allá al afirmar que puede haber correligionarios con "intereses no claros" o inconfesables detrás de los antipactistas. Morales sueña con derrotar al kirchnerismo el 28 de junio y, en su visión, Juez es un aliado estratégico.

Pero esto no es necesariamente cierto en Córdoba. Aquí el kirchnerismo ganó jamás una elección. De hecho, apenas si se especula si sale tercero o cuarto. Exista o no acuerdo entre el Frente Cívico y la UCR, la suerte del gobierno nacional está echada. Ni siquiera el peronismo oficial se animará a proclamarse abiertamente oficialista en la próxima campaña.

Por tal razón no es justo acusar a los intendentes radicales (indiscutibles líderes territoriales) de connivencia con el gobierno provincial o con el ministro Randazzo. Ellos tienen que gobernar en una situación de crisis, y tienen todo el derecho del mundo a pensar que Juez perjudica a su partido. Después de todo, son ellos los que ganan las elecciones y no precisamente Negri, el principal fogonero del Pacto de Oliva. Pretender cerrar un acuerdo electoral prescindiendo de sus opiniones es reducir a escombros el poder territorial del radicalismo. Esto lo sabe toda la UCR, excepto Morales, actualmente ocupado en recuperar los radicales K que él se preocupó en echar en su momento.

Una cosa es clara: la alianza con Juez supone el triunfo, pero no el futuro. En tal hipótesis, hacia 2011 el radicalismo debería consultar hasta el precio del alquiler del cartel que luce sobre su Comité Central con su nuevo y victorioso amo. Sus dirigentes más autónomos serían sometidos con irritante frecuencia a sus típicas monsergas en el sentido que "viven de la bragueta de Unión por Córdoba" o cosas por el estilo. Es difícil convivir con alguien que se cree elegido por la Historia y, por lo tanto, capaz de distinguir a los buenos de los malos en un abrir y cerrar de ojos. Hasta Negri puede entender esto: un año atrás, era el propio Juez quien lo sindicaba como comprado por José Manuel de la Sota para evitar su ascenso a la gobernación.

¿El nuevo político?

Es probable que Juez sea el político del futuro. Banal, ególatra, pendenciero, maleducado, contradictorio, casi un epifenómeno de la degradación que vive el país y cuyo ejemplo se percibe a diario en los medios de comunicación. Su frase en Canal 12 -"le vamos a pegar una biaba a (Juan) Schiaretti que le pido que se tome un par de caipirinhas y se ponga en pedo para que no se dé cuenta de la paliza", es una muestra de su rústica arrogancia.

La pregunta es si se aceptará mansamente que este estilo sea el modelo de rol de los futuros políticos o si -por el contrario- se comprenderá que tal nivel de grotesco es incompatible con una sana gestión pública y con el necesario nivel de tolerancia que una democracia madura requiere. Esta es una cuestión que nadie en Córdoba ha planteado con la fuerza suficiente.

Juez descree de las instituciones, ignora su propio pasado, habla de sí como un elegido e insulta al que no piensa como él. Llega al extremo de hablar de República al partido más democrático que existe, reclamándole que, en aras de seguirlo, abdique de sus mecanismos de debate interno. Hoy lo hace con la confundida UCR, probablemente mañana lo haga con los confundidos cordobeses. La perspectiva asusta a cualquiera que le guste la historia. Y no precisamente la que dice encarnar Juez.

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