La historia en bicicleta

Por Martín Caparrós

La historia es esa bicicleta para dos, el hombre y la mujer que pedalean, un viento suave lamiéndoles las caras. A mediados de 1936 la guerra estallaba en España, en Alemania el partido nazi se deshacía de sus enemigos, en la Unión Soviética empezaban las grandes purgas del camarada Stalin, aquí mismo gobernaba el general Justo y se renovaba el pacto Roca-Runciman –por el que la Argentina se sometió al imperio de Inglaterra. En Francia, mientras tanto, un Frente Popular integrado por socialistas y comunistas –sí, es cierto, sucedió– acababa de ganar las elecciones: la izquierda llegaba al poder por vía electoral.

El Frente liderado por el socialista –y judío, se encargaban de recordar sus enemigos– Léon Blum ganó las elecciones del 3 de mayo con el 57 por ciento de los votos: era apenas uno por ciento más que la suma de los resultados de todos sus integrantes cuatro años antes –cuando se presentaron separados y no ganaron nada. A fines de mayo, mientras Blum preparaba su gobierno, cientos de huelgas estallaron en todo el país –y, por primera vez, la mayoría de los huelguistas ocuparon sus lugares de trabajo. Muchos testigos las describieron como "huelgas de la alegría": bailes, festejos, obras de teatro, debates, amoríos amenizaban las ocupaciones. El país estaba paralizado. Tanto los militantes obreros como los patrones imaginaban que la propiedad de los medios de producción –y, más en general, el poder político– estaba en juego; muchos hablaban –con esperanza, con miedo– de revolución. Pero los comunistas obedecieron al padrecito Stalin –que les ordenó respetar el orden burgués– y, ya antes de asumir, el Frente Popular empezó a buscar el modo de acabar con las huelgas.

El 8 de junio de 1936 la CGT y las asociaciones patronales firmaron, bajo la garantía del flamante gobierno, los acuerdos de Matignon. El convenio incluía un aumento general del 12 por ciento, la creación de la figura del delegado sindical y la obligatoriedad de las paritarias, pero sus puntos más destacados eran dos reivindicaciones por las que los trabajadores habían peleado tanto: la semana de trabajo pasaría de 48 a 40 horas y todos tendrían derecho a quince días de vacaciones a costa del patrón.

"Largas caravanas de trabajadores caminaban hacia las estaciones ferroviarias de París", escribió entonces Simone Weil. "Me recordaban una boda de pueblo: lloraban de alegría, cantaban, gritaban cosas tan inocentes como viva la vida". Se abría, para muchos, una vida nueva –y lo celebraban con una euforia rara. De pronto, millones de personas que siempre habían sabido que el ocio era cosa de otros, de los ricos, tuvieron unos días para sí; millones de personas que nunca habían salido de sus ciudades se lanzaron al campo; millones de personas que habían oído hablar del mar y creían que nunca lo conocerían llegaron hasta ese lugar tan inimaginable y lo vieron por primera vez, y lo tocaron, y hundieron las patas en la arena. Era igualdad en acto: lo que siempre había sido para pocos pasaba a ser para todos. Las escenas, cuentan, eran conmovedoras; la más reproducida fue esa imagen donde aquella pareja joven, viento suave, pedalea sobre una bicicleta para dos como si el mundo les perteneciera: la historia en una foto. Tres años después vendrían la guerra y sus desastres, los millones de muertos, pero la conquista de las vacaciones pagas se mantendría –y empezaría a difundirse por el mundo: todos las reclamaban. En la Argentina un secretario de Trabajo, el teniente coronel Perón, firmó en 1945 un decreto que aseguraba ese derecho a todos los trabajadores: fue el principio del turismo social, los recreos sindicales, Córdoba, Mar del Plata, los patitos de goma. Poco después, en 1948, las vacaciones fueron incorporadas a la Declaración Universal de Derechos Humanos –y pasaron a ser una de esas cosas que ya nadie discute.

Por eso ahora vivimos esa extraña parte del año totalmente distinta a todo el resto: cuando tantas personas recuperan, por unos días, el control de su tiempo. Hemos aprendido a considerar normal este negocio en que entregamos muchas horas por día para recibir, a cambio, cierto sustento: que otros manejen –que hayan comprado– nuestro tiempo no nos parece extraño. Salvo en estos días en que, a cambio de esa entrega constante, obtenemos una menguada autonomía. Las vacaciones pagas se convirtieron en una costumbre que ya no se cuestiona. Más que un derecho adquirido: una de esas cosas de la vida que parecen haber estado siempre allí, que ya creemos naturales. Es muy fácil olvidar que empezaron, que surgieron de una larga pelea, que durante siglos nadie habría creído posible que los trabajadores hicieran esas cosas, que cualquiera que lo hubiera propuesto en –digamos– 1810 o 1500 o 1860 habría despertado, si acaso, carcajadas y, al final, una mirada de desprecio.

Es un ejemplo, uno entre tantos. Me impresiona lo fácil que nos ha resultado, en los últimos años, vivir afuera de la historia: alejados de la conciencia de que las cosas cambian, convencidos de que esto es lo que hay y que esto es lo que habrá: tan resignados. Y me impresiona cómo hemos conseguido incluso que algunas cosas cambien para volver a ser lo que ya era pasado. En la Argentina actual casi la mitad de los trabajadores está empleada en negro: sus vacaciones dependen de su situación individual, de su capacidad de presión, de la buena voluntad de sus patrones; más de medio siglo después de que se convirtieran en un bien para todos, volvieron a ser –en los hechos, no en la teoría– privilegio de algunos. Y eso sin contar a ese otro tercio de argentinos que –1810, 1500, ahora– no puede ni imaginar la posibilidad de vacaciones. Sólo porque nos convencimos de que no hay historia, porque vivimos resignados.

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