Una herencia agobiante

Por Joaquín Morales Solá

Si no hubiera un contrato matrimonial en el medio, ya sería hora de que Cristina Kirchner comenzara a hablar de la pesada herencia recibida. Casi todos los presidentes argentinos han vivido de réditos en el poder durante mucho tiempo denunciando la deficitaria sucesión que les tocó. La Presidenta no puede hacer eso porque al legador de su problemas lo tiene compartiendo el dormitorio y la cocina.

La decisión de embargar todos los fondos de la Argentina en Francia por el viejo default con los holdouts es un hecho importante, pero no el único. Hay una larga saga de viejos explosivos nunca desactivados por Néstor Kirchner, que ahora están explotando en los zapatos de su esposa.

Millones de argentinos, por ejemplo, se han desmayado de estupor en los últimos días, y muchos más seguirán sorprendiéndose en las próximas semanas, por tarifas de gas con aumentos que, en algunos casos, quintuplican los valores anteriores. Los aumentos de la electricidad ya han triplicado los precios que se pagaban.

En la última reunión del G-20, en Londres, se decidió un importante aporte de capital al Fondo Monetario Internacional (FMI), pero se subrayó que el organismo debía seguir profundizando su línea de créditos flexibles. La Argentina, que estaba en Londres, quedó fuera de esos créditos. Estos necesitan que el país cumpla con las revisiones anuales del capítulo IV del Fondo. Ninguna revisión, por más amable que sea, dejará pasar sin objetarla la manipulación de las estadísticas oficiales en manos de Guillermo Moreno.

Nada es tan agobiante en la herencia de Cristina Kirchner como la propia persona de Moreno, un hombre que confunde su arcaica noción de lo "nacional y popular" con apetencias colectivas mucho más modernas.

Néstor Kirchner solía decir, cuando era presidente, que la Argentina debería hacerse cargo, en algún momento, de la deuda con los bonistas que no entraron en el canje de 2005, los famosos holdouts. "20.000 millones de dólares son un elefante demasiado grande como para pasar inadvertido", repetía.

Sin embargo, jamás dio un paso adelante, seguramente convencido de que cualquier arreglo significaría la entrega de algunos recursos del Estado, que el ex presidente usaba y usa para disciplinar la política interna. Su esposa intentó algo al principio de su gestión para arreglar esa deuda, pero el conflicto con el sector agropecuario y la crisis financiera internacional impidieron luego cualquier progreso. Los buenos tiempos habían pasado.

Griesa tuvo con la deuda argentina una larga paciencia. No obstante, esa paciencia se colmó, dicen, cuando el gobierno argentino aceptó pagarle a Hugo Chávez tasas de interés del 14 por ciento anual y cuando, al mismo tiempo, anunció que pagaría totalmente la deuda con el Club de París.

"Si tiene dinero para hacer todo eso, ¿por qué no paga sus viejas deudas?", escucharon preguntar al anciano juez de Nueva York. La impaciencia del magistrado aumentó aún más cuando el Gobierno decidió la estatización de los fondos de pensión en manos de las AFJP.

Lo cierto es que el Gobierno tomó el dinero de Chávez y los ahorros de las AFJP, pero no saldó la deuda con el Club de París. Este default y el de los holdouts quedaron abandonados en medio de la crisis económica interna, profundizada luego por la crisis internacional. Néstor Kirchner quería pagarle todo en efectivo al Club de París y no aceptaba ninguna refinanciación porque se negaba a un acuerdo que sólo lo obligaba a pasar por las revisiones rutinarias del Fondo Monetario. El default no resuelto desde hace casi ocho años totaliza unos 28.000 millones de dólares nominales entre holdouts y el Club de París.

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Franjas enormes de argentinos comenzarán a pagar ahora una fiesta de gas y electricidad; participaron de esa fiesta, aunque nadie les preguntó si querían entrar en ella. Durante seis años las tarifas se mantuvieron congeladas para honrar encuestas de opinión pública o proyectos electorales. La sociedad argentina pagó durante ese tiempo apenas un tercio, cuando no un cuarto, del precio de gas y electricidad que pagaban sus propios vecinos del sur de América. Las reservas de gas cayeron vertiginosamente y la inversión se fugó de la generación de electricidad.

Néstor Kirchner se fue sin cambiar esa política, pero ahora le tocó a su esposa la misión de notificar que todos los aumentos relegados han llegado juntos y en el peor momento. La crisis de escasez está dentro de casa y, además, las facturas más sangrientas de gas y luz vendrán en junio, contemporáneamente con las elecciones de mitad de mandato. El consumo de gas es mucho mayor en invierno por la calefacción, y el de electricidad también porque en invierno hay menos horas de luz solar.

"Los argentinos pasaremos un invierno ucraniano, porque el gas será un producto muy caro", dijo un especialista. El Estado exhausto que dejó Néstor Kirchner no puede hacerse cargo de la tarifa social ni de la garrafa popular ni tampoco de las deudas por los viejos subsidios al consumo de gas y electricidad. El resto de la sociedad, la que no está bajo la línea de la pobreza, deberá solventar esos compromisos impagos.

El ex presidente no puede pagar tales deudas políticas porque es el marido presidencial. Pero alguien debería pagar por tanta distracción y derroche.

Hay funcionarios que han errado sólo por la necesidad de no llevar nunca malas noticias a los que gobiernan; están incluidos todos los funcionarios de los ministerios de Planificación y de Economía, entre otros. Errar por sumisión y por disciplina no los hace mejores. Una renuncia masiva de funcionarios podría reparar, sólo en parte, el padecimiento social y el bochorno internacional del país.

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