Himenoplastia

Por: Jorge Fontevecchia.

Kirchner es un gran cirujano. Sin anestesia, dolor ni rehabilitación posoperatoria, restituye atributos perdidos por el paso del tiempo sólo con un choque frontal contra él.

A esta cirugía reparadora se sometió Martín Redrado, al parecer gustosamente, tras la exitosa experiencia de Cobos, el mejor pero no único paciente del Dr. K.

La exposición a la fricción intensa con Kirchner en políticos o candidatos a serlo logra algo similar a una himenoplastia, la operación de reconstrucción de himen que algunas mujeres practican antes de un casamiento en aquellas sociedades donde por razones culturales o religiosas todavía se valora más a la mujer virgen.

El contacto violento con el kirchnerismo opera como un láser que sin hinchazón, hematomas o cicatrices, ni necesidad de reposo, rehace la membrana llamada virgo como si nunca nada hubiera pasado por allí. Así, quienes fueron kirchneristas durante los últimos años recuperan su estado de pureza virginal y quedan aptos para futuros casamientos con la sociedad, que podrá volver a elegirlos en igual o diferente partido y/o cargos.

Son los mismos que antes pudieron, sólo dependiendo de su edad, haber sido menemistas, duhaldistas o aliancistas, y ya se habían reciclado. Pero con una diferencia: antes lo hacían con esfuerzo en un proceso que exigía disimulo. Ahora, mientras se transforman a la velocidad del sonido, pueden gozar del aplauso de algunos conciudadanos (como los vecinos de las avenidas Coronel Díaz y Santa Fe de la Ciudad de Buenos Aires, que anteayer salieron a cacerolear en apoyo de Redrado) y el aval fervoroso de toda la oposición.

Curiosa nuestra sociedad, que recibe a los abandonadores del kirchnerismo como si fueran víctimas de un secuestro cuando en realidad nadie los privó de su libertad sino que se fueron gustosos con los supuestos victimarios, compartieron sus placeres, gozaron de sus bienes y simplemente se alejaron cuando éstos comenzaban a escasear.

Revirginidad. Haga una carrera política rápida, peléese con Kirchner (cerciórese, sí, de que primero haya perdido su popularidad, nunca en su momento de esplendor), parece indicar el manual del político moderno argentino.

Si no fuera por el rechazo a Kirchner, ¿cómo se podría explicar que un novato y desconocido de la política, extranjero y millonario, ganase las elecciones nada menos que en la provincia de Buenos Aires?

Los jueces son otro caso de reciclado sorprendentemente veloz. Si no fuera por el rechazo a Kirchner, ¿cómo se podría explicar tantos fallos adversos para el Gobierno cuando hace cuatro años los obtenía todos a favor?

Un cuento clásico alemán, titulado El juez y el zapatero, narra que a las orillas del Rhin un juez fue al taller del zapatero más importante del pueblo para tomarse las medidas de un nuevo par de zapatos. Días después volvió a retirarlos y se encontró con dos zapatos muy bien hechos, dos espléndidas piezas de artesanía y casi dos obras de arte, pero el zapato del pie derecho era plano, de color claro, de piel de ternero y con una hebilla de plata, mientras que el zapato izquierdo era de media caña, negro y se abrochaba con un lazo de seda. El juez, sorprendido, preguntó por qué eran diferentes y el maestro zapatero respondió: "Señor juez, esto no debería extrañarlo. He hecho con los zapatos lo mismo que usted hace con sus sentencias, en casos similares aplica la ley a unos de una manera y a otros de otra".

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Marguerite Yourcenar (en Fuegos, 1936) decía que se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida. El resto de lo que nos sucede no son acontecimientos. Muchos argentinos no son vírgenes ni en esto ni en tantas otras cosas en las que se sienten inmaculados por el solo hecho de echarles la culpa a los protagonistas de la política sin darse cuenta de que los verdaderos artífices de estos malos culebrones son los mismos que aplauden hoy a los que se oponen a Cristina Kirch-ner con igual fuerza que hace cuatro años aplaudían a Néstor Kirchner.

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