Hillary y el doble comando en la diplomacia de Washington.

El mes pasado, los analistas estadounidenses exigían que Hillary Clinton se "sacara la burka" y saliera de la sombra de Barack Obama. La secretaria de Estado hizo caso a las críticas y recuperó tanto protagonismo que ahora la duda es saber quién controla la política exterior norteamericana. Honduras es el mejor ejemplo de los contrapuntos.
¿Quién dirige la política exterior de los Estados Unidos? O mejor aún, ¿quién controla al Departamento de Estado? El sentido común –algo que muchas veces escasea en el ejercicio de la política internacional– diría que es el presidente Barack Obama el único responsable de las acciones, y también de las omisiones, de la diplomacia estadounidense. Pero en las últimas semanas se observa una creciente autonomía del aparato burocrático de la cancillería de Estados Unidos para marcar sutiles diferencias en el diseño de las directrices que la Casa Blanca quiere implementar en el mundo. Hillary Clinton, por lo visto, se está quitando la "burka".

Algo parece haber cambiado desde que el mes pasado un celebre artículo titulado "La otra esposa de Obama" tuvo gran impacto en Washington. La columna de opinión de Tina Brown apareció en The Daily Best, un blog muy influyente en los ambientes políticos norteamericanos, pero rápidamente fue citada por el Wall Street Journal y el Washington Post. Allí, Brown exigía que Clinton dejara de estar a la sombra de Obama porque "tenía el segundo mejor empleo de Estados Unidos" y ya "era hora de que se quitara la burka".

Tan sólo dos días después de esa editorial, y seguramente para cambiar la imagen de una sumisa empleada enfundada en las telas que los talibanes obligaban usar a las mujeres para cubrir su rostro, la secretaria de Estado apareció en el Consejo de Relaciones Exteriores, uno de los más importantes "think tank" de la diplomacia norteamericana, para anunciar los objetivos de la política exterior de los Estados Unidos. Irán, Afganistán, Medio Oriente y Asia fueron las prioridades que trazó Hillary. Curiosamente, la señora Clinton no mencionó ni una sola vez a Honduras, a pesar de que el golpe de Estado ya llevaba más de un mes de ilegalidad.

En cambio, desde que Manuel Zelaya fue echado en pijamas por el ejército hondureño, Obama dio múltiples señales de que no imitaría a su antecesor George W. Bush. Hace siete años, Estados Unidos fue el primer país en reconocer al golpista venezolano Pedro Carmona, que por unas horas desalojó a Hugo Chávez del poder. Obama, esta vez, fue contundente en la condena al golpe. Y ayer lo reiteró: "No puedo apretar un botón y reinstalar a Zelaya".

Pero más tarde aparecieron algunas contradicciones. Primero fue el reto público que Clinton le envió a Zelaya cuando le advirtió que no se instalara en la frontera nicaragüense para forzar su regreso a Honduras; y ahora se sumó una carta del Departamento de Estado en la que se anunció que Estados Unidos no estudia instrumentar "nuevas sanciones económicas" contra el gobierno de facto de Micheletti, a pesar de que un amplio y curioso consenso exigía lo contrario: desde la OEA a Hugo Chávez, pasando por Fidel Castro y la revista The Economist, además del Banco Interamericano de Desarrollo, la Unión Europea y el Banco Mundial.

Si ya era díficil disipar las dudas en torno al proceso de toma de decisiones entre Obama y Hillary, no le hizo nada bien al presidente que esta semana otro Clinton se hiciera presente. Pero así fue, y Bill se encargó de recoger elogios cuando llevó de vuelta a casa a dos periodistas que estaban detenidas en Corea del Norte. "El regreso triunfal de la diplomacia Clinton" editorializó, por ejemplo, el New York Times.

La efectiva y efectista aparición de Bill se inscribe en esta nueva etapa de Hillary. Ayer, por caso, se mostró sonriente con Nelson Mandela en Sudáfrica para dejar atrás el eclipse inicial y recuperar para el Departamento de Estado un mayor protagonismo. Desde los años de Henry Kissinger, ningún otro secretario de Estado pudo tener tanto peso propio. ¿Quién tiene puestos, entonces, los pantalones de la diplomacia norteamericana?

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