La herencia y los errores repetidos limitan la diplomacia de Cristina

Por: Eduardo van der Kooy

No hizo Cristina Fernández una visita fallida a España. Ni eso ni sus palabras sobreactuadas cuando afirmó que las relaciones entre Buenos Aires y Madrid "nunca fueron tan profundas" como en este tiempo.

Puede concluirse que aquella relación bilateral seguirá como antes de su viaje, con temas pendientes y recelo sobre las conductas del matrimonio Kirchner. Puede convenirse también que la Presidenta le habría agregado algo de densidad a su delgado presente político.

Estuvo con José Luis Rodríguez Zapatero, el premier socialista, y con los reyes de España. Habló brevemente ante el plenario del Parlamento. Una imagen distinta a la que tiene habituados a los argentinos, delante de un micrófono en Olivos.

Amén de sus contactos regionales, donde Hugo Chávez prevalece, y del anclaje natural con el Brasil de Lula, el paso por Madrid debe figurar entre un par de cuestiones de valor que reconoce en el plano externo su primer año de gestión. El otro eslabón fue su anterior visita a Rusia y su entrevista, en especial, con Vladimir Putin.

¿Qué pudo haberle dado otro realce su viaje a España? Quizás haber sacado del medio el conflicto por Aerolíneas Argentinas. El Gobierno tiene esa intención y las tratativas parecen progresar, aunque a ritmo lento.

Los Kirchner desearían un nuevo plan de financiamiento para incorporar a la empresa aérea estatal los Airbus que había adquirido el grupo español Marsans antes de que el Gobierno y el Congreso dispusieran la expropiación. Ese plan está siendo conversado por las autoridades españolas con Airbus y Marsans. Falta el broche.

La solución del pleito sobre Aerolíneas Argentinas, con seguridad, hubiera disipado las pocas sombras explícitas que rodearon al viaje de Cristina. Pero tampoco hubiera dado un vuelco sustancial al vínculo bilateral.

¿Por qué razón? Porque aquel vínculo pareciera afectado en la confianza que Rodríguez Zapatero -también el rey Juan Carlos- dispensaron durante mucho tiempo al matrimonio presidencial. Sobre todo durante los dos primeros años del mandato de Kirchner. Esa confianza no está rota para nada. Pero dejó de ser casi incondicional, como alguna vez lo fue.

¿Qué ocurrió? Varias cosas. Kirchner desatendió en sus cuatro años muchos reclamos de España. Por ejemplo, el de las empresas de servicio. Tuvo sus argumentos cuando la crisis social quemaba. Después, sus explicaciones sonaron menos convincentes. Empezó a saldar la deuda a fin del año pasado no bien la crisis internacional disparó sus primeros golpes fuertes y el superávit fiscal no toleró la abundancia de subsidios.

Con Aerolíneas Argentinas pasó otro tanto. Los pedidos de los distintos grupos que la administraron pocas veces tuvieron respuesta. España se sorprendió cuando el Gobierno anunció la semana pasada un acuerdo de gobernabilidad de la empresa por tres años, con la participación de los siete gremios aeronáuticos. La misma gobernabilidad que los grupos españoles -también responsables de muchos desmanejos- había reclamado en vano por años.

España creyó descubrir que los Kirchner manipularon ese conflicto bilateral acorde a sus necesidades de política interna. Una duda que extendieron a otros campos.

Tal vez nada de todo eso tenga que ver con la cuestión de fondo que terminó por desengañar a Rodríguez Zapatero. El premier socialista creyó, como creyó además una parte de la sociedad argentina, que el advenimiento de Cristina en el poder modificaría aspectos institucionales internos y perfiles de la política exterior. Pero la Presidenta ha sido hasta ahora una réplica de Kirchner. Sus gestos y sus palabras también deben pasar obligadamente por un tamiz.

Nadie sabe si Cristina se siente cómoda teniendo que hacerse cargo de la herencia exterior que le dejó su marido. En el caso de España no existe ninguna constancia de que así no sea.

Tampoco queda claro si los guiños que la Presidenta está enviando a Washington tiene relación con el pensamiento de Kirchner o con cierto encandilamiento que le provocó la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca.

Conviene barrer la hojarasca. Debatir si tiene más valor una carta que un llamado telefónico sería ingresar en una competencia de frivolidad pura. Obama habló con Lula, con Michelle Bachelet y con Alvaro Uribe antes de ocuparse de la misiva a Cristina.

No hace falta abundar sobre el liderazgo de Brasil en la región. Colombia mantuvo en la era Bush un sólido lazo con Washington que Obama no dejará caer porque desea que ese país retome su influencia en la zona caribeña. Bachelet encabezará a fines de marzo en Santiago de Chile un encuentro de gobiernos progresistas al cual estaba invitado Obama. Probablemente asista en su reemplazo la secretaria de Estado, Hillary Clinton.

Son tan reales todos esos datos como aquellos que indican que la única vez que Obama hizo mención pública a naciones clave de la región desde que ganó las elecciones, incluyó a la Argentina junto a Brasil y México.

El problema no es entonces la importancia que continúa teniendo nuestro país. El problema es que Washington no vislumbra aún líneas nítidas de los Kirchner, como no sea el deseo de Cristina de ver a Obama en la Cumbre de Trinidad y Tobago o en la reunión del G-20 el 2 de abril, en Londres.

Las relaciones externas no se alimentan sólo con fotos cordiales. También, y sobre todo, con hechos.

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