Las hilachas del Bicentenario

Por: Susana Viau.

Las dos apelaciones que el Gobierno dedicó a la celebración de los 200 años de la independencia fueron apenas un salvoconducto destinado a conseguir un acuerdo político que prometía bienestar y el uso de las reservas para pagar deuda.

A cuatro meses de cumplirse doscientos años del comienzo de la independencia, el Gobierno no habla de celebraciones. El Bicentenario ha sido, hasta ahora, apenas una trade mark, un salvoconducto para obtener la aprobación de dos objetivos que arrasaron con la idea del consenso. El primero fue expuesto por la Presidenta el 1 de marzo de 2008 en su discurso ante el Congreso. Lo que presentó como el Acuerdo del Bicentenario prometía un país integrado en el que la pobreza descendería a un dígito y la desocupación al 5 por ciento. Ese día la acompañaban desde los palcos, los ministros de Salud, Graciela Ocaña, de Ciencia y Técnica, Juan Barañao, de Economía, Martín Lousteau, y el jefe de Gabinete Alberto Fernández. Al cabo de unos meses, aquel compromiso refundacional se había reducido a un modesto pacto social. Luego sacó a luz su verdadero espíritu y se coaguló en la Ley 26.476, una vulgar maniobra de blanqueo y perdón de grandes evasores fiscales que el kirchnerismo filtró bajo la sombrilla de las fiestas mayas llamándola de "repatriación de capitales". La segunda apelación a la épica fue la creación del Fondo del Bicentenario, mediante un DNU destinado a colocar las reservas del Banco Central al alcance de la mano del Poder Ejecutivo con la excusa del pago de deuda.

En la mirada conspirativa de los patagónicos, el conflicto desatado por el decreto 2.010 había aportado un nuevo socio al club de la destitución. El "partido judicial" fue la fórmula con que lo definieron, aludiendo a un monolitismo inverificable. Más de lo mismo, hasta allí. Sin embargo, la borrasca de verano revela indicios de un cambio de etapa. No conforme con convertir en terremoto lo que pudo tramitarse como una confrontación de baja intensidad, después de defenestrar al presidente del Banco Central, el Gobierno se deshizo del procurador del Tesoro, Osvaldo Guglielmino. Se le reprochó ineficiencia y escaso entusiasmo en la defensa del Ejecutivo en dos terrenos clave, los tribunales y la bicameral. El ex jefe de los abogados del Estado es un hombre con trayectoria en la Justicia contencioso administrativa, un área que los patagónicos cuidaron como a la niña de sus ojos, pero que sintiéndose observada y apostando a la vida futura dio la espalda a los deseos de la Presidenta. Ni siquiera el gran operador judicial K, el auditor Javier Fernández, pudo perforar las decisiones del fuero al que, con más sombras que luces, han pertenecido él y sus hermanos. A la manera del general de La patrulla infernal, el film de Kubrick sobre la Gran Guerra, el esposo de la Presidenta somete a fuego amigo a una tropa que se niega a inmolarse y después ejemplariza enfrentándola al pelotón de fusilamiento. La miopía oficial prefiere atribuir el fracaso de su plan a la deslealtad de los hombres antes que a la declinación de su estrella: Néstor Kirchner decapitó a Gugliemino porque no puede sancionar las torpezas de Carlos Zannini (la gaffe de la "bianualidad" de la renovación de licencias en el texto de la Ley de Medios es de su autoría), tan cercano a él que equivaldría a autoflagelarse. Parece haber comenzado la hora de las purgas. "Un mecanismo nacido de la debilidad, impensable cuando sobraban los votos y no importaba que los funcionarios fueran incompetentes porque Rossi y Piccheto hacían pasar un camello por el ojo de una aguja", reflexiona un opositor de vasta experiencia en el trasiego parlamentario.

Mientras el matrimonio santacruceño buscaba culpables, en Pinamar, Horacio González, titular de la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires reunió a un grupo de importantes legisladores justicialistas. Entre carne y vino cuestionaron la estrategia de Néstor Kirchner y la docilidad del gobernador Daniel Scioli. Todos aseguran que la cita no fue iniciativa de González, sino una sugerencia de Sergio Massa, a través de la influencia que su principal y más inteligente operador, Juan Amondarain, tiene sobre el jefe del bloque, Raúl "el Cabezón" Pérez, un especialista de la "rosca" política. Amondarain, al que los peronistas llaman "el Tío", es un ex senador que abandonó las filas de Felipe Solá para acompañar a Massa en la jefatura de Gabinete. El intendente de Tigre, aseguran los conocedores de la dinámica bonaerense, puso el pie en el acelerador porque sigue con preocupación los aprestos de Francisco de Narváez, el mejor posicionado y con mucha diferencia en la intención de voto de los bonaerenses. La filtración obligó a los anfitriones a quitar importancia al encuentro y a adjudicar a una mala lectura de los acontecimientos los trascendidos que hablan de la construcción de una corriente autónoma. "No les creo –dice un ex hombre fuerte de la provincia–. Están satisfechos con el resultado. El mensaje que buscaban transmitir fue registrado. El que está en contra de esa movida es Alberto Balestrini, porque tiene cierto temor". La fuente explica que nadie llegó por error a la cita de Pinamar y todos están seguros de lo que hacen, sobre todo González, quien de todas maneras tratará de que el juego perjudique a Scioli lo menos posible.

Sin embargo, el futuro de Scioli ya no depende de terceros. A diferencia de otros gobernadores del norte, interesados en tender puentes hacia el peronismo federal y al mismo PRO, el motonauta se niega a tomar distancia del gobierno nacional, fuente de todos sus dolores de cabeza, y rechaza por razones misteriosas cualquier forma de salvataje. Tanto fatalismo exaspera incluso a sus colaboradores que recuerdan la negativa a aceptar la soga que le echó Mauricio Macri, empeñado en convencerlo de que no le queda mucho tiempo para abandonar el barco y salvar lo que todavía queda en pie de su carrera política. A esas incitaciones el gobernador siempre responde que juega obligado y, en ocasiones, la función pública impone resignaciones personales, aunque sea al precio de la propia imagen. Puede que nadie le retribuya el gesto. Kirchner no es un hombre de fidelidades ni de agradecimientos y difícilmente acepte aflojarle el nudo que ajusta el cuello de todos los caciques provinciales. Quizá lejos de su despacho, encandilado por el reverbero de la nieve de Saint- Moritz y pensando en el color esmeralda del mar de Cerdeña, el gobernador tenga tiempo de recordar aquella imponente frase de un tribuno de la revolución que nadie piensa en conmemorar: "Si ves el futuro, dile que no venga".

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