La hiperkinesis legislativa

Por Alvaro Abos

Mientras los problemas estructurales se acumulan sin que nadie los enfrente, un gobierno obsesionado por la conservación del poder sólo riega una raíz venenosa: la planta del poder eterno.

Está en marcha una reforma que debería ser la base para refundar la representación política. Y, sin embargo, ni la sociedad ni los legisladores de la oposición conocían el proyecto, pocos días antes de su tratamiento.

En la televisión, a comienzos de noviembre, pudo verse y escucharse este diálogo delirante:

Periodista: -¿Qué opina sobre la reforma política?

Legislador nacional: -No puedo opinar porque no conozco el texto del proyecto.

Pero... el tal proyecto ¡debe ser la base de un nuevo ordenamiento político que mejore la calidad institucional del país! ¿No merecía un debate sin urgencias? En los últimos meses, tomó protagonismo el escenario legislativo, absolutamente secundario durante los últimos seis años, en los que se gobernó al compás de decretos de necesidad y urgencia. Y con ese nuevo protagonismo legislativo afloraron mezquindades varias: así, se han visto legisladores tránsfugas, otros que se venden al mejor postor o practican el cambio de favores con el poder. Se sospecha que hubo "aprietes".

Transcurren las semanas previas al cambio de la composición legislativa. El Gobierno está poseído por una hiperkinesis legislativa (hiperkinesis, define la Organización Mundial de la Salud, es un trastorno cerebral leve por el cual el afectado no puede dejar de moverse). Los legisladores oficialistas exigen sanción de proyectos que no se aprobaron en seis años: reformas impositivas y financieras, reforma del espacio audiovisual, estatización de pensiones y de la aerolínea de bandera, asignación para los niños pobres, régimen electoral. Un viento de energía sopla por los pasillos del viejo palacio legislativo. Como es lógico, se multiplican los errores técnicos en la redacción de las leyes y hay que proveer a las nuevas normas, votadas en sesiones vertiginosas, de una fe de erratas, que a su vez contiene errores que habrá que salvar... y así hasta el infinito.

Tales aceleraciones argentinas me traen a la memoria una lectura antigua, y voy a la biblioteca para confirmarla. Rescato una vieja crónica del Buenos Aires del siglo XVII. La escribió, allá por 1658, un tal Acarete du Biscay, un francés trotamundos y aventurero. Señala Acarete du Biscay que la ciudad se alzaba sobre un terreno elevado, en las orillas del Río de la Plata, un terreno situado "a tiro de mosquete del canal, en un ángulo de tierra formado por un riacho llamado Riachuelo".

Añade que la principal riqueza de esos habitantes consistía en sus ganados, que se multiplicaban prodigiosamente en la campaña.

"Cuando yo manifesté mi asombro -continúa el francés- al ver tan infinito número de animales, me refirieron una estratagema de que se valen cuando temen el desembarco de enemigos... En tal caso, arrean toros, vacas, caballos y otros animales a la costa del río, en tanto número que es imposible a cualquiera partida de hombres, aun cuando no temieran la furia de los toros salvajes, el hacerse camino en medio de una tropa tan inmensa de bestias..."

Los porteños del siglo XVII temían que los piratas, por tierra o agua, les robaran sus animales. Entonces, llenaban los campos de animales. Pensaban que la superabundancia del botín paralizaría a los posibles ladrones. Trescientos cincuenta años después, es como si los gobernantes de este 2010 razonaran igual. ¿Critican "los contreras" la escasa producción legislativa? Entonces, los inundaremos con leyes.

En 1994, una buena parte de la sociedad miraba críticamente el entendimiento entre el gobierno de Carlos Menem y las cúpulas militares, ejemplificado en los indultos a Videla, Massera y demás jerarcas condenados por sus horrendos crímenes. Fue entonces cuando un hecho de gran crueldad reveló el trato violento que el Ejército aún dispensaba a los conscriptos: el soldado Omar Carrasco murió "bailado" en un cuartel del Sur. Menem huyó hacia delante y de un plumazo abolió el servicio militar obligatorio, instituto que se había convertido en mortificación para tantos jóvenes argentinos.

Quien estaba en el gobierno desde 1989 quiso revertir el juicio negativo que crecía en la sociedad ¿Qué ganó con ello? ¿Acaso ese avance borró la imagen que una parte de la sociedad se estaba formando del hombre de Estado Carlos Menem? No.

La historia no es un camino frágil cuyo curso puede variarse cambiando de lugar algunas pocas piedras; es, más bien, un curso lento, con frecuencia irreversible. Se parece a un gran río de llanura más que a un arroyo de montaña. Lo que no se hizo en muchos años de poder no puede hacerse en pocos días.

Carlos Menem tuvo largos años para mostrar sus maneras de gobernar. En 1994, se acercaba el divorcio entre la sociedad y el hombre de Estado. Sólo se consumaría tras la reelección de 1995.

