Historia íntima: la noche de la derrota

Por Julio Blanck.

Paso a paso, los enojos, las decepciones y la frustración que inundaron el búnker del kirchnerismo durante el domingo de la caída electoral. Una noche en la que empezaron a alejarse del poder.

Apenas pasadas las once de la noche Hugo Moyano avisó: "Bueno, muchachos, yo me voy". Alguien le preguntó, asombrado: ¿cómo te vas a ir ahora?. El jefe de la CGT se dio vuelta y le contestó: "¿Y para qué me voy a quedar? ¿No ves que ya perdimos?". Con el mismo demoledor tono tranquilo agregó: "Esto me hace acordar cuando Herminio decía que había que esperar porque faltaban los votos de La Matanza". Saludó a nadie en particular y se fue rápido de ese piso 19, donde empezaba a cocinarse el guiso amargo de la derrota.

La mención de Moyano a Herminio Iglesias esperando los votos que nunca llegaron en aquella noche de octubre de 1983, en la que Raúl Alfonsín le ganó la elección al peronismo, fue una de las moderadas crueldades que se vieron y escucharon en el Hotel Intercontinental, donde Néstor y Cristina Kirchner vivieron hora por hora la verificación de su derrumbe.

"Era un velorio, y estábamos todos tan mal que ni siquiera se comieron las masitas" contó otro de los asistentes a la intimidad de esa noche tremenda.

Kirchner estaba desde temprano y Cristina llegó después de las ocho y media. La espaciosa suite que cobijó su desesperanza tiene 150 metros cuadrados, con una recepción amplia que estuvo poblada por media docena de televisores, un living algo más íntimo y después la antecámara. Allí, en una esquina se instaló una computadora en la que Máximo, el hijo mayor de los Kirchner, junto a su novia, seguían los resultados que iba informando el escrutinio oficial. El dormitorio permaneció cerrado: nadie pudo apreciar el mueble chino en madera oscura, con imágenes pintadas de cañas de bambú y ruiseñores. Ni el fresco firmado "N.Popova 94", con figuras de arlequines, que ocupa todo el espaldar de la cama.

El hotel estuvo repleto de agentes de seguridad. Había ocho niveles de acceso, identificables por el color de unas pulseritas plásticas que recibía cada persona que entraba al edificio de la calle Moreno. Las pulseras rojas daban ingreso irrestricto al piso 19. Las tenían Kirchner, Cristina, Máximo y los funcionarios más cercanos. En el otro extremo de las barreras de prevención, los empleados del hotel tenían pulseras turquesa.

En el piso 18 estaban los hombres del gobernador Daniel Scioli, aunque él, su Jefe de Gabinete Alberto Pérez y un puñado más también accedían al piso de los Kirchner. En el 17 había ministros del gabinete nacional y dirigentes kirchneristas. En un salón enorme del segundo subsuelo se montó el centro de prensa, con despliegue de pantallas y preparativos de festejo, que se fueron apagando sin pena ni gloria mientras avanzaba la noche y llegaban las noticias demoledoras del escrutinio.

Pasadas las ocho y media de la noche apareció Sergio Massa. Venía de Tigre. Traía el gesto duro. En el piso 19 se cruzó con Scioli, que estaba ahí desde hacía unos minutos y también andaba con la cara larga. "Está bien complicada" dijo Massa. "¿Quién se anima a entrar y decírselo?" preguntó Scioli. "Yo voy" contestó Massa y se metió en el recinto principal. Scioli estaba furioso. Pero es hombre que sabe controlar sus enojos. Sobre todo con Kirchner.

Dos ministros le aseguraron a Clarín que no hubo tonos airados en el reproche de Kirchner a Massa, por la enorme diferencia en Tigre entre el voto a la lista de diputados (39%) y la de concejales (53%) que encabezó Malena Galmarini, la esposa de Massa. Otras fuentes, entre ellas personal del hotel, aseguran que pocas veces habían escuchado tantos insultos.

Cristina ya sabía que la mano venía mal cuando llamó a Florencio Randazzo, seis minutos después de las nueve. Le ordenó al ministro del Interior difundir sin demora los datos del escrutinio. El Gobierno se había comprometido a entregar resultados desde las 21 y la Presidenta no quería que se la acusara de manipular las cifras.

Los kirchneristas habían llenado las tres horas anteriores, desde el cierre de las mesas de votación, con burdos intentos de instalar en los medios, a través de la difusión de bocas de urna favorables, una victoria que no existía. La triste tarea fue encomendada, mediante orden telefónica desde el piso 19, al secretario de Medios, Enrique Albistur, y al vicejefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina.

