Hiperproducción en el Concejo Deliberante

Más de 50 proyectos se votaron en las tres últimas sesiones ordinarias / Les esperan otros 20 en extraordinarias / Otra cara. Esos números reflejan también un déficit: no hay bloque mayoritario, ni labor previa / Las comisiones despachan cada vez menos.
El Concejo Deliberante vive días frenéticos. Para lo que suele ser la productividad promedio de una sesión, los números no dejan de sorprender: en las últimas tres sesiones ordinarias del año (una fue desdoblada en dos días), el cuerpo votó más de 50 proyectos. Y en las gateras esperan otras 20 iniciativas que envió el Ejecutivo para discutir en extraordinarias este año.

Al margen de que la primera cifra engloba por igual cuestiones menores (como declaraciones de interés y beneplácito legislativo, o también resoluciones), también hubo algunas ordenanzas con relativo impacto económico y social para los vecinos.

Algunas normas salieron después de dormir largos meses en los cajones; otras, a las apuradas y con desprolijidades a cuestas. Por ejemplo, en menos de 24 horas, el boleto estudiantil se votó dos veces: primero, para devolverlo a comisión, y luego, para aprobarlo, sin cotejarlo con otras iniciativas en estudio para revisar el precio del cospel.

Por otra parte, el nivel de actividad que mostró el cuerpo contrasta claramente con la media de las reuniones efectuadas durante el segundo semestre del año en curso, donde en ocasiones apenas si se aprobaron un par de declaraciones, en sesiones que duraron pocos minutos.

El pasado lunes, por el contrario, la última sesión debió ser desdoblada para continuarse el martes. Y entre ambos días el Concejo terminó sumando 24 horas de deliberaciones, algo que no ocurría hace mucho tiempo.

Más no es igual a mejor. En cuestiones legislativas, está claro que cantidad no es sinónimo de calidad. Ni mucho menos de prolijidad.

Detrás del maratónico cierre de año que se prodigaron los concejales, se dejan ver también los enormes problemas de funcionamiento interno que arrastra el cuerpo, y para los cuales cada edil tiene sus explicaciones y señala potenciales culpables. Hay un cóctel de problemas que difícilmente se pueda sostener en el tiempo:

Tras la ruptura del Frente Cívico, no hay un oficialismo mayoritario que fije agenda. Con sólo cuatro concejales, el giacominismo no está en condiciones de llevar la voz cantante del cuerpo.

No se realizan reuniones de Labor Parlamentaria, con lo cual muchos ediles llegan al recinto vírgenes de conocimiento de lo que se tratará. La cuestión llega al grotesco de que, cuando se anuncia que está en tratamiento un determinado expediente, se suele pedir un cuarto intermedio para permitir que los ediles puedan hacerse de una copia del mismo.

Desde noviembre, el ritmo de la agenda fue fijado por un acuerdo de todos los bloques a excepción del Frente Cívico. Eso permitió recuperar algunas iniciativas de la oposición (sobre todo de la UCR y el PJ), pero potenció la desorganización interna que se trasunta en cada sesión.

Las comisiones despachan poco y nada, lo que hace que se debatan por horas en el pleno cuestiones que ya deberían llegar a ese ámbito casi resueltas, para ponerlas a votación. El giacominismo comanda dos comisiones claves, como Economía y Servicios Públicos, que nutrieron la agenda de las dos últimas sesiones, pero no tiene votos suficientes para marcar los tiempos de debate. Así, es común que lleguen al recinto varios proyectos referidos al mismo tema, sin que hayan sido consensuados previamente en comisión.

Párrafo aparte merece el reciente proyecto del Ejecutivo para crear un plan social para la niñez, mediante la aplicación de una sobretasa impositiva. La iniciativa había ingresado el 11 de noviembre, casi no se discutió y el giacominismo la llevó al recinto el pasado lunes sin tener los votos para aprobarla. Resultado: se aprobó el proyecto en general , pero herido de muerte, porque se quedó sin financiamiento. Luego, los ediles discutieron casi cuatro horas si correspondía o no tratarlo en segunda lectura, como efectivamente harán.

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