En junio de 2009, el oficialismo perdió las elecciones en los principales centros urbanos del país. Perdió, sobre todo, en la inmensa región metropolitana, esa que abarca a la Capital y a vastos partidos colindantes, región que reúne el 33 por ciento de la población argentina. Ni siquiera los baluartes del primero, segundo y tercer cordones suburbanos le permitieron alzarse con una victoria por la que empeñó todo, hasta inventos como las candidaturas testimoniales, de dudosa constitucionalidad. Las clases medias urbanas, que influyen decisivamente en el humor colectivo, dieron la espalda al kirchnerismo.

Por supuesto, nadie podrá negarle al matrimonio gobernante el derecho a interpretar a su manera las elecciones de 2009. Un político puede leer la realidad como le parece. También Menem ejerció ese derecho, aun después de su salida del poder, y hasta concitó el apoyo de muchos que lo siguieron en 2003, y que quizás aún lo sigan.

El matrimonio gobernante no admite que el voto del 28 de junio de 2009 fue un rechazo a las maneras agresivas con que se manifiesta, a las ínfulas absolutistas, al discurso confrontativo y la violencia retórica. No reconoce que ese voto castigó la degradación de la fe pública, ejemplificada en la desarticulación del Indec. No reconoce que el voto repudió la contradicción entre la gramática seudoizquierdista y el afán por el peculio.

Allá ellos. Pero al elegir la espasmódica hiperkinesis legislativa como táctica, dilapidan una oportunidad histórica. Gobernar dos años al margen de especulaciones electoralistas le permitiría al Gobierno dictar normas que aspiraran a la permanencia y no se agotaran en la coyuntura como flores de un día.

Si se pusiera a legislar bien, debería preocuparse por la sustentabilidad futura de sus normas más que por su funcionalidad para un proyecto de continuidad en el poder. La clase política argentina prefiere construir poder a construir política. La ética les parece un valor de escasa productividad. Pero quizás la ética sea moneda que aún circulará cuando otras, en el cambiante mercado del tiempo que nos ha tocado transitar, se hayan devaluado o directamente sean sólo recuerdo de numismáticos.

Hay como un vicio coyuntural en la proliferación de proyectos... Es oportunista, por insuficiente, un subsidio como el que beneficia a los niños pobres si se hace con un ojo puesto en esa noble causa y otro puesto en su aprovechamiento clientelístico. Es oportunista una reforma política que corrige vicios como la primacía del dedo y restaura las elecciones internas, pero no limita el abuso de los recursos publicitarios del Estado en favor del gobernante. Es oportunista y muy malévolo hacer de los habitantes del distrito capitalino, por el motivo de que no cobijan simpatías kirchneristas, rehenes del Estado nacional, víctimas de unas nunca consumadas transferencias de competencia.

¿Por qué las crónicas del siglo XVII seducen al lector de hoy? Porque nos hablan de un Buenos Aires distinto: con la terra incognita del desierto a un paso, con las barrancas escarpadas batidas por las aguas del gran río, con sus historias sobre contrabandos de cintas, paños, sedas, agujas, espadas, y sus crónicas de cuatreros y corsarios que codiciaban esas mercaderías preciosas.

¿Tan distinto? Por un momento, dejo de lado el libro de historia y vuelvo a las noticias de la actualidad, a estas crónicas de la inmensa región metropolitana, de este Gran Buenos Aires negro, atravesado por bólidos conducidos por pistoleros adolescentes, los nuevos corsarios que siembran la muerte en autopistas iluminadas por gélido mercurio.

Reformas, reformas, reformas...Bienvenidas sean, las haga quien las haga. Si algo necesita el rumbo incierto de la Argentina son reformas. Algunas quizás utópicas, como acotar el crimen urbano, una lacra que hace tambalear a grandes Estados del mundo, por ejemplo, el de México. Pero otras reformas son posibles. Sin ir más lejos, aquellas que mejoren las condiciones penosas del transporte público, que cada día agobian a millones de pobladores de esta región metropolitana, por los cuales tan poco se ha hecho en los últimos seis años.

Cuando Carlos Menem abolió el servicio militar obligatorio, recordé aquel proverbio chino: "De las nubes más negras cae agua limpia". La historia la hacen los hombres, no los ángeles.

En España, el falangista Adolfo Suárez, que había sido un puntal del tardofranquismo, fue quien comandó la refundación de la democracia en 1977. Pero una cosa es descontar deudas vigentes en áreas decisivas de la vida argentina, como hace el Gobierno, apropiándose de iniciativas largamente reclamadas por sus opositores, y otra pretender que esa llovizna lave las manchas acumuladas en seis años y rectifique un epitafio que comenzó a escribirse el 28 de junio de 2009. © LA NACION

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