¿Mintieron sabiendo que lo hacían? No hay una versión única sobre este punto. A Kirchner, los encuestadores amigos le informaron durante el día que tenía ventaja de 3 a 6 puntos en los boca de urna. El único consultor que tuvo acceso libre al piso 19, Roberto Bacman, insistió hasta último momento en que la ventaja se mantenía. Dijo haber hecho consultas a más de 19.000 votantes. Más que un sondeo parecía un censo. Fueron sus datos los que empujaron la orden de poner la cara que recibieron Albistur y Abal Medina.

El propio Bacman se subió al escenario del segundo subsuelo poco antes de las 21, para insistir con que Kirchner estaba ganando según sus encuestas. Tuvo tan poca suerte que mientras hablaba empezaron a difundirse los datos del escrutinio. El primer número, con casi un 3% de los votos escrutados, ya la daba un par de puntos de ventaja a Francisco de Narváez. Los periodistas, sin piedad, le hicieron notar el detalle.

Scioli estuvo durante todo el día en contacto con Julio Aurelio, consultor histórico del peronismo. El gobernador supo enseguida cómo venía la elección. Aurelio, consultado ese domingo por Clarín apenas después de terminada la votación, tuvo la hidalguía de advertir: "terminé el boca de urna con 0,75% a favor de Kirchner, pero esto no quiere decir nada, hay que esperar el escrutinio; es la primera vez que pasa esto". No hacía falta más que eso para sentir en el aire el olor del urnazo bonaerense.

Scioli entraba y salía de la habitación de los Kirchner. En algún momento comentó que a Néstor lo veía demudado, shockeado, con mal semblante. En cambio, varios protagonistas de esa noche coincidieron en que Cristina estaba "más entera, más tranquila".

Hubo un dato que los conmovió y que empezó a hacer perceptible la dimensión del derrumbe. Fue cuando la clásica placa roja de Crónica TV alarmó con la admisión de la derrota kirchnerista en Santa Cruz por parte del Jefe de Gabinete del gobernador Daniel Peralta.

"¿Es cierto que se perdió Santa Cruz?" preguntó alguien, incrédulo, con un hilo de voz. El jefe de la SIDE, Héctor Icazuriaga, y el secretario de Legal y Técnica, Carlos Zaninni, inseparables del matrimonio Kirchner durante toda la noche y políticamente santacruceños, quedaron mudos. En la computadora, Máximo corroboró el dato: "Perdimos" dijo, y abrazó a su padre. Hubo un silencio interminable.

Un rato después volvieron las broncas. Sin furia, pero sin ahorrar insultos, Kirchner comprobaba cómo los intendentes del Gran Buenos Aires hacían mucho mejor elección que él con sus listas de concejales. Lo llamaron a Juan José Mussi, un ex recontraduhaldista de Berazategui que se había hecho kirchnerista en los últimos años. Mussi no contestó el teléfono. En Berazategui, corazón del segundo cordón del conurbano, la lista de Mussi sacó 16% más de votos que la de Kirchner: 58,7% y 42,5% respectivamente.

Otro al que no pudieron ubicar fue a Joaquín De la Torre, intendente de San Miguel, también del segundo cordón y pago chico de Aldo Rico. A De la Torre le fue más parejo: perdió en todos los rubros y Kirchner no llegó al 30%.

Al ratito apareció Randazzo, que venía de la Casa Rosada. No era noche de elogios para nadie. Pero como más temprano a Massa, también al ministro del Interior le tocó pasar un mal momento. En su pueblo, Chivilcoy, Kirchner ganó bien con el 44% y más de 15 puntos sobre De Narváez, pero en la lista seccional el candidato de Randazzo a la Legislatura provincial escalaba muchos puntos por encima del ex presidente.

Massa había advertido al llegar al hotel: "Miren que tengo a Ma- lena ocho puntos arriba de la lista de diputados". Terminaron siendo 14 de diferencia. Pero Randazzo no había dicho nada. La que se dio cuenta y avisó fue Cristina Alvarez Rodríguez, ministra de Scioli y candidata el domingo. A Randazzo se le dibujó una mueca.

Massa y Randazzo, por las suyas, decidieron en la madrugada bajar junto a Kirchner y Scioli para poner la cara en el momento de admitir la derrota ante la prensa.

Minutos antes de las diez y media, Kirchner dijo "ya está, se terminó, la elección está jugada". Parecía que sólo faltaba decidir en qué momento se reconocía el triunfo de De Narváez. Pero enseguida llegaron el Jefe de gabinete provincial, Alberto Pérez, y el vicegobernador Alberto Balestrini, anunciando buenos resultados en el cordón más pobre de La Matanza."Hay que esperar", recomendaron. Los Kirchner le hicieron lugar a esa última ilusión. Y esperaron.

