Hillary Clinton: pisando terrenos resbaladizos

Por: Marcelo Cantelmi

La política exterior de la administración demócrata se está inclinando por buscar equilibrios entre fuerzas antagónicas, lo que en algunos casos puede resultar contraproducente.

El triunfo del neofascista Mahmud Ahmadinejad en las cuestionadas elecciones de junio en Irán, fue celebrado por enemigos de Barack Obama, a los que no hay que ubicar solo en el campo del fundamentalismo ultraislámico. Y quizá con la misma copa estén brindando hoy por la negativa evolución de la crisis en Honduras, donde las autoridades golpistas siguen resistiendo. ¿Es entonces que se está diluyendo tan velozmente el viento de cambio que trajo este presidente? Quizá no haya solo que mirar en aquellas cuestiones.

Desde que Obama llegó al poder hace seis meses, mostró un formidable empuje obligado por la necesidad de construir una etapa diferente debido a las limitaciones objetivas del liderazgo de Washington. Esos movimientos se dieron con contradicciones entre lo prometido y lo realizado y una insistente búsqueda de equilibrios con el resultado de que, en muchos casos, quedó la frustración por lo que parece que es pero que no llega a ser del todo.

Si la pregunta correcta es si existe una agenda completa de política exterior, es decir con objetivos definidos en una situación global tan compleja, la respuesta debería ser afirmativa. Pero esa agenda posiblemente diste hoy, y mucho más en el futuro, de lo que se supuso en los albores de este cambio.

El discurso de la canciller Hillary Clinton esta semana en el Consejo de Asuntos Exteriores en Washington, fue un esperado momento para intentar develar esas dudas. No lo hizo. Hillary derramó una mirada global epidérmica. Y reactivó su calendario de viajes, paralizado por su fractura del codo derecho, lesión que le impidió acompañar a Obama a Rusia, una gira crucial en la que se habló menos de reducción de misiles que del destino de Georgia y Ucrania, allí donde Moscú dibuja su patio trasero.

El discurso mostró sí el creciente pesimismo de Washington con Irán y en el destino del diálogo propuesto sin plazos por el presidente, lo que había irritado a israelíes y ultras en EE. UU. Pero la canciller advirtió a los persas que no esperarían indefinidamente por una respuesta que Teherán no quiere dar. No es una diferencia. En su mensaje, Hillary citó a Obama ocho veces en casi 30 minutos, un machaqueo que buscó marcar que aquella rivalidad en la campaña no le reduce la lealtad con quien ahora es su jefe.

La ausencia de una descripción detallada no parece consecuencia de disidencias en la cumbre del poder. Sucede que la agenda internacional la está produciendo Obama con formas y contenidos que su ministra no objeta, sino que avala con una aparente sumisión que la columnista Tina Brown, en el blog The Daily Beast, describió con un consejo cruel: "es tiempo ya para que Obama permita a Hillary sacarse la burka". En estos meses Hillary descubrió cómo es el terreno minado. Obama bochó, por un amigo y contribuyente de su campaña, al candidato de la canciller para la embajada en Tokio, y mantiene un veto para los nombres que ella propuso para la oficina de desarrollo internacional (Usaid). The New York Times reveló que Obama le avisó por teléfono que decidió sacar al principal "iranólogo" de la cancillería, Dennis Ross, y pasarlo al Consejo Nacional de Seguridad que depende de la Casa Blanca.

Pueden ser movimientos menores, si se quiere, pero brindan otra óptica para evaluar las medidas adoptadas hasta ahora, muchas de ellas contradictorias y otras que revelan una clara impericia. Recordemos que esta Casa Blanca arrancó con un giro muy aperturista y de autocrítica a las violaciones a los derechos humanos cometidas por el gobierno anterior, pero aún así revocó en mayo la decisión de publicar las fotos de los abusos en la cárcel de Abu Ghraib, en Irak. Por la misma fecha anunció el mantenimiento de los controvertidos tribunales militares en Guantánamo que, como senador en 2006, Obama había rechazado vivamente. Asimismo, bloqueó una investigación sobre los casos de tortura en la guerra, en una virtual amnistía para los agentes de la CIA involucrados. Y resiste que se investiguen las políticas "antiterroristas", que diseñó la temible dupla George Bush-Dick Cheney.

Obama acertó en la posición de equilibrio, muy repudiada por la derecha norteamericana, que preservó en la crisis iraní para no alimentar el discurso del fundamentalismo y mantener flotando aquel diálogo. Pero viró totalmente con respecto a sus planteos en el Cáucaso al ordenar aumentar la ayuda a Azerbaiján y reducir la de Armenia desequilibrando a esos países en momentos que están en el foco de creciente tensión y temores de un choque armado como el que sostuvieron en los '90 por el dominio del enclave armenio de Nagorno Karabaj. El conflicto es menos de lo que sugiere en términos geopolíticos. Es el signo y costo del acercamiento de Washington a Turquía, enemigo de Armenia, aliado de Azerbaiján, de Israel y últimamente de Rusia, que también esta haciendo buenas migas con Tel Aviv. Es otro mapa en construcción con extremos imprevisibles y desconocidos.

Por estas orillas, el caso de Honduras es otro paradigma. Tanto Obama como Hillary, calificaron como un golpe lo sucedido en ese país y demandaron la reposición del derrocado Manuel Zelaya. Obama, sin embargo, no retiró a su embajador lo que hubiera forzado a ese final. La demanda de reposición mudó a una dudosa mediación de Oscar Arias en Costa Rica, y a una declaración de Hillary respecto a que en charlas con México y Canadá no se planteó el regreso del bolivariano Zelaya como requisito excluyente.

La apuesta sería una sucesión dentro del gobierno de facto hacia el jefe del Congreso y/o al titular de la Corte Suprema, para llegar a las elecciones de noviembre a caballo de interinatos sucesivos. Es la fantasía de creer en un equilibrio que no existe. Una mala decisión que no solo pega a sus autores, sino que puede desestabilizar a la región y, en fin, hacer estallar a la OEA, un destino que apreciará como un regalo inesperado Hugo Chávez y su caballería.

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