LOS HECHOS DEL AÑO - River: Alegría y gozo en el Clausura

Las dos caras de un gigante. De la mano de Simeone, aunque sin lujos, tuvo su alegría en la primera mitad del año. Luego se desbarrancó.
Hay que tirar todos para el mismo lado", se juramentaron los jugadores cuando la noche parecía sepultarlos irremediablemente. En los iniciales días de mayo, el primer River de Simeone vivió de golpe en golpe (recibidos) y tambaleó al borde del nocaut. Perdió (1 a 0) con Boca en la Bombonera, aunque la pésima actuación preocupó más que el resultado. Y fue eliminado increíblemente de la Copa Libertadores por San Lorenzo: ganaba 2 a 0 y su rival jugaba con nueve hombres. El milagroso 2 a 2 conseguido por los jugadores de Ramón Díaz (encima, Ramón Díaz) dejó a River sin los cuartos de final y en un estado de profunda crisis, con un plantel que no podía disimular de ninguna manera sus divisiones. "Inconcebible, cruel, doloroso, humillante", calificaron los propios hinchas. Y más aún: "gallinearon", acusaron. Y hasta le tiraron maíz al equipo cuando entró a jugar un partido que, al cabo, se transformó en una bisagra: luego de un primer tiempo espantoso, River dio vuelta la historia y le asestó un 4 a 2 a Gimnasia y Esgrima La Plata. Ahí renació de sus cenizas.

Tras empatar sin goles con Independiente y resignar el liderazgo del Torneo Clausura, el día anterior a jugar con Huracán hubo una reunión esencial en la concentración del primer piso del Monumental. Los jugadores, cara a cara, ventilaron sus grandes diferencias (generacionales, de vanidades, de afinidades), se dijeron de todo, no se guardaron nada y alguien lanzó aquella frase del comienzo: "Hay que tirar todos para el mismo lado". Faltaban cuatro compromisos. Nacía el campeón.

Ortega, siempre en la mira de sus compañeros por sus repetidas ausencias a las prácticas (las recaídas en su enfermedad resultaron una constante), se cargó el equipo al hombro y fue una de las columnas que sostuvieron el sueño. Porque le quitó presión al resto, asumiéndola toda él, y porque ayudó a jugar de maravillas al chiquilín Buonanotte, goleador y figura. A pesar de sus intermitencias, de sus claroscuros, los sabios toques del Burrito le permitieron a River poner de rodillas en fila a Huracán (1 a 0; Buonanotte), a Colón (2 a 1; Villagra y Alexis Sánchez) y a Olimpo (2 a 1; dos de Buonanotte) el domingo 8 de junio. El domingo de la consagración, una fecha antes del cierre del campeonato. Ganarle a Colón en Santa Fe fue la prueba que le faltaba al equipo para convencerse de que realmente podía ser campeón. El quedo de Estudiantes (empató con Huracán y Colón) hizo el resto.

Este River que quebró la sequía de cuatro años sin títulos no brilló casi nunca, es cierto, a excepción de los encuentros entre Ortega y Buonanotte, una sociedad que funcionó en los instantes necesarios. ¿Por qué dio la vuelta olímpica? Por otras individualidades que también pesaron: el gigantesco Carrizo y Abelairas, quien nunca rindió tanto como en ese torneo. Por los audaces planteos tácticos y estratégicos de Simeone. Por la fortaleza espiritual para levantarse cuando parecía rendido. Porque el Monumental fue una fortaleza inexpugnable. Así ganó el 33º título local de su historia. Así, al fin de cuentas, soltó la única carcajada del año.

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