Balestrini es el jefe político de La Matanza y presidente del PJ bonaerense. Contra su voluntad, fue como candidato testimonial para la Legislatura por la Tercera Sección electoral y ganó. También ganó en La Matanza, pero por bastante menos de lo esperado y necesario.

"El segundo cordón va todo para atrás, esto está liquidado" anunció, resignado, un encuestador amigo. Las broncas se empezaron a destilar más espesas.

Alguno miró torcido a Alejandro Granados, el intendente de Ezeiza, que llegó con los datos de su municipio: la lista de concejales hizo el 60%, la de Kirchner quedó unas décimas atrás del 50%.

Aseguran haber oído a Kirchner decir "me entregaron estos hijos de puta", en amable referencia a los intendentes.

Algunos desvariaban ligeramente. En el hall del hotel, y en el subsuelo donde esperaban los periodistas, Luis D'Elía dijo que en La Matanza iban a ganar por 20 puntos y al final ganaron por 11. Kirchneristas porteños como el sindicalista docente Tito Nenna y la jefa del INADI, María José Lubertino, hablaban de una "elección excelente". Hicieron el 11% con Carlos Heller como único diputado electo. Esos pronosticadores optimistas se esfumaron después de medianoche.

En el piso 19 alguien preguntó con mala leche por el subsecretario Juan Carlos Mazzón, operador en jefe del oficialismo. Nadie lo había visto por el hotel. "Debe estar en Santa Fe, festejando con Reutemann", acotó un pingüino puro, con peor leche todavía.

Julio De Vido observaba mucho y hablaba poco. Otro ministro, Aníbal Fernández, trató de acercar alguna noticia favorable: "estamos ganando en Quilmes". La buena intención duró poco: en ese municipio la diferencia final para Kirchner fue de 4 puntos.

Los votos para De Narváez en el interior de la provincia y el primer cordón del conurbano marcaban una diferencia indescontable. En todo el GBA la lista de Kirchner ganó por apenas 120.000 votos.

"Cuando la marea sube no hay cómo pararla. Y lo peor es que no quisimos darnos cuenta de lo que venía" dijo un ministro, en la enésima ronda de café en el living del piso 19.

Kirchner le aconsejó a Cristina que empezara a llamar a los gobernadores que habían ganado. La Presidenta le hizo caso. Unos minutos antes de la una de la madrugada habló con el chaqueño Jorge Capitanich. Lo felicitó por su triunfo contra todos los pronósticos. Y le dijo que estaban perdiendo en Buenos Aires, pero que confiaba en que al final ganarían por 2 puntos. Le comentó que todavía esperaban los votos de La Matanza. Como Herminio.

Massa no terminaba de convencerse. Por teléfono le pidió a su gente resultados de mesas en Benavídez y Don Torcuato, localidades del municipio de Tigre. Cuando le dieron los números, con diferencias a favor muy estrechas, se dio cuenta que no había nada que esperar.

Oscar Parrilli, secretario de la Presidencia y encargado de la logística, iba de un piso a otro, sonriente y tranquilo, como si estuviera todo perfecto. "¿Qué hago con los ministros?" preguntó. Se refería a los miembros del gabinete que no pertenecen al círculo íntimo de los Kirchner y que estaban relegados a la espera en el piso 17. Varios ya se le habían quejado amargamente por esa exclusión. La pregunta quedó sin respuesta.

Ya era más de la 1.30. En medio del bajo tono apesadumbrado de esa hora, Cristina disparó su diagnóstico: "Seguridad, campo y comunicación. Por eso perdimos".

Nadie se atrevió a agregar nada. Mucho menos a contradecirla. Lo que quedaba era bajar al segundo subsuelo y aceptar la derrota. Scioli y Massa amagaron encabezar la fila. Se quedaron en el amague. Después irían detrás de Kirchner, junto con Randazzo y Balestrini.

Aníbal Fernández se acercó y le ofreció ahí mismo su renuncia a la Presidenta. "Ni se te ocurra" fue toda la respuesta de Cristina al ministro de Justicia y Seguridad. A los que miraban asombrados, Fernández les explicó: "ella y Néstor siempre me bancaron; tenía que hacerles este gesto".

Había que bajar. ¿Qué decir en ese momento espantoso?

Kirchner y Cristina hablaron un par de minutos, ligeramente apartados del resto. Massa se arrimó pero esta vez no dijo nada.

Scioli trató de colar una idea: "tenemos que decir que entendemos el mensaje de las urnas".

Kirchner ya no lo escuchaba.

Eran las 2.12 cuando bajó hasta el segundo subsuelo, agarró el micrófono y dijo "Hemos perdido por muy poquito".

En el garaje esperaba Cristina. Se fueron juntos a Olivos, perdidos en la noche.

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