Hinchada indeseable

Por: Maximiliano Montenegro.

La ortodoxia aplaude el acercamiento al FMI y la estrategia de volver a endeudarse. Una mirada heterodoxa ayuda a distinguir lo principal de lo accesorio en el escenario de los próximos dos años.

Al ministro Amado Boudou lo alienta una hinchada que causa escozor. Economistas de la ortodoxia neoliberal, como Melconian, Marx (Daniel), Miguel Bein y Roque Fernández elogiaron el retorno del Gobierno al FMI y saludaron el declarado objetivo oficial de volver a endeudarse en los mercados de capitales. Dan por descontado, además, que tarde o temprano la administración K volverá a pasar a la gorra por la ventanilla de Washington, con o sin condicionantes, a tasas más convenientes. Para alivio de Boudou, Domingo Cavallo todavía lo mira con resquemor. Desde una óptica completamente diferente, un economista heterodoxo, Mario Damill, escribió un muy interesante documento en el que propone examinar la estrategia de regresar a los mercados de capitales a upa del Fondo: "¿Hace falta financiamiento externo? ¿Para qué? ¿Hay que recurrir al Fondo?", se pregunta el investigador del CEDES y profesor de la UBA ("Argentina: ¿de vuelta al financiamiento externo", lectura 48, Iniciativa para la Transparencia Financiera).

"Curiosamente, existe una visión progresista que defiende esa alternativa, argumentando que daría margen para proseguir con las políticas de redistribución del ingreso que los gobiernos posteriores a 2003 habrían impulsado", desafía Damill. Históricamente, una de las razones para apelar al crédito externo fue la escasez de divisas. En los noventa, los dólares necesarios para mantener con vida la convertibilidad eran puro endeudamiento: Estado, empresas y bancos tomaban crédito que ofrecían fondos de inversión, capitales golondrina, organismos internacionales, etcétera. El país vivía de prestado. La economía no producía los dólares suficientes ni siquiera para pagar sus compras de bienes y servicios, las importaciones. Cuando el FMI cerró la canilla, tras un año de financiar la fuga de capitales, la convertibilidad estalló en pedazos. Hoy, en cambio, los dólares sobran. El superávit comercial (exportaciones menos importaciones) alcanzará este año un récord de u$s 15.000 millones, más que suficientes para afrontar todas las obligaciones financieras con el exterior (intereses de deuda, utilidades y dividendos).

Después de esos pagos, el superávit de cuenta corriente rondaría los u$s 5 mil o u$s 6 mil millones. Semejante desempeño "no es totalmente virtuoso": se explica en parte por la caída de las importaciones a causa de la recesión y los aprietes de Moreno para que las empresas posterguen compras al exterior. Pero ese superávit tiene un piso firme para el año próximo: por la reactivación que asoma en Brasil y motoriza las exportaciones locales; la esperada cosecha récord de soja; y los precios internacionales de los productos argentinos. Un país con superávit en cuenta corriente "gasta menos que su ingreso"; es decir que cuenta con ahorros con los que "financia al resto del mundo". Es lo que viene sucediendo en los últimos ocho años. Ahora bien, "si el país está recibiendo un enorme flujo positivo de divisas procedentes del excedente comercial con las demás economías del planeta, ¿por qué no se refleja en una importante acumulación de reservas en el Banco Central?". El motivo es conocido. Desde mediados de 2007, se disparó una monumental fuga de capitales: "En el lapso de dos años esas compras de dólares han sumado una cifra gigantesca, del orden de los u$s 40 mil millones". Los billetes verdes excedentes no se acumularon en el Banco Central sino en cajas de seguridad, cuentas en el exterior o en el colchón.

"Si la abundancia de divisas producidas por el comercio exterior apenas llega a abastecer la demanda de dólares del sector privado. ¿Para qué serviría, en estas circunstancias, que el sector público accediera a más financiamiento externo?", se pregunta el economista del CEDES. Y la respuesta es en sí un llamado de atención: "Probablemente contribuiría a financiar esta salidas de dólares en manos privadas".

La tesis de Damill es que el financiamiento podría conseguirse con holgura en el país. Para tener una idea: los 40 mil millones de dólares equivalen al 85% del total de reservas del BCRA. O a 1,3 veces el stock total del crédito interno otorgado por los bancos al sector privado. Pero mientras los argentinos ahorren en dólares, fuera del circuito económico, reabrir las puertas del endeudamiento externo corre el riesgo de convertirse en una calesita. ¿Para qué endeudarse por una ventanilla en cabeza del Estado, si por la otra los dólares argentos huyen y financian al resto del mundo?

La realidad no es blanco y negro, como en un laboratorio. El Gobierno busca prestamistas para costear los niveles de gasto y obra pública que, a diferencia de los últimos años, sería imposible solventar con recursos propios. (Dicho sea de paso, la última edición de la revista Barcelona viene con un hallazgo, otro titular imperdible: "Giles: en el FMI ignoran que el préstamo a Argentina será para financiar la revolución socialista").

Pero la gran apuesta de Boudou es que todas las medidas en carpeta (Artículo IV del FMI, oferta a los holdouts, renegociación con el Club de París) aporten certidumbre a los propios argentinos para que vuelvan a confiar en la moneda y en el sistema bancario local. Después de tres años de rebeldía, caminar hacia el Fondo para restituir dañada confianza interna. Toda una paradoja. En el último mes surtió efecto. Gracias a esas señales y a la mejora en el clima internacional, la salida de capitales se atenuó: aumentaron los depósitos en pesos y se volcaron ahorros a los ladrillos que antes se refugiaban en el dólar. Sin embargo, el provocador análisis de Damill ayuda para distinguir lo principal de lo accesorio en la política económica de los próximos dos años. "Es evidente que Argentina no enfrenta un problema de insuficiencia de recursos financieros en el presente, sino un problema de incertidumbre de origen interno.

A pesar de que los datos de la economía son mejores de lo que el público cree (la manipulación estadística tiende a generar ese efecto: se cree que la situación es peor de lo que realmente es), esa incertidumbre lleva al sector privado a canalizar sus excedentes hacia activos externos", dice el documento. Los vientos de la economía mundial soplan de cola. Y ahora que el casino global reabre sus mesas, el Gobierno probablemente consiga fondos frescos de acreedores privados o de organismos internacionales. Pero si no se atacan desde la política las causas domésticas de la desconfianza (conflicto agropecuario, falsificación de los datos del INDEC, cambio permanente de reglas, devaluación de la palabra oficial), la Argentina estará condenada a depender del volátil endeudamiento externo, mientras sus propios recursos vuelan al extranjero. Una vez más.

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